Masculinidad vs. feminidad (y viceversa)

Los anunciantes dirán que sus anuncios no hacen más que reflejar las demandas de la sociedad. Es decir, que son las niñas las que piden los muñecos a los que hay que darles de comer, y las cocinitas (para prepararles la comida a todos), y que son los niños los que piden los coches de carreras (para ganar a todos) y las pistolas (para matar a todos). Pero el asunto es al revés. La publicidad orienta vocaciones y así, si bien a las mujeres en esta sociedad no se les prohibe ser ministras de Educación o de Sanidad, a la niña se la orienta para que (siendo de natural más cariñosa y atenta) quiera ser maestra o enfermera (o princesa, que también) en tanto no encuentre al hombre, más frío y más pragmático que sea ministro o cirujano (o príncipe).

En cualquier caso, los juguetes de las niñas irán destinados a destacar sus rasgos maternales (cuidar, alimentar, escuchar, ser comprensivas….) y estarán relacionados con actividades y profesiones por las que los hombres no van a competir (sobre todo porque estas actividades suelen ser tediosas —hacer la compra, cocinar todos los días, limpiar la casa— y las profesiones, peor remuneradas: no es que los hombres no puedan ser secretarias, es que prefieren ser directivos…).

En una realidad construida sobre opuestos (cuerpo/alma; norte/sur; derecha/izquierda; bien/mal; ricos/pobres; luz/oscuridad; blanco/negro…) la naturaleza-biología (macho/hembra) funciona como variable de categorización (causal pero no casual) sobre la que se cimenta toda la estructura de un sistema basado en la segregación social en el que las diferencias biológicas (convertidas en deficiencias para una de las mitades segregadas) sirven para legitimar toda una serie de diferencias culturales sobre las que se apuntala la brecha que separa a la población en dos mitades: los hombres (arriba, orientados a lo público) y las mujeres (abajo, orientadas a lo privado).

Así, con la excusa de las diferencias sexuales asociadas a la reproducción, queda establecido un esquema invariante de dos (únicos) sexos y dos (únicos) géneros: el denominado sistema sexo-género, en el que el segundo se corresponde con el primero. Y este esquema imperante, hombre-masculino / mujer-femenino, que condensa la imposición dicotómica sobre la que se asienta una (determinada) construcción social, la normalización / normativización / legitimación de las diferencias se resume en la categorización de cómo son (y de cómo deben ser) las personas según un (determinado, definitorio y definitivo) modo de estar en el mundo. Así, todo individuo en sociedad está (tiene que estar) asignado claramente a un sexo y a su género concordante. Y en este proceso de aprendizaje, que se inicia incluso antes del nacimiento —y en cuanto la ecografía (de)muestra dicha asignación las compras se orientan hacia el azul o el rosa—, y que continúa en la infancia (la socialización diferenciada), no deja de operar durante toda la vida de las personas asegurando así el correcto desarrollo para la necesaria inserción de éstas en la sociedad.

Sobre lo paradójico que se oculta tras cualquier fenómeno (cuya necesaria explicación parte de la existencia de fuerzas contrapuestas) que opera en la relación genotipo/ambiente, este aprendizaje o construcción de la identidad de género se lleva a cabo de dos manera contrapuestas pero complementarias:

  • Una, pasiva, en la que son los agentes socializadores —la familia, la escuela, los medios de comunicación…— los que aportan la información de género válida en un determinado contexto, reproduciendo los estereotipos y roles que son reforzados culturalmente por la sociedad en su conjunto y defendidos por todo un ejército de ideologías (sexismo, misoginia, patriarcado) y creencias (religiosas y filosóficas).
  • Y otra, activa, en la que es el propio individuo el que, mediante la identificación personal con los valores y actitudes asociados a cada uno de los géneros, interioriza el rol que corresponde al género asignado y adecúa su modo de ser a las conductas asociadas a éste.

No es de extrañar pues, que en esa construcción unos hayan salido ganando y otras perdiendo toda vez que, desde siempre, en la transmisión del modelo tradicional la jerarquía entre géneros se resume en que todo lo masculino controla la sociedad y todo lo femenino es ignorado (exotizado, oscurecido, desconocido) y subordinado, hasta llegar a la tenebrosa desigualdad característica de todas las sociedades. Porque es verdad que llama la atención que siendo los hombres incapaces como son de ponerse de acuerdo en algo, en esto sí se hayan puesto históricamente de acuerdo todos, al margen de épocas y culturas. Vaya, hombre.

Pero si llegar a entender eso no resulta complicado (teniendo en cuenta que la religión, la ciencia, la política… el poder, en definitiva, siempre ha sido cosa de hombres, como el famoso coñac)¹ debemos acudir nuevamente a la paradoja para intentar entender la razón (o razones) por la que las mujeres han consentido, a lo largo de los siglos, que así fuera. Por supuesto que no se trata de culpabilizar a las víctimas, atadas (emocionalmente) a la prole con las cadenas fabricadas en los mismos altos hornos en los que se forja la estructura del sistema y (económicamente) al marido, que por el bien de la prole y de ellas mismas, sale al mundo a competir y a defender (a la manera inteligente que demuestran los tests de CI) por el sustento y a la patria.

Pero el mundo está cambiando (nunca ha dejado de hacerlo) y las razones que sirvieron para (con)vencer ya no (con)vencen, por eso, siendo el mismo el fin el perseguido, los medios —justificados, en cualquier caso— ahora son otros, más sutiles, más sofisticados. Pero como todo tiene grietas y es por las grietas por donde entre la luz, la luz parece estar entrando poco a poco y las mujeres, por lo menos en esta parte del mundo, pueden ya controlar su maternidad (aunque todavía no sean dueñas de pleno derecho de su cuerpo y de su vida) y su dinero (aunque la crisis haya servido de excusa para mandarlas en masa a su casa, a retomar unas labores que nunca debieron haber abandonado…) y la información ya no está en manos de unos pocos, por eso, el nuevo escenario ha impuesto nuevas estrategias²… Y tal vez sea el mercado, consciente y atento al mayor peso económico que van adquiriendo las mujeres, encargue a sus hermanas, la Ciencia y la Cultura, la misión de que las cosas cambien poco a poco.

Raymond Williams (1921–1988) llamaba cultura al sistema significante a través del cual necesariamente (aunque no sólo) un orden social se comunica, se reproduce y se experimenta y así, la monocultura capitalista (patriarcal), regida por los intereses del mercado, dirige hoy —más sutilmente, si cabe— la labor que históricamente han venido realizando (por separado aunque de manera coordinada) las distintas religiones (no existe ninguna que no sea un club de caballeros), las distintas ciencias (en sus varias disciplinas³ aunque la médico/psiquiátrica, en este sentido, se lleve la palma) y la literatura (y el tremendo daño causado a las mujeres con su ideal de amor romántico…). Y es la cultura la que cumple un papel fundamental en el desarrollo cognitivo y emocional de la niña y del niño, ya que su realidad subjetiva (lo que siente) está mediada por la realidad objetiva (el orden social vigente establecido). Entrar en la vida social de una cultura supone aceptar e interiorizar la ordenación simbólica del mundo que esa cultura tenga (el orden social) y es a través del proceso de socialización gracias al cual se aprende a dar significado a entidades abstractas (el amor) que le van a servir para establecer lo que «está bien» o lo que «está mal».

Aprender el orden social es interiorizar los valores morales que imperan en esa sociedad. En ese sentido, si desde siempre una de las puertas de acceso a la vida social (mundo de lo simbólico) fueron las narraciones y los cuentos, en esta sociedad de la imagen el cine infantil⁴ opera como un potente agente socializador en la construcción de la correspondiente identidad de género, haciendo que ésta se (con)funda con el propio aprendizaje social.

Son los estereotipos (de género), aprendidos durante el proceso de socialización, los encargados de describir qué se espera de los hombres y de las mujeres. Estos estereotipos (verdades absolutas que pocas personas cuestionan) florecen con vigor gracias al abono que a través de los distintos medios de comunicación proporciona la publicidad (que muestra lo que se considera deseable a ese respecto) en el ya de por sí fértil campo de la tendencia a etiquetar, a simplificar y a generalizar que tenemos los seres humanos y así, una vez impuestos los patrones, ya vamos ejerciendo (solitos) la libertad de comprar lo que ellos quieran: cremas y tintes que nos tapen las arrugas (que no se note que nos reímos o que disfrutamos como locas) y las canas (que no se note que cumplimos años), los dispositivos de celulosa perfumada (que evite que sintamos vergüenza de nuestro cuerpo) y las agencias de colocación emocional (no vayamos a creer que podemos vivir solas…).

En todo el proceso de consolidación de los constructos masculinidad y feminidad (referidos a lo que es un hombre y lo que es una mujer) y en su articulación como modelos ideales (arquetipos interesados) del ser, en función de su género, parecen lógicas las consecuencias de la no presencia (exclusión) de la mujer en todos los ámbitos de construcción del conocimiento (lo cual no significa que no supieran, porque saber siempre supieron más que los hombres… y por eso las quemaban por brujas en la Edad Media o las encerraban por locas de ahí en adelante…). Como su propio nombre indica, un constructo se construye y en ese proceso de construcción, varias y variadas han sido las herramientas empleadas. En una sociedad capitalista en la que el dinero es el máximo símbolo del poder y la economía siempre ha sido un espacio masculino, también en los ámbitos típica e históricamente femeninos, los hombres han irrumpido haciéndolos (económicamente) suyos. Pongamos un ejemplo: la costura, la peluquería y la cocina has sido, desde siempre, tareas femeninas. Coser, peinar(se) y cocinar son cosa de mujeres pues son ellas las que, en el ámbito privado, han venido ocupándose de estos asuntos desde siempre. Pero hoy en día, aprovechando las oportunidades que la economía les ofrece (y los medios de comunicación como brazo intelectualmente armado de la misma) los hombres han ocupado el espacio público en estos ámbitos (en principio, privados). O si no, dígame —y utilice para ello todo el tiempo que necesite en contestar— los nombres de una modista, de una peluquera y de una cocinera conocidas internacionalmente. De mujeres no, pero de hombres seguro que sí se le ha ocurrido alguno. Pues eso.


  1. http://www.bing.com/videos/search?q=anuncio+soberano+cosa+de+hombres&FORM=VIRE1#view=detail&mid=1CA5020A805B8E1C19BA1CA5020A805B8E1C19BA
  2. http://www.pikaramagazine.com/2014/12/mordiendo-manzanas-envenenadas-emprendeduria-femenina-emancipacion-cuidados-y-neoliberalismo/
  3. En el siglo XIX Galton, concluyó que las mujeres somos menos inteligentes que los hombres y Darwin que el macho es el elemento de progreso —de evolución— de la especie. Ya en el s. XX, unos cuantos psicólogos demostraron que la genialidad es un rasgo masculino y la mediocridad, femenino, ya que las mujeres tienen una inteligencia media (J. M. Cattell, Ellis, Thorndike ayer y Brody, casi hoy (1992)) y otros, entre los que destaca Carl Jung (1875–1961) piensan que existe una «esencia» masculina y otra femenina, independientes de cualquier contexto familiar o social ya que en el inconsciente colectivo existen ciertas categorías universales siendo una de ellas la polaridad entre lo masculino y lo femenino, vistos como principios eternos e invariables de la vida psíquica de la humanidad.
  4. En esa dialéctica de retroalimentación realidad-cine un ejemplo paradigmático se encuentra en las películas de la factoría Disney, que llevan más de tres cuartos de siglo influyendo en la manera de sentir(se) y de pensar(se) de las niñas y de los niños. Sus protagonistas (modelos sociales) son estereotipos y así, si el protagonista es siempre guapo, joven y sonríe, y el antagonista es feo, viejo y se ríe a carcajadas, el niño interiorizará la relación belleza/bondad, juventud/felicidad y falta de control emocional/desequilibrio con el perjuicio emocional que este tipo de relaciones supone para aquéllos que no se sientan guapos y felices o sean muy expresivos. Si la socialización inculca los valores que tienen vigencia en la sociedad, los departamentos de marketing de las grandes empresas (Disney o la iglesia católica) saben que la adaptación a los nuevos tiempos es necesaria para mantener la cuota de mercado, así, en el desarrollo histórico de la moralidad occidental, Disney ha pasado de la piel siempre blanca de sus heroínas —Blancanieves y los siete enanitos (1937) o La Sirenita (1989)— a la cobriza o mulata de Pocahontas (1995) o Tiana y el sapo (2010) y de considerar que, a falta de una buena madre biológica sea la mala madrastra —La Cenicienta (1950)— la encargada de educar y de cuidar a la prole sea el padre el que ocupe el puesto, aunque tenga para ello que poner de referente a un pez payaso: Buscando a Nemo (1996). En este desarrollo evolutivo de la moralidad imperante, Disney ha tenido en cuenta el distinto papel hoy de la mujer en sociedad y en sus películas, los personajes femeninos han dejado de ser sólo sujetos pasivos de desgracias-recompensas para pasar a desempeñar un rol activo en condiciones de igualdad con el hombre —Los increíbles (2004)— dejando así atrás tanto el papel de mojigatas que sus creaciones siempre le asignaban —Enredados (2010)— como los arquetipos sexistas producto de épocas pasadas —El libro de la selva (1967) y la letra de la canción de la niña india cuando coge agua en el río: «Hoy de caza fue mi padre y mi madre está en su hogar. Mientras que yo sea una niña vengo al agua, al manantial. Mientras yo sea menor debo de llevar el agua hasta que sea mayor. Un buen marido tendré entonces y una niña como yo, y la enviaré a traer el agua; cocinando estaré yo»—. No obstante, en su esquema perdurable de amor romántico, la protagonista sigue casándose siempre con el guapo, aunque para ello tenga que operarse una transformación mágica —La Bella y la Bestia (1991)— y el feo, aunque sea bueno, nunca obtendrá el premio de la belleza femenina y la felicidad del happy ending* del matrimonio —El Jorobado de Notre Dame (1996). http://www.bing.com/videos/search?q=machismo+peliculas+disney&qpvt=machismo+peliculas+disney&FORM=VDRE#view=detail&mid=5E840209D5CDE94CC0ED5E840209D5CDE94CC0ED

* There are not happy endings // Endings are the saddest part, //So just give me a happy middle // And a very happy start (Shel Silverstein)