…me olvidé de la moral

Me costó desnudarme, tengo que reconocerlo. Allí estaba, parado al borde de la entrada. La gente pasaba a mi rededor con la misma ropa con la que llegaron al mundo. Abundaba el bello púbico, contrario a lo que podía creer; la mirada de todos era despreocupada, relajada; la mía era indagatoria, buscaba alguna queja en los rostros, buscaba alguna expresión de vergüenza, buscaba alguien que coincidiera con la forma tradicional de pensar, que coincidiera conmigo. No lo encontré. Lo tradicional aquí no funcionaba.
Empezó la lucha interna de la “moral”, la lucha interna con lo socialmente aceptable, empecé a pensar sobre “qué dirá él o ella o fulano de tal sobre esto”, me atacaba la duda ¿dónde está lo bueno o lo malo de esto? Aquí todos estaban sudados, desnudos, los pechos rojizos de algunas chicas describían que el sol estaba actuando a toda sus anchas y libremente en esta playa nudista, llegué a ver piercing muy creativos que debieron doler mucho o quizás no, pero desde luego eran bastante atrevidos. Luego noté que estaba buscando formas y no sentido, que estaba buscando opiniones y no razones, que buscaba una excusa para desistir.
Recordaba aquella noticia donde la prensa escrita (con imagen incluida) narraba el acontecimiento de unas nudistas que protestaron en el parlamento español a grito de “¡El aborto es sagrado!”. Obviamente, fueron retiradas y probablemente llevadas a comparecer ante la justicia (aunque esto último es una estimación personal la cual espero no haya ocurrido).
Luego tenemos dos temas, aborto y desnudez y en la otra esquina “la moral tradicional”, así es, tradicional porque el término moral a pesar de mantener la misma definición con el paso de los años, esta es más estricta en un espacio tiempo que en otro. Es decir, la moral viene definida por la época histórica y el contexto social vivido, también intervienen factores religiosos, los cuales prefiero no cuestionar porque mi convicción entra en conflicto con ellos, pero me gusta escucharlos y sobre todo, disfruto respetarlos.
Y puedo mencionar los tatuajes, exquisita razón que convierte en perfecto delincuente cualquier alma risueña, cualquier cuerpo noble, cualquier mente capaz, cualquier corazón pacífico. Para ser sincero, la moral es subjetiva.
5 años atrás, seguía recordando…
“No joven, la moral no es subjetiva”, interrumpió quien en ese entonces se desempeñaba como profesor de ética en el instituto tecnológico. Detuvo la exposición y me pidió corregir lo que había argumentado. En ese momento lo hice, pero me ha costado entenderlo. Para ser sincero, aún lo sostengo, la moral es subjetiva.
He creído firmemente en ignorar por un segundo quién es usted, o de qué familia proviene, no me importa saber su fortuna ni mucho menos conocer los logros que alimentan su egocentrismo. Me importa saber qué actos nobles y bien intencionados puede usted lograr realizar por esta humanidad, qué puedes aportar para mejorar esto, me importan tus ideas, tu visión, tu forma de tratar a los demás, me importa tu comportamiento, me importan las ganas que te impulsan a hacer las cosas bien… Para ser sincero, aún lo sostengo, la moral es subjetiva.
De regreso, les puedo confesar que me desnudé en esa playa, en contra de la moral que tanto me costó construir, en contra de la moral que tanto me costó destruir. Ahora sí, me olvidé de la moral…