Los críticos acérrimos de las operaciones estéticas que jamás se realizó Uma Thurman

A los dueños de la verdad (y a quienes como yo, no queremos tenerla)


Estoy profundamente preocupado por el camino que han tomado las redes sociales en una de sus capas o niveles. Pienso en el Twitter y Facebook como una imagen de Photoshop con múltiples layers, lo que quiero explicar forma parte de un completo submundo: el universo del layer (social) donde todos somos eruditos y perfectos. Me refiero en especifico al tema de “los portadores de la verdad”, los “emisarios de la razón”, “los ecuánimes salvadores de gatitos atropellados que señalan en tuits que los gatitos no deben ser atropellados”, a “los activistas de la flojera de presionar la tecla”, en “los ungidos por Mark Zuckerberg”, en “los críticos acérrimos de las operaciones estéticas que jamas se realizó Uma Thurman”.

No somos los millennials, ni los generación X, ni los baby boomers… todos los que estamos en Twitter, con edades comprendidas desde los 13 a los 79, somos de una misma generación, la de los cínicos de mierda.

En eso hemos convertido las redes sociales, en un unificador de 5 generaciones, hemos igualado nuestros defectos y virtudes para convertirnos en una sola entidad, todos debemos pensar lo mismo, sin importar nuestra edad, ni nuestras experiencias en el mundo real, si es que aun quedan experiencias en el mundo real. Hay que ser políticamente correctos, no hay que tener nunca 16 años y cometer errores estúpidos que todos cometemos a los 16 años porque hay gente de 16 años hasta 79, que se encargaran día y noche de tuitear hasta la eternidad, que somos unos verdaderos idiotas por emborracharnos de más, hacer un chiste inadecuado, ir construyendo nuestros prejuicios o desprejuicios mientras lo compartimos por las redes sociales. Un joven de 15 tiene en Twitter la misma posibilidad de ser crucificado por una tontería, como si se hubiera graduado con honores en el MIT en un PhD que decidió hacer a los 35.

Ni todos somos iguales, ni todos comprendemos el mundo de la misma forma. Y todos cometemos errores, o decimos una frase en un contexto, o sin contexto porque nos estábamos burlando de alguien por su condición sexual, social, de raza o que se yo que más puede existir. Pero a las redes sociales poco le importa si lo que esta persona dijo tiene un contexto, es un chiste dirigido a su mejor amigo homosexual porque la confianza lo permite y era ironía y no una declaración de principios fundamentales de un partido político. No importa si es primera vez que lo dice, si aún esta persona no ha vivido lo suficiente para darse cuenta que la mayoría de los prejuicios tienen una base vacía. Hay que quemarlo en la hoguera. Hay que quemarlo en la hoguera. Fin.

Las personas tenemos procesos de aprendizaje. En Twitter y Facebook analizamos al mundo como si ya todos nos hubiéramos graduado de seres humanos, y si nos encontramos con alguien que esta en su propio camino personal y mete la pata, poco nos importa de hacerle un bullying que destroce parte de ese proceso, o que lo acelere de la manera más cruel y despiadada.

Varios de los personajes más importantes de la historia de la humanidad han dicho grandes frases, pero también cometieron errores para ser crucificados en los 140 caracteres de Twitter, para ser despreciados por su condición de no pertenecer a los “emisarios de la razón”. Y si nos vamos a las artes, ¡wow! ni se imaginan como hubiéramos desterrado a Dalí, a van Gogh, a Toulouse-Lautrec o a Picasso. Es que los hubiéramos quemado vivos en las actualizaciones de Facebook, hubiéramos pedido a gritos que sus cuadros no fueran expuestos, que seres humanos tan despreciables, machistas, egocéntricos, arrogantes, asesinos de perritos parisinos, “quien coño se creen para pintar esas vainas”, esos no son artistas, son seres que no están a mi altura, el perfecto tuitero que no tiene ni idea de como se hace el verde a partir de otros colores pero que sabe perfectamente como se ve el verde una vez es verde, o purpura, o naranja o…

Somos despiadados. No perdonamos. Nos creemos mejor que los otros. Porque somos una única entidad. Somos un triste HAL 9000 que piensa que sabe todo y que esta por encima de la individualidad. Somos los verdugos.

En estos días en Venezuela hay todo un tema de discusión porque el dueño de una de las empresas más importantes del país se atrevió, al parecer en privado, a opinar sobre la gente que se va o se queda en Venezuela. Y compartió su postura personal. Es increíble como el HAL 9000 se dividió en dos, y todos absolutamente todos tienen una opinión, algunas medianamente sensatas y otras en la onda de los “me quedo o me voy pero en Twitter estoy”. Parece una guerra a muerte entre los que se fueron y los que se quedaron. Las descalificaciones e insultos, por una simple opinión personal, son completamente desproporcionados. La guerra de las opiniones galácticas, ya ninguno tiene ideas terrenales, simples o vacías.

Y todos parecen olvidar lo evidente: los venezolanos no se dividen en dos, entre los que se quedan o se van. Yo en este momento vivo en Venezuela, yo no siento que me estoy quedando, y probablemente el día que me quiera ir y lo haga, no seré de los que se fue. La vida de cada persona tiene tantas complejidades y tenemos tantas formas de etiquetarnos a nosotros mismos, que nadie puede venir a decir que eres de los que te quedaste, yo en este momento me siento “el papá de Camilo”… para nada soy “el que se quedó”. Y el día que no viva en Venezuela, no seré “el que se fue”, creo que todavía seré “el papá de Camilo” o quizás “el papá de Paz Acevedo”, si es que llega Paz a mi vida. Cada persona define lo que es por una suma increíble de percepciones personales e ideas, que en general forman parte de un pensamiento interno con nosotros mismos.

Hay gente que vive en Venezuela, pero no está en este país desde el día en que nacieron. Hay gente que se va de Venezuela y siempre estará aquí.

El tema es que no hay forma de catalogar a cientos de miles de personas que se van de un país, o a millones de personas en los que se quedan, porque lo que nos define como seres humanos tiene que ver más con la educación de nuestros padres y nuestra propia forma de ver el mundo, que por los azares de la geografía.

El irnos o quedarnos no va a definir lo que somos, es mucho más complejo que eso.

Toda persona tiene el derecho a decir lo que piensa, sea pobre o rica, se quiera ir o quedar, nos agrade o no lo que expresen sus palabras. Y la gente tiene derecho de criticar a cualquiera por lo que dijo y crucificarlo, y tuitear lo que le de la gana, tenemos el derecho de ser los cínicos que somos, tenemos derecho a ser los eruditos de la perfección, los guerreros del teclado. Sin duda esto último que escribo, en mi forma de pensar en general, resulta una gran paradoja, creer en este derecho. El problema es que quienes critican con esa vehemencia ultra galáctica, pareciera que quieren reducir los derechos de la otra persona. Quieren al mismo tiempo ser acusadores, abogados, verdugos y escribir la historia, porque ellos, los tuiteros del presente, se creen la conciencia de la humanidad…

… y no llegamos ni a ser el robot de Perdidos en el Espacio:

— Peligro
— Peligro
— Peligro

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