El mundo silencioso

Ha llegado a mis manos este maravilloso relato, escrito por Jacques-Yves Cousteau, que narra sus primeras aventuras, vivencias y curiosidades en el mundo submarino.

Lo primero que me llamó la atención fue el ansia y el deseo que sentían Cousteau y Frédéric Dumas (su inseparable compañero) por querer sumergirse. Aún en plena Segunda Guerra Mundial, lo que más deseaban era sumergirse en las aguas completamente inexploradas que bañaban la costa francesa.

El libro empieza narrando como con un equipo formado por unas aletas, una gafas primitivas y un tubo, se adentraban en el agua para descubrir un mundo totalmente nuevo y diferente a cualquier cosa conocida.

Por no tener, no tenían ni un traje que les aislase del agua. Por eso una de las cosas que más describen es el frio que sentían al adentrarse en el agua, resignándose a que la perdida de calor en la piel pronto dejara de sentirse. Durante muchos de sus relatos la duración de las inmersiones no dependía de la capacidad de la botella sino de la temperatura de sus cuerpos.

Como deseaban más que otra cosa poder permanecer más tiempo en el fondo que lo que permiten los pulmones, experimentaron con todos los dispositivos que caían en sus manos o inventaban algunos por su cuenta.

Así, Cousteau nos narra como haciendo experimentos con un rudimentario Rebreather casi se ahoga dos veces seguidas. Y es que desconocían el tema de la toxicidad del oxigeno bajo presión. La primera vez, le surgieron convulsiones muy fuertes a unos siete metros de profundidad y pudo soltar su lastre rápidamente y salvarse. La segunda vez quedó inconsciente pero afortunadamente unos compañeros que los seguían en un bote pudieron ponerlo a salvo.

Otros experimentos los hicieron con mangueras conectadas a un compresor en superficie, pero tampoco les dieron mucho éxito, ya que la manguera se les rompió varias veces (casi ahogando al desdichado que se encontraba en el fondo) y además les impedía moverse libremente. Este sistema tenía la particularidad de que la manguera terminaba en una boquilla la cual se ponía el buzo en la boca. Cuando no respiraba el aire que descendía por la manguera, se dejaba escapar libremente.

Para solucionar el problema de la independencia de la superficie se hicieron con unas botellas de aire a presión (150 bares). La botella tenía una manguera con una boquilla semejante a la anterior. Entonces el buzo o bien llevaba la válvula abierta todo el rato dejando escapar el aire sobrante o andaba abriendo y cerrándola constantemente. Este sistema lo descartaron rápidamente.

Lo que necesitaban era un artilugio que cumpliese las siguientes características:

  1. Redujera la presión de la botella.
  2. Entregase la misma presión del ambiente que lo rodeaba.
  3. Que trabajase bajo demanda, no de forma abierta constantemente.

Con estas ideas en mente Cousteau se dirigió a la París ocupada por los alemanes para ponerse en contacto con algún ingeniero que pudiera solucionarle el asunto. En la capital francesa conoció a Émile Gagnan, ingeniero de Air Liquid, el cual estaba trabajando en un sistema para que los vehículos pudieran funcionar con el gas producido con el carbón (la escasez de petróleo en Francia en esa época era brutal). Con poco esfuerzo pudo adaptar su trabajo a una botella de aire comprimido. Así nacía la primera escafandra autónoma o aqua-lung: CG45 («C» por Cousteau, «G» por Gagnan y «45» por el año de la patente.

Cousteau y el CG45

El primer prototipo solo funcionaba si el buceador se colocaba en horizontal, si por el contrario se ponía en posición vertical dejaba de suministrar aire.

Después de solucionar este problema es cuando empezó la aventura del buceo.

Frédéric Dumas

A lo primero que se dedicaron fue a experimentar con la profundidad, ver los límites a los que les permitía sumergirse.

Y de esta forma descubrieron la borrachera de las profundidades. En una de sus primeras inmersiones profundas Cousteau se descubrió eufórico con un alto grado de alegría en el cuerpo y desestimando los riesgos de una inmersión profunda. Al ascender pudo observar que los síntomas desaparecieron. Al repetir la experiencia varias veces pudieron determinar que por alguna razón a bucear a altas profundidades los humanos padecen un estado semejante a una embriaguez etílica. Lo llamaron borrechera de las profundidades (no sabían que en EE. UU. ya se había descubierto la narcosis).

Acabada la guerra, Cousteau y Dumas se dedicaron a trabajar con la armada francesa en el desarrollo del buceo fundando el Grupo de Investigaciones Submarinas de la Marina francesa. Trabajando en el desarrollo de nuevas técnicas y equipos, desminando los puertos franceses, localizando pecios, etc

Uno de los mejores capítulos del libro narra cuando se dedicaron a grabar bajo el agua al submarino francés RUBIS. Lo grabaron acercarse, maniobrar, ascender, posarse en el fondo, etc. Como curiosidad decir que durante la filmación del lanzamiento de un torpedo, Cousteau se encontraba con la cámara enfocando la proa del submarino y Dumas con una llave inglesa junto al casco. A una señal Dumas golpea el casco lo que origina que los marineros de abordo procediesen a lazar un torpedo. Aunque Cousteau tuvo la precaución de no situarse en linea recta a la salida del torpedo casi es embestido por este al salir disparado de la nave.

Otra escena curiosa fue la filmación de la colocación de las minas, ya que ha de hacerse con el submarino en marcha. De esta forma pactaron un lugar de encuentro. Cousteau permanecía sumergido con la cámara, el submarino se acercaría por un determinado rumbo y Dumas montando como un jinete en el submarino permanecía en el exterior de la nave a la espera de indicar mediante la mencionada llave inglesa el momento de soltar las minas.

En este vídeo podemos ver algunas de las primeras imágenes grabadas por estos hombres, en especial el submarino RUBIS a partir del minuto 4:45

No todo fueron buenas experiencias. Tratando de determinar la profundidad máxima que se podía alcanzar con estos equipos, se decidieron a hacer una prueba de resistencia en la que cada buzo baja lo máximo posible y una vez allí en una tarjeta firmaba y escribían sus sensaciones. A 90 metros de profundidad las firmas de Cousteau y los demás eran casi ilegibles y no se entendía nada de lo que escribieron. Cuando trataron de superar su anterior marca, Maurice Fargues, teniente francés, se ahogo habiendo firmado una tarjeta a 120 metros de profundidad. Por lo que establecieron la norma de no sobrepasar jamas la marca de los 90 metros

En el libro se narran las historias descubriendo pecios, haciendo espeleología submarina, aventuras con tiburones, estudio de la fauna, trabajos con el primer batiscafo, etc. Pero no quiero destripar el libro a aquellos que les interese leerlo, me he dedicado a señalar las partes más interesantes desde el punto de vista del buceo. Cabe señalar que desde el principio, Cousteau se planteó que el mar fuera para todo el mundo, no solo para unos pocos y lo demostró llevando a su familia a bucear en innumerables ocasiones (aunque a su mujer no le hacia mucha gracia).

Jacques Cousteau y su familia.

Una cosa a tener en cuenta es que Cousteau y Dumas siempre se llevaban la cámara a cuestas en las inmersiones. Por un lado la idea era enseñar y divulgar el medio marino y por otro conseguir fondos y permisos para poder seguir llevando a cabo sus sueños de sumergirse en el mar.

Cosuteau y su cámara (llevaba adosada una pequeña botella de aire para presurizara y que no entrase agua)

Quería señalar una cosita que me acaba de emocionar mucho. Investigando en internet sobre el submarino RUBIS me he dado cuenta de una cosa: ¡¡Yo he buceado en él!! Este submarino sirvió tan bien en la guerra que en vez de ser desguazado al final de su vida útil fue hundido pacíficamente cerca de las costas de Saint-Tropez a 41 metros de profundidad. Bucee alrededor suyo en el verano de 2014, pero eso será otra historia…