Mi mujer

Conocí a mi mujer hace unos días.
La vi en ese misterioso café-restaurant.
Pedí un capuchino solo para beber algo que ella preparara.
La observaba mientras lo preparaba y disimulaba la mirada con espejos.
Ella es mi mujer de cabello corto, piel blanca, delgada, ojos grandes, converse grises.

El mesero me trajo el café pero no tenía canela; se la pedí a ella. En tanto contemplaba su belleza y callaba mientras ella esparcía canela en polvo. Le di las gracias y ella me regalo una breve sonrisa.
Bebí mi café (muy lentamente) y pedí uno más. Sin embargo ella no vino a poner la canela como antes y la miré de lejos.
A ella no la opaca la maquinaria, ni aquellos rostros lacónicos de los meseros mayores.
Ella sonríe y su sonrisa contagia y devuelve la vida a los meseros, al lugar.
“Café Madrid” se llama.

Me fui pensando en inventar algún motivo para tomarle una foto.
Me sentí tan emocionada de haber encontrado a mi mujer que quería mostrarla al mundo.
Quizá le tomé esa foto o quizá no vuelva a ver a mi pequeña más no débil mujer.

Les diré lo que haré (lo he planeado cuando el entusiasmo bajo un poco).
Yo la dejaré libre; no intentaré conquistarla.
¿Saben? Ya imaginé nuestra relación, nuestros besos y caricias. Eso me da un placer de café caliente, de capuchino con canela.
Yo la amo y sé que existe; yo la encontré y eso me basta.
No quiero que nuestra relación termine; no quiero pensar en forzar la realidad como antes.

De repente me pregunto que hace o si aún trabaja ahí.
De repente siento que olvido su rostro… aunque intento retenerlo en mi memoria inútilmente.
Yo tengo mala memoria, por eso escribo.

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