Ficción de terror cotidiano 29

Lluvia en los días laborales

La ridícula carrera por buscar refugio
Tomado del diario de Ramón Estevez, QEPD.

Tiene algo de deprimente la lluvia en los días laborales. Esa precipitación liquida y fría, en forma de gotas, pareciera querer hacerte saber que tienes quedarte allí dentro de las paredes de tu oficina, mientras se oscurece el cielo y se escuchan los truenos allá afuera. Es cierto que estamos protegidos de la lluvia, pero a la vez estamos encerrados por ella. La etiqueta de vestuario de oficina nos impide salir, ya que perjudicaríamos nuestra apariencia. Nadie quiere ver a un burócrata con la ropa empapada y temblando de frío.

Si fuera un fin de semana, simplemente me metería en la cama, con suficientes cobijas. Encendería el televisor con el suficiente volumen, para que los truenos no me fastidiaran la película. Podría comer algo que tuviera en el refrigerador y beber algo caliente. No tendría que ver a la gente, corriendo ridículamente a buscar un refugio, bajo la pestaña de alguna casa o negocio. Tampoco estaría añorando la, tan esquiva, libertad financiera, de la que alguna vez leí, pero que no veo posible alcanzar, ni en el corto, ni en el mediano plazo.

Si fuera un día soleado normal, no odiaría el viciado clima laboral de la oficina en la que trabajo, donde nunca pasa algo fuera de lo común y sin embargo la gente se la pasa estresada y corriendo por el vencimiento de los plazos, ya conocidos pero, pocas veces cumplidos.

Si fuera fin de año, tendría al menos el consuelo de creer que el nuevo año traería mejores cosas, pero hoy estando a mitad del año, encerrado por la lluvia, obligado a cumplir el tiránico horario, aunque no tenga nada que hacer o no tenga ganas de hacer algo de lo que tengo que hacer. Si fuera fin de año tendríamos una semana de vacaciones y un bono especial de fin de año. Muchos de mis compañeros burócratas estarían dispuestos a ser más tolerantes con el público que atendemos y que, durante el año, no deja de traernos sus problemas y exigir soluciones que, generalmente, están mas allá de nuestras capacidades o de los recursos financieros de la institución.

Es tal vez eso de lo que más quisiera escapar. De la horrible sensación de que no soy capaz de hacer las cosas que se requieren de mí. Ni en el trabajo, ni en mi vida personal. Quisiera estar libre de culpa, para agarrar a pedradas a todo el mundo. Pero soy yo el principal responsable de la miseria que rodea cada acto de mi pueril existencia. La lluvia, gota a gota, parece querer recordármelo, como un coro ruidoso que grita, cuando cada gota cae el suelo, haciendo un interminable «plac, plac», que es una mezcla de risa burlona y reproche. Diciéndome que soy solo uno más en el mundo. Recordándome que todos los intentos por sobresalir y por alejarme de la mediocridad han topado en el muro de mi incompetencia, para aprovechar los cientos de oportunidades que se me han presentado, pero que he desechado por no considera que estaban a la altura de lo que creo que merezco. «Jajaja», dice la lluvia, «me río de tus pretensiones de grandeza y tu orgullo basado en fantasías infundadas, estimuladas por una madre sobre protectora».

Maldita lluvia, no puedo hacerla callar y su constante «plac, plac», me logra lastimar la poca autoestima que me queda, basada en un único y trascendental hecho: Cuando la lluvia termine, yo seguiré aquí. Cuando el sol evapore la humedad que quede en las paredes y el suelo, yo tendré cada día la oportunidad de convertirme, en el maravilloso ser que mi madre cree que soy.

Cuando las últimas gotas de agua se pierdan en las alcantarillas, para irse a reunir con lo más apestoso de la pobredumbre humana en una cloaca, yo podré salir y caminar por las calles ya secas y libres del mal influjo de la deprimente lluvia. Entonces, seré yo quien ría. Será mi «plac, plac» el que se escuche. Pero aun en ese momento, y eso solo lo sé yo, seguiré deprimido, porque no es la lluvia la culpable de mi falta de alcurnia y de éxito. Aunque desearía que así fuera, para tener a quien culpar. El verdadero infierno lo llevo por dentro. Cada día que tengo que levantarme para subsistir y seguir esperando por el milagro que haga realidad las aspiraciones de mi madre, acerca de mí.

#JESEmprendimiento