Los niños, esos lectores independientes (1)

En una recopilación de relatos titulada Cuentos para niños, de Isaac Bashevis Singer, se incluye un texto titulado «¿Son los niños los mejores críticos literarios?» En él dice lo siguiente:

«Los niños son los mejores lectores de auténtica literatura. Los mayores se encandilan con los grandes nombres, las citas exageradas o la gran presión de la publicidad. Los críticos, que están más preocupados de la sociología que de la literatura, han convencido a millones de personas de que si una novela no intenta desencadenar una revolución social no tiene valor. Cientos de profesores, que escriben comentarios sobre escritores, tratan de inculcar a sus alumnos que únicamente aquellos autores que necesitan comentarios rebuscados e innumerables notas a pie de página son los auténticos genios creadores de nuestro tiempo.

Pero los niños no sucumben ante opiniones de este tipo. Todavía les gusta la claridad, la lógica y hasta aspectos tan obsoletos como la puntuación. Más aún, el joven lector pide una historia real con un principio, un desarrollo y un final, siguiendo el estilo de las narraciones que se han venido contando a lo largo de miles de años. En nuestros días, en que se ha olvidado el arte narrativo, que ha sido reemplazado por una sociología de aficionados y una psicología manoseada, el niño sigue siendo aquel lector indepen­diente que sólo confía en su propio criterio. Nombres y autorida­des no significan nada para él. Mucho después de la desintegra­ción de la literatura para adultos, los libros para niños constituirán los últimos vestigios del arte narrativo, la lógica, la fe en la familia, en Dios y en el auténtico realismo». […]

Sin embargo, continúa el escritor judío más adelante, «como a los niños les gusta la claridad y la lógica, se pregunta­rán ustedes cómo es posible que pueda escribir acerca de lo sobrenatural, que, por definición, no es claro ni lógico. La lógica y el “realismo” como método literario son cosas diferentes. Se puede ser realista muy ilógico y un místico sumamente lógico. Los niños, por natu­raleza, se inclinan al misticismo. Creen en Dios, en el Demonio, en los buenos y en los malos espíritus, y en todas las formas de magia. No obstante, exigen que una historia tenga auténtica con­sistencia. A menudo la religión tiene una gran lógica y el materia­lismo muy poca. Quienes sostienen que el mundo se creó a sí mis­mo suelen ser personas que no tienen ningún respeto por la razón. Resulta trágico que muchos escritores que menosprecian las na­rraciones sobre lo sobrenatural escriban — para los niños — cosas que sólo constituyen un auténtico caos. […]

Ese tipo de literatura no sólo no entretiene a un niño, sino que altera su modo de pensar. A veces tengo la impresión de que los autores de libros infantiles llamados de vanguardia intentan ir pre­parando al niño para la lectura de Finnegans Wake, de James Joyce, o algún otro rompecabezas cuya explicación proporciona tanto placer a los profesores. En vez de enseñar a pensar, ese tipo de literatura invalida la mente infantil. Por decirlo de alguna manera: sí a lo sobrenatural; no al sin sentido».