Las posibilidades del ascensor

Florencia entra con los ojos llorosos al edificio pensando solamente en subir a su departamento, sin tener noción del horario, del día, ni de si irá a bajar de nuevo alguna vez. Acaba de dejar a su novio soportando su llanto estoicamente, congelada por fuera como un témpano de hielo, pero quebrada por dentro. Camina cargando con una culpa que le carcome el cerebro y el alma, pero que no se permite exteriorizar. Solo quiere entrar a su casa y sufrir como corresponde, como debe ser. Luego de esperarlo unos segundos, entra al ascensor y se ubica de espaldas al espejo, con la calle al frente. Apenas escucha el sonido agudo, ve luchar a Nelly, la anciana del cuarto, con la puerta de entrada. La fuerza del sistema cierra-sola hace presión sobre la cadera de esa pobre mujer mientras busca incansablemente un dedo libre para levantar la última bolsa del supermercado. Otra vez, en la cabeza de Florencia, se abren dos caminos. Cerrar la puerta del ascensor fingiendo no ver ni escuchar y soportar sobre su espalda otro pesado ladrillo, o tocar el botón para mantenerlo abierto y acercarse a ayudar a Nelly. ¿Sería mucho esfuerzo esa segunda opción? No pareciera. ¿Salvaría el mundo tomando ese camino? Ni cerca, pero al menos entraría a su casa con la conciencia un poco más tranquila. En una de esas, podría dormir de corrido algunas horas, a diferencia de la noche anterior.

Así fueron, o así los imaginé al menos, los instantes previos a cruzarme por primera vez cara a cara con Flor. Hoy ya le digo Flor, el tiempo me ha sabido dar la confianza necesaria para sacarle las últimas letras a su nombre. Al llegar al cuarto piso, Nelly bajó en su parada, y ella quedó petrificada mirándose en el espejo, como buscando una salida. No llegó a tocar el botón del sexto que yo desde abajo llamé al único ascensor de nuestro vetusto edificio. Estaba tan ensimismada, tan metida hacia adentro, que no se percató de que aquella caja metálica bajaba en vez de subir. Al abrirse la puerta intentó salir cabizbaja hacia su departamento, sin notar que estaba en planta baja, y no en el piso seis, mucho menos llegó a divisar a tiempo que en dirección contraria yo estaba intentando entrar al mismo metro cuadrado. Me pegó de lleno con la cabeza en el pecho, como Zidane a Materazzi en el Mundial de Alemania, aunque debo reconocer que la mayor parte de culpa había sido mía por no esperar a que ella bajara primero, cual pasajero de subte de Buenos Aires. Levantamos la vista al mismo tiempo y nos miramos extrañados como no sabiendo quién debía disculparse con quién. Ella no me conocía, pero yo a ella sí. Me dedicó solo un instante de su tiempo y volvió a esconderse del mundo, enfilando la mirada otra vez hacia el suelo.

Me había mudado a ese edificio luego de divorciarme de mi primer mujer, Betina, a la que había conocido en el consultorio del dentista. En realidad, para ser exactos, había sido unos segundos antes de entrar al consultorio, camino al turno que tenía pactado con el médico. Yo llegaba un poco tarde y ella, como de costumbre, demasiado temprano. Recuerdo que le sostuve la puerta del ascensor al verla entrar a la clínica y ella se apuró temblorosa, mostrando de buenas a primeras su fobia al torno. Aquella fue la primer excusa por la que entablamos conversación, la segunda fue la que usé para retrasar a la secretaria luego de mi turno, a fin de esperarla y poder compartir un nuevo viaje hacia la planta baja. Para cuando nos embarcamos en esa segunda travesía ya no éramos los mismos que habíamos subido poco mas de una hora antes. La recompensa a mi esfuerzo no fue otra que el teléfono de mi compañera de viaje. Pasó todo tan rápido que hoy parece mentira, a los pocos meses ya estábamos conviviendo. Nunca supimos muy bien cómo se dio, aunque al igual que aquella tarde en el dentista, yo siempre sospeche que ella había llegado demasiado temprano a la idea, y a mi no me quedó otra que acostumbrarme. Para cuándo empecé a preguntármelo, era demasiado tarde.

En esos momentos en que uno se enfrenta a otro ser humano en un espacio tan reducido como lo puede llegar a ser un ascensor, las posibilidades son innumerables. Lo único con lo que no se cuenta en exceso, es con tiempo. De nada sirve detenerse a pensar cómo actuar, qué decir, qué hacer con las manos, dónde descansar la mirada, mientras aquella tan sutil como única chance se desvanece entre los dedos. Transitando ese sinuoso camino de la duda constante, al único destino que se arriba no es a otro que a terminar haciendo comentarios acerca del clima. Y si lo único que se te cruza por la cabeza es hablar del calor que está haciendo o de la lluvia que no cesa desde la noche anterior, como si el resto de los mortales vinieran desde otro planeta y no lo hubieran podido comprobar por sus propios medios, lo mejor, lo más sano, es que te llames a silencio. Ese tipo de comentarios no da lugar a retrucar, no abre la puerta a una sana y amable conversación, sino que por el contrario aplastan como a una mosca a cualquier atisbo de interés del interlocutor. No es para desmerecer el hecho de que en ese simple cubículo, uno puede encontrar al amor de su vida, al amable vecino que tal vez le alquile el departamento cuando piense en cambiar, a un potencial socio que haga repuntar su negocio, o hasta un futuro gran amigo.

No estaba acostumbrado a vivir en pareja, y al principio se me hizo realmente muy difícil. En los peores días, buscaba cualquier pretexto con tal de retrasar la vuelta a casa. Una tarde, al salir del trabajo, cansado después de largas horas de extenuante rutina, me encontré con Hugo en el hall de la oficina. Él ya no llevaba el absurdo uniforme de oficinista, sino que venía a medio cambiar con el bolso colgando del hombro, la camisa abierta, el pantalón corto, las medias negras del traje y los botines de papi fútbol desatados. Recuerdo que mientras bajabamos en el ascensor lo miré y reconocí una posibilidad palpable de lograr salir seguido de casa, pero antes de lanzarme pensé, cauto, que no era el momento de ofrecerse a jugar. No importaba que mis amigos no compartieran la pasión por ese bendito deporte. No importaba que hacía rato estaba buscando gente cercana para formar parte de algún elenco estable que juegue al menos una vez a la semana. Menos aún importaba mi relación con Hugo, a quien no conocía más que de vista, y por habérsele insinuado a Lina, mi compañera, en la última fiesta de fin de año de la empresa. Nada de eso valía a la hora de ejecutar el plan con la frialdad necesaria. ¿Serviría de algo preguntarle antes de decirle hola si les faltaba uno para el partido? En el ampliamente hipotético caso que Hugo accediera, con semejante cansancio a cuestas, ¿Haría yo un buen papel? ¿Lograría así ser convocado nuevamente? La interpretación correcta de la situación, intentando abordar al mejor resultado esperable, era reconocer que ese día ninguna de las dos partes se verían beneficiadas de manera inmediata, sino abriendo la puerta para una inminente nueva ocasión. Por eso es que opté por hacerle un comentario tonto, un chiste infantil, lo suficientemente blando como para que Hugo no lo tome como un ataque, pero lo suficientemente duro como para no quedar como un imbécil. Algo soso, insípido, pero invitándolo a responder con una sonrisa y a conseguir un dato, una pista al menos, acerca de dónde se desarrollaría el encuentro, quiénes estarían en la lista, y demás. Cualquier respuesta otorgaría un ápice de información, lo que para mí debería ser, al menos por esa tarde, misión cumplida. Y lo fue. Hugo me ha salvado de varias, aunque lamentablemente no de todas.

Lo cierto es que por más que le pusimos mucho esmero, la cosa con Betina no funcionó. El único momento de calma mayor a dos días que tuvimos, fue durante el embarazo, y no porque lo hubiéramos buscado, ya que a decir verdad, lejos estuvimos de hacerlo. Si bien muchas veces se tiene una certeza a medias, no suele suceder que se recuerde con exactitud el momento de la concepción. Pero en nuestro caso, el terreno está por demás despejado. Fue después de unas semanas un tanto ásperas en las que nos hablábamos solo para acordar horarios del día, ya que contábamos con un sólo auto. De tocarnos, ni la intención siquiera. En el medio de la cama se podía armar un muñeco de nieve con el frío surco que nos dividía. Una noche, cansados ya de la situación, decidimos darle una última oportunidad a la pareja y tuvimos una velada romántica. Teatro en la calle Corrientes y una lujosa cena, eran los cimientos de un plan que no podía fallar. Ya no había lugar para traspiés.

La noche comenzó muy bien, casi como lo pensamos. Los dos nos habíamos dejado los rencores en casa con la ropa sucia, y todo transcurría en una extraña armonía. Tal era así que la primer botella de vino se diluyó entre las palabras que brotaban hasta por debajo de la mesa. Todo era risa, paz, reencuentro. A la segunda, ya no nos quedaban fuerzas para quejarnos por lo obscenamente abultado de la cuenta, nada parecía molestarnos, menos aún el corte de luz en todo el barrio, mientras subíamos a casa en el ascensor. La alegría de Betina era tal, que poco recordó su habitual claustrofobia, y se aferró a mí como una garrapata. Por mi parte, débil como lo he sido siempre, me dejé llevar en su juego feroz, y los dos nos fundimos en un viaje sin retorno. Para cuando volvió la luz, ya estábamos otra vez serios, con la ropa puesta, con más ganas de entrar a casa y dormir que de seguir jugando a los amantes furtivos. A las pocas semanas nos desayunamos con la noticia, y creímos, inocentes, que habíamos superado todos nuestros problemas. Pero el departamento no era el ascensor y a veces cuando sobra el espacio, falta el relleno. Con el tiempo, ya con Maxi un tanto crecido, llegamos a la conclusión de que lo mejor, para nosotros y para él, era que yo buscara un nuevo hogar, y así fue que acabé en ese edificio, en el mismo que Nelly y que Flor.

Meses enteros pasé admirándola, soñándola, imaginado planes irrisorios que no hubieran llevado más a que a su lógico y abrupto rechazo. Sin embargo, cuando finalmente me estaba dando por vencido, surgió esa chance, ese golpe de suerte, ese instante en que ella no apretó el seis, y volvió a planta baja. Por más que acaben siendo fugaces, por más que el final no termine siendo el mejor, ni supere un simple par de horas, no existe conexión más cercana entre dos desconocidos que el espacio inmaculado que brinda un viaje a solas en ascensor. De todos modos, lo único automático son las puertas y ni siquiera en todos los casos. No resulta inteligente confiarse en el mero hecho de compartir un viaje con alguien como para dar por cerrado el asunto antes de empezar. La experiencia a veces no cuenta. Creer que está todo dicho, suena tan inocente como sentir que hay mujeres inalcanzables. En una plaza, en un barrio, en una ciudad entera, tal vez sí. Pero esa misma compañera de oficina, esa misma sonrisa de todas las mañanas en el subte, esa que asoma por la ventana del edificio de enfrente, aquella de la que no sabemos siquiera el nombre, un día, tal vez el menos pensado, se va a tomar un ascensor. Para lo que sea, para visitar una amiga, para volver a casa, para llegar al trabajo, o hasta por error. El motivo no importa. Solo es cuestión de estar en el lugar indicado y en el momento indicado. Una vez cerradas las puertas, cuando ese pedazo de cielo empiece a subir, lo único que debería importarnos, lo único que realmente cuenta, es estar a la altura.