Mejor te digo que no

En esta ocasión no te encontré al abrir mis ojos. Sí, resulta extremadamente curioso si consideras que mi vida tiende a girar alrededor de ti. O al menos mi estado de ánimo; lo cual no necesariamente significa que siempre me encuentre feliz, como ambos sabemos que es la regla excepcional. Pero si de ti dependen mis enojos y mis sonrisas, mis ideas y mis emociones, cuéntame ¿cómo se supone que debo reaccionar si miro por mi ventana y solo se observa la silueta de tu ausencia?

Quizá tengas razón, no funcionamos estando juntos. Pero entonces, ¿cómo es posible extrañar tan enfermizamente a alguien a quien no soportas cuando la tienes enfrente? Irónico, como la vida misma. Pero siendo crudamente honestos, yo sí te soporto. Es más, disfruto tus enojos, ligeramente un poco más que tus risas, mórbidamente hablando. Es que cuando te enojas poco después te pones triste, y cuando estás triste es cuando más me abrazas, y si lo analizas, ambos salimos ganando en esa situación.

Quizá esté mal soñar con pasiones desenfrenadas, con noches bajo la lluvia y canciones a la sombra de un árbol. Quizá sí, pero ¿cómo se le hace cuando uno no está acostumbrado a nada más? Nunca me han gustado los amores a medias, aunque desgraciadamente no tengo mucho con qué comparar. Me gustaría amar más seguido, menos fuerte, más efímero. Pero ni tú ni yo lo merecemos, aunque en el sentido de que, si todos obtienen el amor que merecen, no estoy seguro de lo que me toca.

Ya, dejémonos de frases rebuscadas y de excusas insensatas. Hablemos claro, aunque claro, no confíes mucho en lo que te digo. Ya sabes que me gusta maquillar las palabras. Te quiero, te quiero tanto que por eso te lo digo. Sé feliz, tan feliz como siempre he querido que lo seas. Conmigo o sin mí. Me gustaría que pudieras ver a través de mis ojos, para que comprendieras por qué me siento tan raro al no mirar los tuyos de regreso. Pero mejor te digo que no, que no te extraño. Igual y así me dices que tú sí, solo para llevarme la contraria. Como te gusta.

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