Más sobre el mal

Yo creo que el problema del mal hay que abordarlo con una cierta prudencia, dejándose llevar por la armonía de lo abstracto y huyendo de la incoherencia y de las deformidades de lo concreto, no obstante si existe alguna solución, por muy vaga y difusa que esta sea al problema del mal, deberá ser siempre contingente y temporal, en último término personal. Que duda cabe que en el dominio de la Filosofía en general y de la Metafísica en particular, no hay soluciones nuevas a este problema, sino el reconocimiento de las viejas ideas con las que apaciguamos nuestros propios temores y angustias. En cualquier caso, la última palabra sobre este tema no será dicha jamás, pues no ignoro que todos somos responsables de las consecuencias de nuestros actos por lo que nada puede ser considerado aproximativo o vano, y, en este orden de cosas, no podemos declinar nuestras responsabilidades, tanto a nivel individual como colectivo, tratando con ello de disculpar nuestros errores, aunque éstos se pierdan en el tiempo.

Y es que el mal no es simplemente un concepto sobre el que se pueda especular, sino que es una realidad, una realidad, en principio y en esencia, indefinida y relativa.

Bien, dicho esto, me pregunto, ¿es el mal, entonces, el principio del tiempo y el substrato del espacio? ¿Es el mal, por tanto, el origen de la manifestación? Tiempo y espacio, doble campo de acción donde el mal puede producirse y organizarse, esto es, donde el mal puede manifestarse. Así pues, su existencia es equívoca y problemática: existe y no existe; se mueve dentro de los cambios de un devenir perpetuo; es ilusorio y real; el mal no es en absoluto por sí mismo, sino que se manifiesta por medio de los hombres; no tiene más existencia que la que le dan. No es, y sin embargo existe, pues hace daño. Es banal y trascendente.

Para mí, el problema del bien y del mal es un problema físico, estético, metafísico y ético, no simplemente religioso y social: Es un problema no sólo de libertad, sino también un intento de justificación del orden en el cosmos. Quizá es el causante de todo.

¿Podríamos decir que el mal no existe o tiene una existencia falsa, de igual manera que el frío o la sombra no existen, pues son abstracciones puramente negativas que no marcan en suma más que la ausencia del bien o la ausencia del calor y de la luz? ¿Qué es, en consecuencia, el mal? ¿Ha sido creado por un dios/dioses? ¿Existe dios? ¿Existe creación sin creador? ¿Cuál es el origen del mal si no posee principio positivo? ¿El origen del mal es el discernimiento, es decir, el pensamiento?

Parece ser que la contradicción es el verdadero elemento de la existencia humana; el constitutivo esencial de su naturaleza. ¿Cómo discernir lo bueno y lo malo? ¿Cómo separar lo verdadero de lo falso? Si no existe un criterio de verdad que ayude a vivir, de mala manera se superará el horror ante el relativismo, cuna de tantas calamidades o, tal vez, de la verdad más absoluta. El hombre no es un ser simple u homogéneo; es una extraña mezcla de ser y no ser. Su lugar se halla entre estos dos polos opuestos. Por tanto, no hay más que un modo de acercarse al secreto de la naturaleza humana: la duda y la sospecha, la incertidumbre y la creencia capaces de mostrarnos que, a lo mejor, existe un hombre doble, el hombre antes y después. La dificultad comienza cuando nos planteamos la posibilidad, quizá haya que decir la existencia, de una eternidad que «empieza» y otra que «termina»; entonces la pregunta sería ¿antes y después de qué?