Lo que nadie me dijo de Nueva York
¿Un café? ¿Cuatro dólares?
«El crimen no requiere un fantasma salido de una tumba. En Nueva York tenemos crímenes sin la colaboración de duendes o demonios», dijo el Johnny Depp.
Decidí mudarme a Nueva York hace cuatro meses luego de pasar una temporada en Barcelona. No me pregunto qué hago aquí, porque realmente sé muy bien la respuesta, pero sí me cuestiono por qué mi próximo destino no pudo ser otra ciudad. Una, al menos, que vendiera el café a menos de 4 dólares.
Que Nueva York sea hostil, sucia y desconocida, incluso para las personas que la han habitado por mucho tiempo, no he podido superarlo —porque eso es algo que nunca podría— pero sí omitirlo en mis constantes reproches. El tema del café, sin embargo, sigue presente aun cuando lo preparo en mi casa. Los que viven del café y en el café, es decir, los que no tienen más oficina que el establecimiento de la esquina, entenderán de lo que hablo —los que están acostumbrados a los excesos de la ciudad no lo entenderán, claro—.
Sospechaba que cambiar Barcelona por Nueva York no era una decisión muy sabia, pero es que nadie me dijo que dejaría de pagar $1.75 (con cruasán incluido) para empezar a invertir $4 en café para llevar (porque Nueva York cree que todos vamos siempre contra el reloj).
Al menos —y aquí va algo relativamente positivo— he encontrado al fin un lugar donde me ofrecen una taza, un corazón en el latte y, lo mejor, una de esas tarjetas de «compra 6 y llévate 1 gratis».
Mis compañeros de trabajo en Cocoa, un health bistro que vende unas deliciosas papas fritas —¿supongo que lo saludable está en que son de batata?—, son usualmente los mismos, aunque siempre se sume una que otra cara nueva. Esto hace, al menos, que mis días no estén —del todo— repletos de desconocidos, aun cuando siga sin conocerlos. Tal vez para cuando me gane el segundo café gratis ya tendré con quién compartir algún comentario sobre lo bueno o lo malo que es el nuevo escrito que me ha tocado editar.
Pero —debo regresar al tema—, Nueva York no se hizo para beber café. Es una realidad que no cambiará, al igual que la hostilidad y frialdad de la ciudad, aun cuando le añadan un poco de arte a la bebida o me intenten convencer de que he ganado un café gratis luego de haber comprado seis.
Recuerdo Barcelona en cada café con leche que pago a $4 y en cada cruasán que no viene incluido. Esa, sobre todo, es la más triste de las verdades que enfrento estos días en Nueva York. La rapidez con la que el de la mesa vecina dejaba de ser un completo desconocido y la familiaridad con la que se despedía de mí la que me preparaba el café, también lo recuerdo y echo de menos.
Pero bueno, si me hubiese contado alguien sobre esto, seguramente estaría en esta ciudad de igual modo, y este escrito —definitivamente— también existiría. Con la única diferencia, claro, que llevaría otro título.

