Más allá del tiempo

Matilda y la infancia trascendente

En una ocasión, le preguntaron a Roald Dahl cual era la historia más divertida que recordaba y el escritor no dudó en responder: «Cualquiera de mi infancia». Y es que Dahl fue quizás el personaje más intrigante de todo su complejo y extravagante mundo de fantasía. Un niño travieso pero, sobre todo, audaz que comprendió que la infancia es mucho más intrigante que una simple narración de fantasía. Tal vez por ese motivo, Roald Dahl escribió libros que hablaban de la niñez desde un punto de vista por completo nuevo y no sólo eso, sino que construyó una perspectiva original sobre la manera de pensar de los niños, lo que revolucionó el género desde sus cimientos. Porque Dahl, niño eterno, provocador pero, sobre todo, muy consciente de lo que la infancia puede ser, brindó a la literatura infantil un nuevo reflejo desde el cual pudo comprenderse y reflexionar sobre los elementos que la cimentan. Una visión idílica pero también extrañamente realista, a mitad de camino entre la reflexión y la alegoría.

No obstante, el Dahl niño no disfrutó de una infancia cómoda: tenía cuatro años cuando su padre murió, lo que obligó a su madre a viajar a Inglaterra, donde moriría también dos años después. La temprana orfandad no sólo hizo que Dahl tuviera que crecer mucho más rápido que cualquier niño de su edad, sino que, además, le brindó una visión y un punto de vista sobre el dolor y el sufrimiento infantil muy profunda. Una percepción que no sólo se refleja en sus libros, sino también en su extraño sentido de la lealtad y la belleza que forma parte de sus historias. Y es que Dahl, el escritor, no solo reconstruyó su infancia a través de sus obras sino que además supo comprender con mucha más claridad el asombro y las heridas de la niñez —y su repercusión en el mundo adulto— que cualquier otro escritor del género.

Tal vez allí reside el éxito de sus libros: Dahl escribía para niños y lo hacía desde la óptica de los niños. Irreverente e irritante, el propio escritor solía insistir en que sus libros no estaban dirigidos a adultos sino a los niños tercos y traviesos que vivían aún en algún lugar de su mente. Llegó a decir que la llave de su éxito era «conspirar con los niños contra los adultos». En una entrevista que fue publicada por el periódico Independent en el año 1990, Dahl admitía que sus libros no estaban dirigidos bajo ningún aspecto y bajo ningún motivo a los adultos. Y que de hecho, el mundo adulto debía tratar de comprender —en la medida en que se lo permitiera su arrogancia— ese otro universo magnífico y desconcertante que había abandonado hacía tanto tiempo. En una de sus habituales frases desconcertantes, insistió que «puede ser una fórmula simplista, pero funciona. Los padres y los maestros son el enemigo». Una idea que parece resumir el cariz de su obra y también esa partícularisima capacidad de Dahl para sorprender e incluso desconcertar a través de sus formidables historias.

Porque Dahl sabía que crear y construir historias era una manera de mirarse así mismo. Y lo hizo lo mejor que pudo: no sólo a través de sus obras sino del hecho que vivió su vida como si tratara de una singular y divertida puesta en escena. El escritor disfrutaba de sus rarezas y con toda seguridad, de ese elemento levemente asombroso que formaba parte de todos los elementos de su vida. Como el pisapapeles hecho con la cabeza del hueso que los cirujanos le extrajeron luego de un accidente o su extraña relación con Patricia Neal, con quien compartía larguísimas cartas y conversaciones estrafalarias de las que nacieron sus primeros libros. O ese amor a lo macabro que parece formar parte de todas sus historias y que sin duda, crea y construye una reflexión sobre la niñez más cerca de lo inquietante que de lo conmovedor. Dahl, reaccionario, visceral pero, sobre todo, muy consciente del poder de sus relatos, jamás suavizó lo sardónico, lo levemente cínico de sus historias. Eso, a pesar de que sus libros recibieron tantas críticas como halagos y que un sector reaccionario no dudó en acusar a sus relatos de antisociales, brutales y antifeministas. A estas críticas, Dahl respondía así: «Nunca recibo protestas de los niños».

Con toda seguridad, por ese motivo Matilda se convirtió no solamente en el que llamó «su libro favorito» sino también el que mejor resumía su desconfianza por el mundo adulto. Con un extraordinario sentido del humor, una historia bien planteada y, sobre todo, con su entrañable personaje central, Dahl logró con la historia conseguir esa percepción de la infancia con un terreno plagado de trampas y pequeños terrores y demostrar que el poder de la imaginación va más allá de las hojas de un libro. Y es que Matilda, como personaje, no sólo parece reflejar al Dahl niño huérfano y superdotado, sino su mirada elocuente y un poco sorprendida sobre la crueldad que habita más allá de la frontera de la pretendida inocencia infantil. Desconfiado, transgresor y, sobre todo, con una sutil crueldad que suele asombrar en sus historias, Dahl logra en Matilda crear un paisaje minucioso sobre los temores y esperanzas de los niños, pero también ese enfrentamiento constante entre la realidad y la fantasía. Matilda, sobre todo, como personaje es sin duda el mayor triunfo del escritor: una combinación de un espíritu sagaz y complicado pero también, una niña exquisita que mira el mundo con ojos redondos de asombro.

Porque la Matilda de Dahl es real en su inocencia y candor, pero sobre todo en audacia: no hay nada en ella que parezca no formar parte de las opiniones de su padre en tinta. La historia, con toda seguridad concebida para burlarse de la escolaridad, los ritmos y pautas de la disciplina de los adultos y subvertir el orden de lo que se considera evidente, construye una visión inquietante sobre lo que la niñez puede ser. Reinterpretada y concebida como una idea que sobrepasa los elementos tradicionales de las historias para niños y construye algo novedoso y desconcertante. Los diálogos y reflexiones de la obra no sólo se nutren de esa irreverencia insistente de Dahl sino de lo que parece ser su certeza que los adultos no sólo son el enemigo a vencer, sino que además, debe ser vencido. Matilda, poderosa y, sobre todo, maravillosamente inocente, consigue atravesar con buen pie un trayecto lleno de dificultades y encontrar una manera de mirarse así misma como heroína, en lugar de víctima. Dahl, con un pulso narrativo que impresiona por su precisión, no deja cabo suelto y construye en la historia un arco argumental que sostiene esta visión periférica de la niñez a mitad de camino entre el dolor y la angustia. La belleza y lo conmovedor, pero sobre todo, lo sorprendente y lo humorístico.

Sin duda, uno de los grandes triunfos de Dahl es precisamente eso: el hecho que la risa forme parte primordial de sus historias. A diferencia de otros grandes autores, Dahl crea a través del humor un pulso narrativo que hace a sus historias ricas en matices, extrañamente hilarantes a pesar que la mayoría de las veces, la risa parece conducir directamente a una idea macabra. Un pequeño desvío que Dahl logra construir con una sutileza admirable y que no sólo eso, asume como parte de lo elemental que sostiene sus ideas literarias. Dahl, convencido del poder del humor, lo utiliza con tino y buen gusto. Desde juego de palabras, hasta diálogos ingeniosos, Dahl logra construir un universo donde la capacidad para reír puede ser la frontera entre el error y lo hermoso. Incluso creando maravillosas escenas de subtexto que bordean la crítica soterrada. Como cuando Matilda insiste en que Las crónicas de Narnia: «Es un libro muy bueno, pero le falta humor. A los niños nos gusta que nos hagan reír». Una mirada audaz y de nuevo perspicaz sobre la infancia, la ternura y la capacidad para comprenderse así misma.

Y es que sin duda Matilda es la síntesis de la percepción del escritor sobre esa dimensión paralela donde habita la niñez, sus vicisitudes y pequeños dolores. Esa mirada entre lo absurdo y lo sensible, la crítica profunda y con toda seguridad, una visión traviesa sobre el ámbito de las cosas reales e irreales que construyen la Infancia. Como buen niño adulto —y sobre todo como buen provocador convencido— Dahl supo dotar a Matilda no sólo vida sino también, de esa capacidad para provocar la reflexión, intima y quizás inevitable sobre quienes somos y quienes fuimos y lo que resulta aún más intrigante, como comprendemos aún a ese niño secreto que continúa viviendo en alguna parte de nuestro espíritu.