Mentir es de valientes

‘Mentiroso compulsivo’ (1997) | Tom Shadyac

Trabajando en publicidad uno aprende a abrazar la mentira. Al fin y al cabo casi todos mentimos para manipular las impresiones que otros tienen de nosotros. Pero no todo lo que se dice sobre la mentira es verdad, ni todo sobre la verdad es tan verdad como decimos.


Mentir no es de cobardes. Las consecuencias de una mentira, cuando se descubre que lo es, suelen ser peores que las que trae una verdad, por muy mala que sea. Entonces, ¿por qué lo hacemos? ¿Asumimos esas consecuencias o somos ajenos a ellas?

Seamos sinceros, si la mayor parte de lo que decimos no fuera verdad, la mentira carecería de valor. Aún con esto, siempre nos preguntamos en alguna reunión, primera cita o charla con amigos, en qué medida debemos creer al que tenemos delante. La mentira nos ha hecho seres cautos, desconfiados, preparados, atentos. Pero también nos ha hecho mentirosos o, al menos, sospechosos de serlo.

Los que somos buenísimas personas entendemos que la mentira está bien —o no está del todo mal— si ésta ayuda a otra persona, la tranquiliza o evita algún daño o problema social. Lo hacemos con culpa, porque no puede hacerse de otra manera, pero lo hacemos conscientes y orgullosos de que debemos hacerlo.

No se libra nadie. Ni el niño que te promete portarse bien para salir a jugar ni el borracho que, a las tres copas, te considera su mejor amigo. Tampoco el que responde con otra verdad muy diferente a la que se le ha preguntado o el que se engaña a sí mismo.

Solo hay una forma de mentir y no hacerlo al mismo tiempo: Creyendo que es verdad lo que se dice. En un debate sobre la existencia de Dios ambas partes dirán la verdad pero, inevitablemente, una de las dos estará mintiendo. Esto me lleva a pensar que hay más verdad en el ingenuo, en el que dice siempre la verdad porque no sabe inventarse una mentira o el que dice la mentira creyéndola como verdad.

La valentía siempre ha implicado un grado de inconsciencia y por ello creo que la constante sinceridad nos convertiría en seres más cobardes. Despreocupados por lo que puedan sentir aquellos que nos rodean y por los que, se supone, sentimos algún tipo de aprecio. Nos haría más egoístas. Más confiados. Más vulnerables.

Schopenhauer decía «no me hagas preguntas y no te mentiré» y creo que aquí está la clave. Aunque lo modificaría (no creo que a estas alturas se moleste) por un «si me preguntas, te lo diré». Es más flojo, sí, pero tiene su razón de ser. Hace tiempo que tomé la decisión de no mentir más en relaciones cercanas como la familia, pareja o amigos. Y no, definitivamente no hay que hacerlo, pero eso no implica que haya que ser siempre sinceros. A menos que nos lo pidan.


Porque una verdad que no viene a cuento es peor que una mentira. Y podremos aprender con los años a decir siempre la verdad, pero no siempre estaremos preparados para oírla.