Noche de chicas

Picada de mariscos, farfalle tricolor con pesto casero, ensalada de frutos rojos, Moët & Chandon Imperial Brut, tequila artesanal, Buchanan dieciocho años y profiteroles rellenos con chocolate y crema.

Si María Antonieta estuviera viva, esto sería como una de sus reuniones con amigas. Champaña, dulces y conversaciones sobre amor y hombres. Adineradas y desdichadas como todas las mujeres que se han enamorado.

Una lloraba y la otra le seguía. Sutilmente peleaban por quién podía hablar más de infidelidades y traición. Hablaban con voz suave y por turnos. Una mostraba la amante del esposo desde su cuenta de Instagram; la que estaba a su lado hacía lo mismo. En ocasiones prevenían con consejos absurdos a la más gordita de las presentes para que adelgazara y así el esposo no se le escape.

No sabía, de tristezas, ni de lagrimas, 
ni nada, que me hiciera llorar…

Emilia, desde que dio pie a la conversación sobre las fechorías de su esposo se dedicó a escoger las canciones. La primera era de Juan Gabriel.

Yo sabía de cariño, de ternura, 
porque a mí­ desde pequeño, 
eso me enseño mamá, eso me enseñó mamá, 
eso y muchas cosas más…

—Yo tengo cuatro años de casada, y me hizo esto. Es la segunda vez que pasa. A esta perra horrible es a la que pasea en mi Mercedes, con la que duerme en mi cama. Con la que salía cuando yo estaba en reposo por la pérdida del bebé hace cuatro meses.

Yo jamás sufrí, yo jamás lloré, 
yo era muy feliz, yo viví­a muy bien…

—Esta es la niña de 28 años con la que anda el mío. Es una niña. No entiendo a los hombres después de los cuarenta. Es como una crisis que les da, y estas se prestan para eso. Uno les da todo. Hijos, casa, tiempo, dedicación. Todo. Les das todo y te dejan con nada.

Yo vivía tan distinto, algo hermoso, 
algo divino, lleno de felicidad.
Yo sabía de alegrías, la belleza de la vida, 
pero no de soledad, pero no de soledad…

—A mí es que me gusta un hombre casado, veinte años mayor que yo. Lo siento y me da vergüenza pero… él también está casado. Su primogénita es mayor que yo… pero él me gusta tanto. Me entiende mejor que nadie. Ya lo dejé pero me duele.

De eso y muchas cosas más
yo jamás sufrí, yo jamás lloré, 
yo era muy feliz, yo vivía muy bien…

—Yo… temblaba en las noches, me despertaba el sobresalto. En lo último se puso muy violento. Me quitó el celular y lo rompió una vez que quise llamar a la policía. Pasé muchas malas noches, demasiadas. El día que firmamos los papeles grité, dentro del carro, frente al semáforo que está antes de llegar a casa de mi mamá.

Hasta que te conocí, 
vi la vida con dolor.
No te miento fui feliz, 
aunque con muy poco amor…

Creo que cuando uno comete algo malo y está consciente de que se la cagó y se arrepiente de verdad y uno quiere rectificarse, es válido otra oportunidad. A los hombres hay que saber darles segundas oportunidades. A mí me dolió que Carla no le quiso dar una oportunidad a su esposo.

Y muy tarde comprendí, 
que no te debía amar
porque ahora pienso en ti, 
más que ayer, mucho más…

A Emilia la encerraron en su apartamento, Jennifer. También la amenazó con una pistola. Esto que le han hecho no tiene nombre. Mírala, es una ex miss Venezuela. Una piloto de avión, coño. ¿Qué tiene ese hombre en la cabeza? ¿Te parece que estos hombres merecen una segunda oportunidad? Si a Emilia le montan cachos, qué queda para nosotras.

Yo jamás sufrí­, yo jamás lloraba, 
yo era muy feliz
pero te encontré…

Esto le pasa a cualquiera.

—¿Y tú?

¿Era conmigo? Todas me miraban. Yo que podía decir. Estaba paralizada con tantas historias de terror. Apenas cumplí quince la semana pasada. No he tenido novio. Estaba aturdida, ¿esto también me sucedería? No hay escuela para todo esto. Solo escucharlas y rogar que no se repita para mí. Bueno, no creo que esto me suceda a mí. No tiene porque sucederme igual que a ellas.

A Emilia la amenazaron con un arma, la misma que tuvo la pérdida de un bebé a causa de esto. Carla, tiene dos niños y recién se hizo asilada, no puede volver a su país y apoyarse en su madre. Le toca estar aquí, en esta reunión dónde todas saben que es la infidelidad. Qué se siente que la persona que ames levante la mano en tu contra, como Florencia. Saben a qué sabe el desamor. Jennifer quiere que todas sean sílfides que consienten el maltrato. Yolanda sufre por ella misma, por el hombre que ama y porque no quiere herir a la esposa de éste como le hicieron a sus amigas.

Yo no quiero que me digas
si valía o no la pena
el haberte conocido…

—Pues… no sé, —dije nerviosamente mirando a cada una— no he tenido novio. Solo que —las miré con vergüenza— me gusta alguien pero solo eso. Él no lo sabe.

Porque no te creo más
y es que tú fuiste muy mala,
sí muy mala conmigo…

Se miraron entre ellas sonriendo como quién ve a un cachorro trastabillar y caer. Una hasta hizo un puchero.

Por eso no te quiero,
no te quiero ver jamás…

— ¡Ay niña! Apenas empiezas a vivir.