Libros que hablan de «por qué nos pasa lo que nos pasa»

Doy algunas ideas y pongo algunas citas de tres libros de la socióloga Eva Illouz que me parece que contienen buenas explicaciones acerca de «qué nos pasa» y «por qué nos pasa lo nos pasa».

Por qué duele el amor. Una explicación sociológica es un análisis de los cambios que se han dado, en los últimos tiempos, «en tres aspectos del yo: la voluntad (cómo queremos algo), el reconocimiento (cómo construimos nuestro sentido del valor propio) y el deseo (qué deseamos y cómo lo deseamos)». Su contenido se podría describir también como un intento de «desenmascarar los fundamentos sociales de los pensamientos» para mostrar cómo «el enojo, la frustración y la decepción que con tanta frecuencia resultan inherentes al amor y el matrimonio, en realidad se fundan en ciertas disposiciones sociales y culturales».

El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo parte de una sugerente observación que hacía Daniel Bell, ya en 1976, y «que no ha perdido validez: la cultura del capitalismo se contradice, en tanto exige que las personas sean laboriosas durante el día y hedonistas por la noche. La contradicción cultural entre la esfera del consumo y de la producción se encuentra en el “corazón” de las definiciones actuales del amor romántico; las prácticas amorosas se alimentan al mismo tiempo de dos lenguajes culturales tan generalizados como opuestos: el del hedonismo y el de la disciplina laboral». El objetivo de Illouz es analizar cómo surge dicha contradicción y cómo se refleja en las prácticas románticas de la actualidad.

La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda analiza la preponderancia que ha llegado a tener la psicología en nuestra sociedad para terminar mostrando cómo la misma psicología «crea — o, al menos, fomenta — las mismas enfermedades que asegura curar», algo que, por cierto, vemos a nuestro alrededor en tantas otras facetas. ¿Quién no ha pensado más de una vez, por ejemplo, en cómo algunas decisiones políticas provocan situaciones lamentables que, después, los mismos políticos que las tomaron dicen que hay que remediar? O bien en situaciones como la que decía un personaje chestertoniano: «Primero emponzoñan el agua, por mero afán de lucro, y luego ofrecen a la gente el remedio para librarse de esa ponzoña, también por afán de lucro».

En Por qué duele el amor son luminosas las comparaciones con novelas del pasado para indicar de qué forma se han modificado el ambiente social que orienta y la forma en que se toman las decisiones amorosas. Así, por ejemplo, la autora explica la que llama «claridad moral» en el comportamiento y en el sufrimiento amoroso de las heroínas de Jane Austen, e indica cómo «los relatos contemporáneos de traición o abandono carecen por completo de ella. Habla de cómo el miedo al compromiso, entre los varones sobre todo, tiene hoy proporciones de un ataque de pánico moral, un punto en el que se han dado cambios históricos. Al final concluye que muchos aspectos de la cultura contemporánea impiden una verdadera experiencia de la pasión amorosa.

Hace notar que «la libertad sexual mercantilizada interfiere con la capacidad de hombres y mujeres para forjar vínculos intensos, significativos e integrales, vínculos éstos que nos permiten saber qué clase de persona nos importa y nos preocupa». Apunta que la libertad ha de ser examinada críticamente en todas las esferas y no sólo en una: quien tiene claro que dar culto a la libertad, que una libertad desenfocada, puede causar devastación en el terreno económico, debería plantearse que lo mismo pasa en el terreno amoroso y sexual.

Desde una perspectiva feminista, la suya, indica que ha llegado el momento de «contabilizar las dificultades inmensas que ha generado la matriz cultural que constituye el núcleo de la modernidad», en especial para las mujeres, que han quedado en una clara situación de desventaja estructural o en inferioridad de condiciones emocionales frente a los hombres, y de plantear una ética de las relaciones amorosas que pueda devolver al amor su verdadero significado.

En El consumo de la utopía romántica explica bien que vivimos en un mundo posmoderno en el cual «el universo transitorio y desechable de los bienes de consumo son cultura, las prácticas repetibles y fragmentarias son cultura»; un mundo donde se anulan «las distancias tradicionales entre la mercancía y la estética, entre los signos y la realidad, entre los sentimientos y su exhibición»; un mundo donde «predomina la imagen frente la oralidad y la palabra impresa que predominaban en el pasado.

En esta sociedad «nuestra experiencia cultural y nuestras relaciones sociales se han ido entrelazando cada vez más con los productos y los sentidos de la esfera del consumo» hasta el punto de que «los momentos románticos propiamente dichos se basan en el consumo de bienes de lujo y productos culturales, un proceso de mercantilización que se ha extendido a la esfera del hogar».

Y, aunque «el posmodernismo ha adoptado la idea de que los textos narrativos constituyen los cimientos de nuestra identidad, dicha corriente rechaza por completo la noción de que el yo se basa en los grandes relatos (de amor u otros), que le aportan unidad al ofrecerle una dirección y una continuidad»: para el pensamiento posmoderno de muchos, nuestra vida no posee «“centro” alguno de acción o decisión, sino que se compone de una intersección de distintas capas textuales que fragmentan constantemente la “unidad narrativa de la búsqueda humana” y, por lo tanto, la unidad narrativa de la búsqueda romántica».

En La salvación del alma moderna la autora señala las no pocas contradicciones del «modelo terapéutico». Por ejemplo, cómo «el hecho de colocar la autorrealización en el centro mismo de los modelos de la personalidad tuvo como efecto hacer que la mayoría de las vidas se tornaran “no autorrealizadas”» con lo que se producen algunas consecuencias lógicas inesperadas: «la afirmación de que una vida no autorrealizada necesita terapia es análoga a la afirmación de que alguien que no utiliza al máximo el potencial de sus músculos está enfermo, con la diferencia de que en el discurso psicológico ni siquiera está claro qué califica como un “músculo fuerte”».

Habla de cómo la narrativa terapéutica que ha proliferado en las últimas décadas extrae todo tipo de conclusiones a partir de los primeros años de vida. Su principal característica «es que la meta del relato dicta los hechos que son seleccionados para contar la historia, así como los modos en que esos hechos — en tanto componentes de la narrativa — se conectan. Metas narrativas tales como la “liberación sexual”, la “autorrealización”, el “éxito profesional” o la “intimidad” dictan el escollo narrativo que me impedirá alcanzar mi meta, lo que a su vez dictará a qué hechos del pasado deberé prestar atención y la lógica emocional que ligará esos hechos (…). En ese sentido, la narrativa terapéutica es retrospectivamente puesta en intriga o “escrita hacia atrás”: el “final” de la historia (mis aprietos presentes y mi mejoramiento futuro) da inicio a la historia.

Pero llegamos aquí a una paradoja extraordinaria: la cultura terapéutica — cuya vocación primordial es curar — debe generar una estructura narrativa en la que el sufrimiento y la condición de víctima definan de hecho al yo. En efecto, la narrativa terapéutica sólo funciona concibiendo los hechos de la vida como indicadores de oportunidades fallidas del propio desarrollo. Así, la narrativa de la autoayuda es sostenida fundamentalmente por una narrativa del sufrimiento, y esto es así porque el sufrimiento es el “nudo” central de la narrativa, aquello que la inicia y la motiva, que la ayuda a desplegarse y la hace “funcionar”. La narración terapéutica de historias es así inherentemente circular: contar una historia es contar una historia acerca de un “yo enfermo”».