No poder decir

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“Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido” — Oscar Wilde

Decir, hablar, expresar es una de las herramientas más importantes para nuestra evolución y entendimiento con nuestro entorno. No poder hacerlo nos impide desarrollar nuestros vínculos con el mundo y sobre todo con nuestro interior.

Expresarnos de manera negativa, evasiva o no hacerlo, afecta a la persona más importante, uno mismo. Dejar encerradas las palabras, lo por decir, guarda emociones y sentimientos, los archiva, dañando toda posibilidad de usar como puente a ser uno mismo.

Todo aquello que guardamos (teniendo el deseo de liberarlos) ya sea por miedo al rechazo o porque simplemente preferimos negar la realidad, eliminamos nuestro vínculo con el exterior y condicionamos nuestra comunicación interna. Reprimimos lo que somos y descarrila nuestra vida, enfocándonos en las consecuencias del silencio.

Lo que no se dice, no existe y pasamos a no ser conscientes de nuestras emociones.

“Habla para que yo te conozca” — Sócrates
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Te invito a reflexionar con un breve cuento:

No poder decir

Analía no podía más. Llegó al estudio del filósofo que hacía las veces de maestro y terapeuta, y se derrumbó. Entre lágrimas, le contó su situación. La empresa en la que era directora había atravesado un proceso de fusión un año atrás, y luego que le rogaran que se quedara en la compañía y ella aceptase, le estaban haciendo la vida imposible.

Ella, que había sido el alma mater de la empresa, haciéndola crecer vertiginosamente durante diez años, ahora se encontraba en una situación insostenible. No quería irse porque había puesto tanto de sí, que hacerlo implicaba una pérdida enorme. Pero tampoco podía permanecer, porque ya nada era lo que había sido. Su día a día era un infierno y no aguantaba más.

Después de escucharla un buen rato, el maestro hizo una observación sumamente aguda.

“-El problema es que vos no pudiste hablar y al no haberlo hecho, no te queda más remedio que irte. Al no poder ajustar ni reformular tus vínculos, tampoco podés evolucionar. Te vas quedando encerrada en el sistema que vos misma vas construyendo. Las relaciones quedan cristalizadas hasta que explotan.”

Analía se sentía identificada con lo que estaba escuchando, más por intuición que por lo que comprendía. “-¿Y por qué pensás que me quedo cristalizada?”, preguntó.

“-Porque tenés la percepción de que un pequeño ajuste es una gran ruptura. Como la teoría de los cambios catastróficos, que sostiene que un cambio menor puede desencadenar una catástrofe.

La gota que rebalsa el vaso. Pero el problema no es esa gota, sino el millón de gotas que cayeron previamente y ante las cuales no se hizo nada. Si uno no puede quejarse, tarde o temprano terminará explotando.”

Analía estaba conmovida con aquellas palabras. No podía ser una definición más precisa de su carácter y de su historia de vida.

“-Siempre me llamó la atención esos casos de personas que le decían a su pareja que se iban a comprar cigarrillos o una golosina, y no volvían nunca más”, dijo el maestro. “-Me preguntaba cómo era posible una situación tan extrema. Con los años aprendí que esa decisión era la síntesis de la incapacidad de decir las cosas. Después de largos períodos sin poder expresar lo que sentían en su interior, estas personas tenían dos alternativas que en realidad conducían al mismo lugar catastrófico. Hablar, contando todo lo que habían callado durante años, o una vez más, callar, pero saliéndose del sistema que ya no soportaban más.

Al no poder hablar, la única salida era irse. Un cambio monumental e innecesario, si hubieran podido expresarse. “

“-¿Pero por qué tanta dificultad en plantear las cosas?”, insistió entre lágrimas Analía. “-A veces es culpa del medio, que no brinda margen alguno. Como la historia del diario de Yrigoyen. Siempre se condenó a su entorno por hacerle un diario falso que sólo incluyera las buenas noticias que él quería leer. Pero estoy convencido que en ese núcleo el problema no era el séquito de personas, sino que él mismo no daba margen alguno para aceptar la realidad, forzando a los demás a mentirle”, conjeturó el filósofo.

“-Sin embargo –continuó-, en mi experiencia el problema central suele ser que los individuos que no pueden plantear nada, ni la más mínima diferencia ya que sienten que hacerlo es una gran ruptura. Entonces, si no hay posibilidad de ir corrigiendo frente a los cambios permanentes de la realidad, esas personas van juntando presión hasta que estallan. No se dan la oportunidad –ni se la dan a los demás-, de que el vínculo crezca, evolucione. Es todo una falsa armonía que tarde o temprano explota por los aires.”

“- Así las cosas, el único momento bueno es el inicio de un nuevo ciclo, cuando el cuentakilómetros está en cero. Luego, el camino se va tornando cada vez más doloroso porque uno se va tragando cosas. Si uno no expresa lo que no le gusta, no hay ninguna chance de reformular, mejorar, ajustar, crecer. Y así continúa hasta que en un momento estalla.”

Analía lloraba a mares, emocionada por semejante descripción de lo que era su vida. Luego de un silencio prolongado, balbuceó: “- ¿y entonces?” Su maestro la miró con ternura, le tomó la mano, y le dijo:

“- Tenés que poder hablar. Principalmente por vos, pero también por los demás. Sino, no hay vínculos sanos posibles. Tu vida no puede ser un esfuerzo tan grande. Hay que aprender a vivir sin costos emocionales tan altos.”

“- ¿Y por qué tengo tanto miedo de expresarme?, repreguntó casi con desesperación. “- Porque tenés pánico de ser rechazada. Pero el problema es que al final, lo que vas generando es algo mucho más letal e irrecuperable que cualquier cosa que hubieras expresado. Si por temor a que se rompa algo, no hablás cuando debieras, vas construyendo una bomba que finalmente termina rompiéndose de una forma mucho peor…”

Con un tono que evidenciaba que sus palabras estaban llegando al fin, el maestro agregó: “- hay veces en las que desgraciadamente es más fácil cambiar que quejarse. Y digo desgraciadamente porque las personas se pierden la oportunidad de crecer. Se ve mucho en los matrimonios, que empiezan de forma rutilante y después se van desgastando sin ser capaces de reformularse. Entonces, cualquiera que se les cruce en el camino ofrece la seductora trampa de los comienzos, en donde todo es lindo y perfecto. Pero después viene la realidad, y la persona que había dejado a su pareja para irse con otra, descubre que se encuentra con los mismos problemas, solo que ya tiene un divorcio a cuestas. Tal vez, si la realidad no le hubiera permitido cambiar con tanta facilidad, le habría obligado a enfrentar la situación y tratar de resolverla. Una amiga mía que se casó tres veces una vez me dijo: “-mi primer matrimonio no estaba tan mal”.

Madurar es entre otras cosas, aprender a expresarse, dado que no hay riesgo mayor que no ser uno mismo, mostrarse tal cual uno es. Eso siempre acaba mal.”

El maestro se paró, la abrazó, y la acompañó hasta la puerta.

Juan Tonelli