Nuestra distorsionada percepción de la realidad

No puedo parar de mirarte fijamente. Quiero decirte tantas cosas que quizás decida no abrir la boca porque tengo miedo a no poder parar.

De nuevo nos encontramos sentados cara a cara. Ya hacía tiempo que no nos veíamos, y esperaba con ganas este reencuentro. Pero ahora me invade la sensación de que en algún momento de nuestras vidas me dejaste de conocer por completo.

Quiero darte una nueva oportunidad. Principalmente porque hasta hace poco pensaba que cuando más te necesitaría, podría contar con alguien que me comprendiese.

¿Querer ser comprendido es mostrar rasgos de egoísmo?

Ahora, cada vez que intento depositar mi confianza en ti me encuentro con la decepción. Esa decepción de descubrir que probablemente para ti la complicidad simplemente significaba pasar tiempo juntos, no el conocer al prójimo.

Y entre ambos conceptos hay un universo de diferencia.

Puede que todo esto no sea más que una muestra de nuestra distorsionada percepción de la realidad.

Para ti el mundo siempre ha sido blanco y negro, y yo me ahogo en una infinita escala de grises. A lo mejor debería haber un punto medio entre tú y yo, o a lo mejor está bien que existan los conflictos emocionales producidos por la distancia entre tu percepción y la mía. Supongo que el mundo es así.

Lo cierto es que prefiero no pensar demasiado en ello porque probablemente supondría un desafío para los límites de mi cordura.

Mi corazón me dice desde hace ya un tiempo que esto debería suponer un punto final, pero mi cabeza me sugiere que lo deje en un punto y aparte.

Quizás lo que siento no es incomprensión, sino tristeza por saber que siempre estarás fuera de mi alcance. No puedo hacerte comprender lo que siento, porque sencillamente nunca me has entendido. Siento frustración por pensar durante tantos años que realmente había alguien ahí que podía entrar y salir de mi cabeza cuando quería.

Pero la realidad se ha impuesto como un cubo de hielo que resbala lentamente por mi espalda y que me recuerda que no hay dos personas iguales en este mundo.

Parece ser que todos estamos inmersos dentro de mi infinita escala de grises. Ojalá el mundo fuese blanco y negro, así nos resultaría infinitamente más fácil ser felices.