Los leñadores de ilusiones

En el bosque de los sueños

Fuimos juntos a ese bosque exuberante que solo nosotros dos conocíamos, porque nosotros lo creamos una tarde de diciembre. El bosque tenía ya unas cuantas hectáreas de extensión. Había todo tipo de árboles ahí, desde los frutales con deseos dulces hasta los venenosos con los miedos más encarnecidos. Mis favoritos eran los pinos, esas largas y delgadas líneas marrón con adornos verdes en cada rama que sostenían unas cuantas aspiraciones. Hicimos senderos para conectar cada estancia con la otra. Abundaban los caminos como conexiones sinápticas entre las neuronas de ese bosque, nuestro bosque.

Fuimos juntos, decía, pero eso no es más que un pequeño eufemismo. Los cuerpos estaban ahí, el uno a la par del otro, el uno sobre el otro o al revés. La nube de electrones con carga negativa de cada átomo tuyo y mío se rozaban entre sí, pero nunca los núcleos. Es imposible que los núcleos de los átomos se toquen, así que en realidad no estábamos juntos. Ni fuimos juntos. Solo nos hicimos algo de compañía. Solo dejamos que nuestros campos eléctricos interactuaran entre sí.

Llegamos a ese pequeño rincón especial en donde almacenábamos nuestros recuerdos, nuestras memorias, las cosas vividas. Respiramos algo de vida y exhalamos muerte. Después de algunas horas nos acabamos el oxígeno que había entre nosotros y nos fuimos de ahí, dejando atrás un pequeño universo inundado de dióxido de carbono. La toxicidad nos persiguió como perro rabioso. Tomados de la mano, sin destino alguno en mente, solo decidimos caminar sin prestar atención.

La fuerza de gravedad nos ataba a la tierra, aunque nosotros queríamos volar alto. Ese centro de nuestro planeta es tan caprichoso y posesivo que no cede ni un ápice en su enfermiza necesidad de hacer que todos los cuerpos se sientan atraídos hacia él. La dictadura del centro, como se me dio por llamar a su gobierno y a su ley, un nombre quizá demasiado simple, obvio y ridículo.

Corrimos, saltamos, lo intentamos. Queríamos alejarnos, probar que podíamos vencer a esa ley, dirigirnos hacia el espacio exterior. Las leyes de la física son inquebrantables. Nos dimos cuenta luego de golpearnos la espalda contra el suelo en reiteradas ocasiones. Comenzamos a disfrutar el dolor.

«Qué tal si laceramos ese árbol con nuestros nombres dentro de unas líneas con forma de corazón y luego bebemos una gota de su sangre como un pacto con la eternidad», me dijiste serena, expectante, deseosa. Y yo pensé, entonces, que lo nuestro terminaría tan rápido como a alguno de esos leñadores de ilusiones se le ocurriese usar su hacha en el árbol de nuestros sueños. Nuestra eternidad sería tan efímera como eso. Jamás dije nada al respecto.

Ninguno de los dos se preparó por si esos leñadores decidían llegar algún día. Dejamos nuestro árbol a expensas del aire y esperamos que así sobreviviera cada tarde. Hicimos de la desidia nuestro desayuno habitual.

Una mañana de octubre nos dimos mutuamente la noticia.

Esos leñadores existen.

Llegaron.

Fuimos nosotros.