Monteverde en 30 horas

Relato oportuno para un paseo de montaña veraniego

A las 11: 00 AM llega el bus que sale a las 6:30 AM de San José a Monteverde, microparaíso nuboso enclavado en la Cordillera de Tilarán, Provincia de Puntarenas, Costa Rica. Casi cinco horas de viaje para un total de 30 horas de desconexión de la Capital y reencuentro con lo que de verdad importa, lo esencial.

Rápido reservamos nuestras respectivas dosis de adrenalina. Esta vez no hay bungee para mí, un salto en Naranjo hace unos 8 años cumplió la cuota. Me ahorro esos $70 US. En cambio, son ₡ 15,900 del canopy en 100% Aventura. Incluye dos Superman, rapel y un Mega Tarzan Swing. ¿Cuerda de tarzan? Dele, ya lo he hecho antes (más sobre este afirmación intrépida adelante).

En Pensión Santa Elena el trato es buenísimo. La cocina, las habitaciones y el servicio son dignas del certificado de excelencia que sostienen en TripAdvisor, así como la relación calidad-precio, y Oscar y Diego, que nos dan todos los tips del mundo para optimizar el poco tiempo con el que contamos. Las áreas comunes están bien, aunque (como Ana observó) tienen oportunidades de mejora, que el hostel compensa teniendo a la venta cerveza artesanal de Costa Rica’s Craft Brewing Co. a un precio decente :)

Foto por: María Renata Mendoza, 2016.

A las 12:30 llegan por mí los del canopy. Renata y Ana saldrán más tarde con la compañía Extremo para hacer bungee —el más alto de Centroamérica— con el pequeño inconveniente de que Rena no alcanza los 50 kilos que hay que pesar para poder saltar… #FYI

Los cables de canopy de 100% Aventura llenan mis expectativas. La sensación del superman es otro nivel, potenciado por una vista espectacular, cortesía de este pedacito de tierra americana… ¿para qué un drone?

Foto por: 100% Aventura, 2016

Del episodio del Mega Tarzan Swing no tengo fotos, sólo el recuerdo de una combinación de miedo, vértigo, silencio y risa. Los guías aseguran mis arnés y la cuerda que tengo que tomar estirando mis brazos hacia adelante. Me coloco en la tarima y veo hacia abajo. Error. Uf, la altura. Acerco mis pies a la orilla, con mi cuerpo ya presionando el portoncito que abren para que usted salte. Sí, saltar, así como en un bungee. Porque es hasta después de unos segundos del descenso que la cuerda empieza a oscilar.

Detenida, pasan 3 minutos de una intensa conversación interna cuyo propósito es convencerme. Gana la Carolina del no.

—¿Lista muchacha? 
—No. No puedo. Perdón, perdón (porque uno como tico —tica— se disculpa por todo).

Me doy media vuelta, dispuesta a cruzar el puente que me aleja de esa tarima cabrona y me lleva a tierra firme. Me detengo… “¿Cómo no voy a saltar?” Yo conozco esta sensación. Esto es sólo miedo, y aquí, como en el resto de la vida, la única manera de que se largue es pasándole por encima. En este caso, es dando el salto (#taketheleap).

—Ok, muchacho. Sí voy hacerlo.

Mi parte favorita de la caída libre es el silencio absoluto que percibo entre dejar la tarima y esperar que la cuerda se vuelva a tensar para dibujar un péndulo. Son unos segundos donde no existe nada, más que el preámbulo a la adrenalina que está por llegar. Al finalizar estallo en esa risa nerviosa de “¡lo hice!” y “mae, ¿qué diablos acabo de hacer?”.

Nos encontramos de vuelta en el hostal. Son las 5:00 de la tarde y el friíto del bosque nuboso empieza a sentirse. Es el momento perfecto para un helado Monteverde, seguido de una sublime taza de café que le aviva por amor a la Patria a cualquiera... Bendito sea este país.

Cena en Tramonti. Hay que tomar un taxi, pero es cerca y la pizza vale la vuelta. Entrada la noche la recomendación es Bar Amigos. Cualquier búsqueda en Google con las palabras “Monteverde” y “vida nocturna” lo va a dirigir a ese bar. Vamos. Dos horas después sólo queremos acabar con el DJ y su mezcla irracional de música. Mi recomendación más bien sería quedarse en el hostel con combo de vino y tertulia.

Para nosotras amanece el domingo a las 6:00 AM. El desayuno está incluido en Taco Taco, el lugarcito al lado del hostel. Es sustancioso, pero no esperen gallo pinto. Como nuestro bus sale a las 2:30 PM dejamos hecho el check-out (que es a las 10:00 AM) y nos guardan la mochila.

Nos cuentan del ficus. Tomamos la ruta señalada y llegamos a la entrada del bosquecito. Hay un trillo, por lo que no es fácil perderse. De repente, uno de los árboles más lindos que he visto, creciendo dentro de otro con la forma perfecta para escalarlo.

Pudimos haber durado menos en el ficus para que nos diera tiempo de conocer la Reserva Biológica, pero no sucedió así. Ese rato en el bosque fue el espacio perfecto para recordarnos varias cosas. La primera es que somos diminutos. La otra es que basta alejarse un poco de todo el ruido para encontrar las respuestas a todas nuestras preguntas, respuestas que yacen dentro de nosotros esperando la quietud para manifestarse.

La última es la divinidad del todo. “Estoy tratando de exagerar lo esencial” escribió Van Gogh a su hermano Théo, en 1888. Hablaba de los trazos en sus pinturas pero creo que guardaba un buen tip de vida.

Llegamos con tiempo a tomar el bus de regreso a Chepe, acumulando 25 horas de Monteverde. En 5 más estaremos de vuelta en San José, con una razón más para estar agradecidas.


El viaje me salió en 60 000 colones, pero esta cifra puede fácilmente reducirse unos 15 000 colones si se hace uso de la cocina del hostel. Pueden ver en el gráfico abajo que gasté más en comida que en otra cosa, porque para nosotras fue más una versión de Eat.Pray.Love sin el Pray ni el Love.

Fuente propia.

Y por último, un detalle de lo que visitamos, el costo y el tiempo :)