Objeciones a los cuentos de hadas

He publicado aquí, hasta el momento, un texto acerca de los cuentos de hadas, La sabiduría de los cuentos populares, y otro que, parcialmente al menos, también trata sobre ellos, Defensa de las moralejas.

Recupero ahora, en esta nota y en la próxima, parte de los comentarios chestertonianos sobre la cuestión que reuní en Formas de la felicidad. Primero, sus respuestas a las objeciones que algunos les hacen de que no son realistas y no preparan para la vida y a la de que son crueles y asustan a los niños.

A la primera Chesterton contestó en «La abuela del dragón». En ese artículo señalaba que, a un hombre que no creía en los cuentos de hadas —en el sentido de que no hay calabazas que se conviertan en carrozas pues, «en las habituales condiciones de la experiencia ordinaria, las calabazas confiteras son inmutables y todos contamos con su infinitamente prolongada calabacidad»—, le hizo notar «que semejante actitud no es la que adoptamos especialmente hacia las maravillas imposibles, sino sencillamente la actitud que adoptamos hacia todo lo desusado. Si estuviéramos seguros de los milagros no contaríamos con ellos. Las cosas que muy rara vez suceden se quedan fuera de nuestros cálculos, sean o no milagrosas. […] Lo que asumimos en la vida habitual no es que el orden natural es inalterable, sino que es mucho más seguro apostar sobre lo probable que sobre lo improbable. Lo cual no afecta a la credulidad de ninguna historia (sobre un espía ruso o sobre una calabaza)».

En cualquier caso, la cuestión no es esa, sino la de tener una verdadera comprensión de la naturaleza de esos cuentos, que se revela cuando los comparamos con algunas novelas realistas modernas: «El problema del cuento de hadas es éste: ¿qué hará un hombre sano en un mundo fantástico? El problema de la novela moderna realista es: ¿qué hará un hombre loco en un mundo tardo e insípido? En los cuentos de hadas el cosmos enloquece pero el héroe no enloquece. En las novelas modernas el héroe está loco antes de que el libro empiece, y sufre por la firmeza inconmovible y la cruel cordura del cosmos». Se podría decir que «la moderna literatura tiene a la locura como centro. Por consiguiente, pierde hasta el interés de la demencia. Un lunático no es interesante para sí mismo, porque es enteramente serio; eso es lo que le hace ser lunático. Un hombre que piensa ser un huevo pasado por agua es ante sí mismo una cosa tan sencilla y corriente como un huevo pasado por agua. […] Sólo la cordura puede ver en la locura incluso una violenta poesía. Por tanto, esos sabios viejos cuentos hacen al héroe corriente y moliente, y extraordinaria a la propia narración. Pero esa otra literatura [de hoy] hace extraordinario al héroe y ordinaria la narración».

Acerca del segundo punto, el de que los cuentos de hadas no son responsables de producir en el niño ninguna de las formas del miedo sino que, al contrario, con ellos se ponen en los niños las primeras semillas de una verdadera esperanza, Chesterton habló en «El ángel rojo».

Ahí dice que los cuentos de hadas no dan al niño las ideas de lo malo o de lo feo, que ya están en el niño porque ya están en el mundo. En cambio, si no dan al niño su primera idea de los fantasmas, sí le dan su primera idea clara de una posible victoria sobre el fantasma. El bebé ha conocido íntimamente al dragón desde siempre, desde que supo imaginar. Lo que un cuento de hadas hace es, por medio de una serie de representaciones pictóricas, acostumbrar al niño a la idea de que esos terrores ilimitados tienen un límite; de que esos informes enemigos del hombre tienen enemigos en los campeones de Dios, de que hay algo en el universo más místico que las tinieblas y más potente que cualquier miedo poderoso.

Por eso, continúa Chesterton, si se alejan de los niños a los espectros y a los gnomos, serán los mismos niños quienes los fabriquen, pues el miedo no surge de los cuentos de hadas sino que surge del universo del alma. Si se retira esa guardia de héroes que se alzan en las cuatro esquinas de la cama del niño, no se hace al niño más racional: lo único que se consigue así es dejarle solo para que tenga que combatir solo con los diablos. Porque, ¡ay!, en los diablos hemos creído siempre. El elemento alentador de esperanza en nuestro universo ha sido negado muchas veces en los tiempos modernos; pero el elemento de desesperanza no se ha negado nunca, ni por un momento. Por eso, los cuentos de hadas, al decirle al pequeño lector que un niñito como él mismo derrumba un gigante negro con un solo ojo, sin otros medios que una espada, unos cuantos malos acertijos y un animoso corazón, le hacen notar que los héroes ni se atemorizan y estremecen por los horrores que ven ni temen enfrentarse a ellos.