Mi padre era alcohólico

Un alcohólico muy pobre. Aun tengo fotos de él abrazando a sus amigos, iguales de borrachos y pobres que él, abrazando caguamas, vistiendo prendas sueltas, sucias y rotas, llevando una sonrisa amplia como una victoria contra el mundo. Pobres pero felices.

Mi padre era el tipo de borracho que dormía en la calle una vez el alcohol lo vencía en un profundo sopor.

También su madre era alcohólica, aun recuerdo esas fotos de ella (ella, con mas de 60 años) sosteniendo caguamas, y sus sobrinos (niños de máximo 5 años) levantando a su vez botellas vacías.

Ese era la clase de hombre que era mi padre de adolescente. Por eso su mujer lo abandonó, llevándose a mis cinco medios hermanos a algún lugar desconocido, donde nunca mas volvió a saber de ellos. Incluso se cambiaron el apellido.

Probablemente ese hecho fue lo que hizo que tocara fondo, aunque se dice que en realidad fue mi madre quien lo reformo. Entonces se casó con ella, nos tuvo a nosotros, consiguió dos empleos (uno de ellos en el gobierno donde era electricista y tenía un par de secretarias a su cargo) y dejó de tomar como antes.

Ahora solo tomaba de vez en cuando con sus compañeros de la oficina al boliche y tenía ocasionales pedas monumentales que siempre terminaban en discusiones con mi madre y por lo cual ambos llegaron a considerar varias veces divorciarse.

Porque no solamente era alcohólico.

Era infiel.

A pesar de ser un hombre feo, muy moreno y narizón, era tremendamente coqueto. Aun recuerdo la facilidad con la que sacaba platica a cualquier mujer y la hacia sonreír.

Aún guardo entre mis colecciones de recuerdos cartas y postales de mujeres dirigidas a mi padre.

Alguna vez le mostré alguna a mi madre.

En algún momento el divorcio se volvió inminente y hablaron con nosotros. Yo, sin dudar sabía que me quedaría con mi madre (mi padre solo era un hombre que llegando del trabajo se encerraba y no sabía nada de él) así que ni siquiera sentía un poco de aflicción por ese hecho.

Sin embargo a los pocos días de anunciarlo, le diagnosticaron a mi madre cáncer terminal y entonces mi padre se quedó con ella hasta el final.

Finalmente le fue fiel por primera vez en más de 20 años.

A cierta edad, cuando eres un orgulloso adolescente que triunfante admite que no se parece a sus padres, debo decir que yo no soy como él: no soy machista ni discrimino, ni creo que las personas blancas son más atractivas, pero vaya que soy alcohólica, pero vaya que adoro esa sensación de desconexión y libertad que solo el alcohol me permite.

Como él he estado en el piso dormida, he sentido como el mundo gira rápidamente y he vomitado decenas de veces.

Suena ilógico.

Mi padre murió de cirrosis, yo lo vi desangrarse y entrar a un choque hepático, vi su piel amarilla, su angustia. Nuestra angustia.

Y a pesar de eso, no podría rechazar una copa.

—No soy la única —me digo—. Es genética, se hereda.

Hace poco compartí unos tragos con un amigo que resultó que también tuvo un padre alcohólico.

Ambos presumimos entonces de nuestra resistencia y gusto por el alcohol, incluso nos retamos y bebimos y no paramos solo hasta que acostarnos resultó un reto aún más interesante.

Porque es genética —me repito—. Se hereda.

Aún faltan varios meses para el aniversario de muerte de mi padre, han pasado casi siete años y ya no me afecta. Apenas y lo recuerdo. No afecta a mi vida, salvo que ademas de el alcoholismo encuentro irresistibles hombres, que como él, no les agrada la fidelidad.

Porque si a algo soy fiel es a mis daddy issues.