Los dilemas del dolor y la crueldad: Una mirada al existencialismo moderno

A Lars Von Trier se le acusa de agresivo e insólito. Visualmente inquietante. Muchos adjetivos dispares para describir un estilo cinematográfico que no parece encajar en ninguna parte adecuadamente. Y es que el director, intenta encontrar un equilibrio entre el éxtasis, la transgresión en estado puro y algo más doloroso, quizás humano, que nunca termina de mostrar en realidad. Tal vez porque no lo desea, porque sería demasiado simple para un director acostumbrado a bordar lo complejo con imágenes luminosas. Sin duda, Von Trier se comprende así mismo como un autor, pero más allá, como un creador visceral. En su obra, la provocación es moneda común —¿alguien lo duda?— pero además, hay un análisis meditado, profundamente sentido sobre los límites de la naturaleza humana. Para Von Triers, el dolor no es el ajeno, pero en el tránsito hacia su escenificación hay una crudeza desconcertante, una visión del mundo que incluso puede llegar atemorizar.

Tal vez por ese motivo, se diga que Anticristo es Von Trier en estado puro. La película impacta desde su primerísima escena: una larga secuencia de sexo explícito filmada con tanta belleza que conmueve a pesar de sorprender por su frontalidad. De nuevo, el director usa su recurso favorito para crear un ambiente de tensión insoportable: una fotografía que hipnotiza en medio de una circunstancia que inquieta, incluso asombra. La escena carece de trucos, transcurre en una atmosfera surreal, tan poderosa que roba el aliento. Y justamente ese parece ser el objetivo del directo: a medida que el metraje avanza, queda muy claro que esa secuencia, describe la emoción cruda y desgarradora que será la nota común en un film sin concesiones, incómodo, aterrador y en ocasiones, directamente insoportable. Una mirada al lado oscuro de la tragedia humana y el limite entre la cordura, la simple furia existencial y algo incluso más turbio y desolador: el temor a esa naturaleza salvaje que el espíritu humano intenta ocultar con tanto esfuerzo.

Con el naturalismo que se ha convertido en el sello distintivo de la especialísima visión artística del director, la película avanza en la aridez del dolor humano. Entre sacudones e imágenes levemente borrosas, Von Triers nos castiga con una puesta en escena repleta de alucinaciones y un drama tan profundamente descarnado que deja sin aliento, que llega a resultar excesivo para el esforzado espectador. Y aún así, la película conserva una cierta belleza espeluznante, un ritmo elemental que no decae nunca, que abruma y golpea a partes iguales. Lírica hasta extremos impactantes, hiriente como pocos films, Anticristo batalla con su propios excesos para lograr un discurso cinematográfico sólido. Y eso que para Von Triers, esa sustancia que desborda el fotograma parece ser lo menos importante. Implacable, cámara al hombro, persigue a sus personajes de manera implacable. Entre alucinaciones, sufrimientos, llanto, una latente locura que en ocasiones se confunde con algo tan sutil con una lucidez escalofriante, el guión desborda momentos intolerables. La atmósfera aumenta en tensión, se hace irrespirable, continúa avanzando hasta volverse una pesadilla de belleza implacable. Porque el director jamás pierde el pulso, jamás se deja seducir por la tentación de convertir su obra solo porno salvaje disfrazado de interpretación intelectual. Busca y abre brechas en discursos psicológicos cada vez más densos, angustiosos. La historia parece sacudirse de un lado a otro, hundir al espectador en la perplejidad. Cada vez con mayor fuerza, deslumbra con pequeñas dosis de ironía y un poder de evocación visual que envuelve la crudeza de la trama —en ocasiones tan desproporcionada como inexplicable— en una especie de confuso juego de espejos entre lo sangriento y lo directamente bochornoso.

A la película se le acusó de hueca, de ser una mezcla de escenas gore sin un sentido estético más allá de la de provocar las nauseas del espectador. Quizás se deba a que el director no se preocupa demasiado por conceder un momento de liberación al espectador, una moraleja que justifique la sucesión de escenas desmoralizantes que muestra en rápida sucesión. Probablemente sea cierto: la historia avanza a trompicones entre el sentimiento de culpa, la depresión, el sufrimiento y luego todo parece combinarse en un estallido donde la sugerencia de lo sobrenatural es probablemente el elemento menos sorprendente. Asombroso, el registro histriónico que alcanzan los actores, Willem Dafoe y Charlotte Gaingsbourg, que se someten al puño de hierro del director sin reservas, a una exigencia brutal de convertir su lenguaje corporal en puro canibalismo emocional.

Con toda seguridad, por esa crudeza sin concesiones, ese uso del cuerpo de la mujer como herramienta para construir elaboradísimos discursos de dolor y degradación es que se acusa al director de misoginia. No obstante, en realidad el director concibe la feminidad desde una perspectiva perturbadora que reivindica a la mujer cinematográfica, esa criatura frágil e idealizada que Von Trier destroza casi con placer. Sus mujeres son criaturas complejas, duras, violentas. Todas parecen amenazadas por su propia furia existencial, al límite de la cordura. Una poderosa visión del alma de la mujer que desborda cualquier propuesta anterior, limitada al estereotipo y a la simplificación de género.

Mucho más allá de las críticas y de la provocación aparentemente gratuita del director, Anticristo se alza como una revisión inquietante de un subgénero aún sin nombre: a medio camino entre lo terrorífico, el panfleto intimista y algo tan turbio que no logra calzar en ninguna definición. En esta época descreída, de un espectador endurecido por el efectísimo y el excesivo uso de recursos esteticistas, Anticristo crea una nueva visión de ese cine que trasciende la linea de lo común e invade esa región inquieta de la mente humana más primitiva. Tal vez esa es la pequeña tragedia de Lars Von Trier, intentar demostrar que entre lo superficial y lo meramente grotesco, su cine intenta brindar algo más esencial, profundo y sustancial. Una mirada dura e hiriente sobre la vulnerabilidad de la naturaleza humana.