Me gusta y me vale

La música y Ana.

Soy muy criticona de las cosas que me gustan, soy muy clavada y me pongo a investigar, si se trata de intensear yo soy la primera en tener opinión, generalmente con un buen fundamento, hablar de música conmigo es el equivalente a hablar de política o religión con la persona más clavada que conozcan.

Desde el ultimo año de secundaria me dediqué a juzgar toda la música que no fuera de mi agrado, decía que el pop era una mugre, que la banda era lo más pinche y así me la pasaba, peleando con todo el mundo por la música.

Pasé por mi etapa punk, pasé por mi etapa de rock alternativo, pasé por mi etapa de metal, pasé por mi etapa de ska (ya sé, ewww), pasé por mi etapa de amar a Zoé, pasé por mi etapa de amar a The Killers, pasé por un montón de etapas vergonzosas que nadie tiene porque saber porque ya me balconeé lo suficiente y porque qué oso.

En el primer año de prepa me volví todavía más picky y criticona, adopté las críticas y los argumentos del hermano de mi mejor amiga, más tarde le agregué los argumentos de otras personas que fui conociendo en el camino. Para el segundo y último año de prepa ya había formado mis propios argumentos y críticas porque ya conocía más cosas y ya podía opinar sin tener que andar usando criterios y opiniones ajenas. Junto con mi mejor amiga, íbamos a todos los conciertos a los que podíamos entrar, nos íbamos de coladas con la banda de su hermano a ver sus ensayos o los acompañábamos a sus toquines y hasta cargábamos cosas, nos dio un momento de querer tener nuestra banda, ella sabía tocar el bajo y yo le sabía un poco a la guitarra, nunca lo hicimos y qué bueno porque seguro hubiéramos sido malísimas.

Todos mis amigos se encargaban de hacerme sentir mal si escuchaba alguna canción popera, al fin niños bobos de prepa, me pintaban como la más traicionera por escuchar cualquier cosa que se saliera de los estándares que ellos consideraban buenos.

Fue entonces que me di a la tarea de ir a cuanto concierto, showcase o festival se me atravesaba, sola o acompañada, me volví experta en llegar hasta adelante, en meterme al slam sin salir toda moreteada, en bailar y brincar sin caerme y sin pegarle a los demás y fui aprendiendo y dejando cosas en el camino.

Entré a la universidad y ¡PUM! se abrió todo un camino de cosas nuevas y distintas, cosas viejísimas que no conocía pero que son increíbles, cosas recién salidas que me inundaban los oídos, aprendí tantísimo que no me alcanzaban los días para repetir y repetir las canciones o para escuchar las nuevas que me enseñaban. Seguí juzgando todo, aunque para mi fortuna el 80% de las personas que conocía les gustaba lo mismo que a mí y entonces platicar era más divertido y compartir lo era aún más.

Llegó un momento en el que varios de mis amigos me pedían playlists y yo era la más emocionada haciéndolas, me sentaba lo más aislada posible con los audífonos y hacía una selección exquisita de mis canciones favoritas y a esas le sumaba los descubrimientos más recientes.

Un día hablando con mi mejor amiga le dije que me encantaría vivir de la música, escribir reseñas de discos o de conciertos, creo que ese microsueño me duró muy poco porque sentí que seguro mis posts iban a ser malos o aburridos.

Un día de mi último año en la universidad, mientras trabajamos en manada, me puse los audífonos para no estar en el chisme y concentrarme mejor y el maestro me dijo: si vas a escuchar sola, mejor escuchamos todos; puse el playlist que traía y después de un par de canciones volteó para decirme: qué haces aquí mejor vete a poner música a París o algo.

Salí de la universidad y ya no hubo tanto flujo musical, los descubrimientos era cada vez menores, pero siempre (hasta la fecha) hay algo nuevo que me hace enloquecer y escucharlo no menos de 30 veces, sí, en serio. Me seguí manteniendo criticona y seguí juzgando los gustos de todos y hasta lo míos.

Bueno, aquí viene una confesión que tiene que ver con el titulo de este post, a mediados del año pasado, me volví loca un día y me empezó a gustar una canción de Taylor Swift, así nomás sin previo aviso, se me metió en la cabeza y le di 30 vueltas, obvio estando sola porque me parecía lo más abominable que me gustara Taylor. Después sacó Shake it off y me volví más loca y más fan y la escuchaba y le subía y bailaba y cantaba. Antes de eso me gustaron un par de canciones de Rihanna. Luego se puso peor, un día que me gustó una canción de Romeo Santos y la escuché y la escuché y mi hermana me cachó y se puso a escucharla conmigo y luego a cantarla conmigo.

Mi hermana fue la primera en acompañarme en mis gustos culpables, entonces cuando me daban ganas de escuchar a Romeo Santos o a 3 Ball Mty o algo de reguetón, íbamos poniendo el playlist entre las dos, ella ponía una canción y luego seguía yo y así hasta que nos cansáramos de bailar o de reírnos de que nos gustara tal o cual canción, a ese momento de placer culpable lo denominamos #ChakaTime.

Pero me seguía dando toda la pena del mundo que alguien me cachara escuchando eso o que me cacharan escuchando cualquier canción popera babosa como todas las canciones poperas del mundo.

Luego recordé que cuando estaba morra me gustaba JLo, esa de If you had my love me ponía de buenas y hasta me la sabía (bueno me la sé) y la cantaba cuando la escuchaba (bueno aún la canto) o I’m glad hacía que me dieran ganas de bailar. También reprimí mi gusto por Beyoncé y por todo lo que me daba ese placer culpable.

Y pues nada, hoy ya me vale lo que sea, si es pop, si es metal, si es cumbia, si es salsa, si es merengue o si es reguetón (sí, me gusta una canción de un tal Balvin, creo) lo que sea. Ya no me da pena decir que me gusta Taylor Swift o Romeo Santos o Ariana Grande o Sia, etc.

se va *shakeándolo*

A.

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