Los periodistas no tenemos opinión

No hace mucho invitaron a un par de amigos periodistas a una tertulia radiofónica; la excusa: hablar de la «situación actual de la profesión».

A mis compañeros de oficio les resultará familiar este soniquete porque, para nosotros, es como ese cuñado que te incomoda y resulta molesto, pero al que tienes que soportar en todas las reuniones familiares; en algún momento tienes que enfrentarlo cara a cara, sabiendo que no hay forma de darle la patada.

Entre otros «éxitos de ayer, hoy y siempre» de este tipo de escenarios, uno de los temas tratado fue la ausencia casi total de textos de opinión elaborados por periodistas en los medios de comunicación, sobre todo digitales de ámbito local. ¿Dónde está la opinión de los periodistas? ¿Tenemos opinión? ¿Por qué no opinamos? Es cierto que hay compañeros que opinan de manera regular, grandes «firmas» que se manifiestan en columnas editorializadas de manera brillante. Pero no es menos cierto que este tipo de textos son más habituales en las cabeceras «de peso», de alcance nacional.

Paradójicamente, en los medios nativos digitales, las plantillas de «opinadores» fijos están conformadas mayoritariamente por perfiles profesionales de diversa índole, pero con escasa presencia de periodistas de formación.

El campo de juego mediático se ha visto radicalmente modificado con el desarrollo exponencial de webs, blogs y plataformas heterogéneas, donde tienen cabida todo tipo de escritores, expertos y especialistas. Y es fantástico que esto sea así, nunca como ahora se puede recabar información de calidad de las más diversas fuentes.

No obstante, en estos mismos medios digitales, se ha caído pronto en un error muy frecuente en otros marcos mediáticos como el televisivo o el radiofónico, donde «todólogos» de plantilla copan la casi totalidad de las tertulias —formato que acusa un cierto desgaste, por cierto, tras un año y medio convulso en la política y la economía nacional—. Por algún motivo, los periodistas tenemos reparo a la hora de opinar, como estoy haciendo yo ahora, al abrigo de los medios para los que, además, elaboran información.

Puede que tenga algo que ver con esa proverbial e inamovible norma profesional, que dicta que la información va por un lado y la opinión por otro, como el agua y el aceite. En ese sentido, es cierto que los periodistas debemos ser extremadamente escrupulosos en no mezclar ambos géneros —a pesar de que existen vergonzosos y habituales ejemplos de lo contrario—. Pero no es menos cierto que hay corrientes, cada vez más nutridas y a las que yo mismo me sumo, que abogan por una mayor ductilidad de estos compartimientos, siempre y cuando se respete la veracidad de la información y los datos, se exponga claramente al público dónde está la barrera que separa ambas parcelas y se delegue en el mismo la responsabilidad de pensar y extraer conclusiones propias. Ya saben, la objetividad es una entelequia.

Por otro lado, es inocente creer que no existe, en el maremágnum de periodistas en ejercicio o desempleados, un nutrido grupo de perfiles profesionales que, además de estar capacitados para ejercer el oficio informador, puedan opinar sobre determinadas parcelas en las que atesoren el suficiente conocimiento especializado y experiencia. Esta impagable fuente de competencias, con herramientas y habilidades para comunicar y divulgar apropiadamente, choca de manera frontal con una miríada de «columnistas» fijos —el entrecomillado es intencional— del más diverso pelaje.

Muchos de los digitales a los que hago referencia ofrecen un púlpito gratuito —a cambio de visibilidad y un prestigio un tanto provinciano— a cualquiera que deseé utilizar esta plataforma para sus propios intereses, ya sean estos ególatras, empresariales, políticos o de cualquier otro tipo. Y lo hacen olvidando, por una parte, a los profesionales de sus propias plantillas —o sus cercanías, siempre accesibles— que podrían exponer unas opiniones mejor fundamentadas y expresadas. Por otro, también sufren una dolorosa amnesia sobre su función última: no generar tráfico y cazar clics, sino servir como herramienta a la ciudadanía.

Sí, ya sé que peco de idealista a este respecto. Pero no hay sino que preguntar a cualquiera de sus conocidos y amigos qué opinan sobre la gente de mi oficio. Y reflexionar sobre si ese concepto que se tiene de nosotros se corresponde con la realidad. El líder del mundo libre nos ha calificado hace poco como «los seres humanos más deshonestos de la tierra». Y, como corolario a esta declaración de intenciones… la afirmación de que una administración tiene derecho a «discrepar de los hechos».

Ante este panorama no dejo de preguntarme si soy un romántico o un loco, si el tortuoso camino por el que transitamos nos dirige a alguna parte y si, cuando todo se vaya al carajo, la ciudadanía se preguntará por qué no tenía un mayor y mejor conocimiento de las causas y las consecuencias o estará más centrada en las estadísticas de tráfico de las webs y medios donde se informaban.

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