Memorial 9/11: La transformación de una tragedia en anécdota
Un día escenario de tragedia. Al siguiente, atracción turística. El show debe continuar versión carne y hueso. Imágenes de las más de 3 mil personas muertas en los atentados del 9/11 reunidas en un mismo cuarto. Entre el silencio y el homenaje póstumo. Videos de NBC y CNN interrumpiendo transmisiones para anunciar el impacto de una aeronave en las Torres Gemelas. Dieciocho minutos después, ya en vivo pero aún sin explicaciones, vendrá la segunda. Y el desplome de ambas.
Desde entonces se pensó en la anécdota. Las escaleras que sobrevivieron. La ventana del avión que se convirtió en arma letal. Los mensajes grabados de personas en la Torre Sur que pese a todo se sentían a salvo porque el primer impacto había sido en la Torre Norte. No sabían que morirían. Que instantes más tarde llegaría un segundo avión a derribar su instintivo alivio de supervivencia. Nueva York en medio de humo. En estado de guerra. Bañado de sangre. La Gran Manzana de ese día retratada para siempre en el Memorial del 9/11.
La zona cero sacude. El hombre está habituado a ir a museos de lo que no vivió. De las guerras mundiales que relatan los abuelos. De las ejecuciones que muy en el fondo quisiera presenciar al menos una vez para saciar su morbo. Pero no a revivir aquello de lo que ya supo suficiente. Quince años son poco. Y a la vez mucho. Porque las fotos empiezan a verse viejas. Porque bastan para que la tragedia se convirtiera en anécdota. Y porque fuentes, torres y estaciones panorámicas de metro oficializan la reconstrucción. El hombre y su capacidad de resurgir.
En algún punto, entre las melodías póstumas y la petición implícita de silencio, comparé la mezcla de emociones que me provocaba la visita con la vida de los seres humanos. Era la primera vez que veía un museo entero para una experiencia que me hubiera podido alcanzar in situ. Pude haber estado ahí. Ser una de las víctimas. Y entonces pensé que si bien escasean los recintos colectivos de recuerdo para aquello que nos tocó vivir, a nivel interno con frecuencia somos turistas de nosotros mismos. Exploradores de museos de nuestras propias anécdotas, pero también víctimas de incendios y desastres que no por fuerza han podido transformarse en memoria. Como un mapa de Sim City, o como Nueva York misma, con barrios seguros y residenciales, pero también con espacios para el incendio, la inseguridad, el crimen y la muerte. Un mundo que llevamos dentro. En la cabeza. Y a veces atrapado en el estómago.
El memorial del 9/11 sacude. Pero también inspira. Nueva York supo levantarse. Hace ya documentales de su resurrección. Y sí, sería mejor no caerse nunca. Porque además tenemos el tiempo contado. Pero lo haremos. Habrá destrucción y ataques terroristas, perpetrados incluso, como apuntan teorías de la conspiración en el caso de las Torres Gemelas, por nosotros mismos. Pero también levantaremos museos. Exhibiremos los restos de lo que un día sufrimos. Mostraremos imágenes de los que se han ido. El show debe continuar. Más de tres mil fotos reunidas en un museo levantado en su honor y como la muestra pública de una ciudad que ha sanado sus heridas lo atestiguan.