#MiPrimerAcoso

Yo tenía 6 años. De las primeras y pocas veces que mis papás me dejaban ir sola a la tiendita del fraccionamiento. Mi mamá salía al pasillo para ver como caminaba hasta la tienda, vigilando que entrara al lugar correcto y esperando que saliera. Entré a la tienda de Don Darío, el señor que atendía y le pedí unos dulces; mientras esperaba mi pedido, entró un hombre, no sé por qué pero recuerdo perfectamente su imagen, alto, muy delgado, su ropa sucia y un olor particular —pudo ser alcohol o cigarro—, mientras me paraba de puntitas para poner el dinero en el mostrador, sentí una mano que apretaba mi trasero. Recuerdo que dejé caer las monedas y salí corriendo. Sabía que lo que aquel hombre hizo estaba mal. Pero no dije nada. Huí; esa imagen me ha acompañado muchos años. Me quedé en shock.

Cuando tenía 7 años, empecé a notar cuando a mi mamá le chiflaban en la calle. Le gritaban cosas desde carros o cuando estábamos en la parada esperando un taxi o un camión. Yo, les gritaba de vuelta que dejaran de decirle cosas a mi mamá. Mi mamá solo me decía: “ya Ale, son hombres sin educación” o “no ganas nada gritándoles, ignóralos”. Y yo simplemente no podía. Cuando tenía 9 o 10 aprendí a responderles con señas. Los mandaba al diablo o les decía que se fueran a molestar a sus mamás. Sí, así les decía: “vete a molestar a tu mamá no a la mía”. Pero el coraje nunca se fue, crecía y crecía. ¿Por qué los hombres le gritan a las mujeres? ¿Por qué les dicen cosas? Incluso una ocasión, un sujeto se orilló y bajó el cristal de su carro, le dijo a mi mamá que nos llevaba. Ella respondió: No, gracias. El hombre insistía y cada vez su tono era más fuerte: Anda, súbete. Creo que mi mamá se asustó pero intentó disimular, me jaló de la mano y empezamos a caminar en sentido contrario y me dijo: nunca te subas con nadie, no importa lo que te digan. Sal corriendo.

A los 11 años venía con mis papás caminando en una avenida, de repente escuché que alguien gritó algo cuando pasé, pero no entendí qué. Acto seguido, veo a mi papá soltando un puñetazo en la cara de un tipo sentado en una banca o arriate y dejándolo en el suelo. Mi mamá me abrazó y yo solo empecé a llorar. Nunca había visto a mi papá actuar de esa forma. Lo que sí quedó grabado en mi memoria fue la frase: “No cabrón. Eso no se le dice a una niña. Es mi hija, hijo de tu…” Yo estaba confundida. Lloré todo el camino a casa.

A los 13 años cuando jugaba basketball con mis amigos —éramos 3 niñas y como 6 niños— en la cancha del fraccionamiento que daba hacia la carretera, vimos pasar un carro que iba a baja velocidad y pegado al acotamiento. Nos chiflaron, unos tipos se bajaron, venían en estado de ebriedad y empezaron a gritarnos: vengan, están bien buenas. Nos asustamos. Salimos corriendo. Los tipos nos aventaron unos envases y latas de cerveza. Y para rematar, nos gritaron: ¡pinches putas!


Es triste darme cuenta que historias así se repiten en voces de miles de mujeres que en este momento están contando cómo fue #MiPrimerAcoso, es triste que estas historias empiecen a edades tan tempranas; que a niñas de 5 años las toquen, que a niñas de 7 años un tipo les enseñe su pene, que a niñas de 10 años un vecino las haya arrinconado para besarlas o violarlas, que a niñas de 11 años las maten por celos, que a niñas de 12 años les griten porquerías en la calle. Es triste, es doloroso, es difícil.

El acoso no ha parado. En mis 30 años puedo contar una cantidad de historias absurdas sobre acoso. En el metro, en la calle, en la escuela, en alguna oficina, en el supermercado, en el estacionamiento… y lo peor, estas historias las viven todos los días millones de mujeres, y muchas de ellas, en sus propios hogares.

Y no, ya no queremos callarnos. Y no, ya no queremos aguantarnos. Y no, ya no aceptamos qué nos digan que es nuestra culpa. Que es nuestra ropa. Que es nuestra actitud. Que es por ser mujeres.

Salir a las calles este #24A y tener nuestra #PrimaveraVioleta es el primer paso.

Imagen: serpientedeagua.tumblr.com

#VivasNosQueremos #NiUnaMenos