Mediodía

Atrévete a acompañarme.
Le invité a pasar la noche en casa como una rápida excusa que me evitara la pena de pedirle más bien que pasara conmigo el mediodía. Que llegará cuando el Sol estuviese en su punto medio y a pesar de ello el frío estuviese instalado junto conmigo en el sofá, frente al ventanal y las cortinas de siempre, así como lo dejó en alguna ocasión.
Ambos sabíamos que no debía ser. Pero al final, uno no puede resistirse a los vicios del pasado, a las viejas aficiones, al ansia de volver a repetirlo. Y sin dudar, me revolví en su espalda, besando lentamente cada marca, cada lunar, cada trazo de piel hasta el amanecer.
Desperté casi al mediodía, viendo su esbelta silueta dando pequeños brincos sobre el suelo frío, con apenas unas bragas crema ajustadas y con un moñito del mismo color de adorno.
—Quédate más tiempo —le dije según mi plan.
Pero ambos sabíamos que no debía ser. Porque ella, siendo un recuerdo, se quedaría sólo el tiempo que quisiera.
Y yo estaría solo de nuevo.