Obturar #366cerohd

De cómo capturar imágenes y subirlas a Instagram puede resultar en una experiencia inolvidable.


1

No soy un fotógrafo aunque en vida he estado rodeado de algunos de ellos, con sus aparatajes, sus manías y sus palabras en clave. Mientras estudiaba la licenciatura en filología algunos compañeros decidieron estudiar fotografía en sus ratos libres en vez de continuar ahondando en la aridez de la gramática: andaban con sus cámaras al cuello obturando cuanto paisaje encontraban. En ese momento, importaba más el rollo y el revelado que la publicación, más la pausa que la inmediatez —como ahora se estila debido a las redes sociales—. Aprendiz o profesional basaban su reputación en las tomas que realizaban de sus salidas a cualquier parte del país. Hacían todo un peregrinaje por los mejores almacenes de la ciudad para encontrar aquella película especial con la que retratar en sus Canon, Fuji, Leica. Nombres como Chino Vera para revelar o Manuel Hache para conocer la historia de la fotografía bogotana vienen a mi cabeza para honrar en unas cuantas palabras a aquellos que abrían sus hogares para permitir que la gente viera las fotografías, obtuviera algún consejo o intentara, de una forma u otra, ganar alguna notoriedad con su trabajo. Una revista, una exposición, hasta una compra de obra, era el sueño de todos aquellos imaginantes. Ser fotógrafo de cámara importaba, como lo era ser poeta de libro. Llegaban ambos en tropel a mi mesa de la cafetería para compartir conmigo sus últimos descubrimientos en papel: tal o cual toma, tal o cual verso. Eran instantes gratos. Nadie intuía el cambio de paradigma en ese momento. Ese de pasar de una máquina ostentosa a un pequeño portento de nanotecnología que, además, sirve para hablar. No. Lo más lejos era la digitalización de la fotografía. Máquinas más compactas. El disco reemplazando al álbum. Pero nada masivo, permítaseme la sofisticación, nada desacralizador. Fotografiar era un ritual de papel, oscuridad y paciencia, para seleccionar el material que emparentaba a todos aquellos diletantes con Capa o Nereo. Entre mis amigos fotógrafos, tener una cámara automática, estilo Polaroid era, cuando menos, una traición a ese espíritu. Tan importante era ese viejo arte que las propagandas de Kodak en la televisión tenían unos singles pegadísimos para cada color. Aún tarareo, aquella de Kodak cambió el amarillo —en un tono operático que de solo recordarlo da risa.


Y si quieren seguir cantando, conozcan el compilado de todos los colores que Kodak cambió allá en la década de los 80.


2

Tengo la certeza de que almaceno más imágenes que palabras y que esa tendencia ya no revertirá por el tiempo que me quede en este planeta. Hace tan sólo unos meses repasé las cuotas de ambos formatos en la nube. En imágenes poco más de 26 gigas; en documentos algo menos de una. Día a día me conecto a una señal Wi Fi y subo las últimas tomas que realizo en un iPhone 4s. El teléfono ya no tiene capacidad de memoria así que he decidido darme de baja en algunas aplicaciones para seguir sacando imágenes. Cuando mañana no esté, habré dejado un excel con las claves del Dropbox, del Drive, del Microsoft, del iCloud, para que la persona señalada las descargue y encuentre documentada la absoluta totalidad de imágenes de una vida como cualquier otra: la intimidad con las parejas que tuve, las infaltables selfis, las tomas arty del momento, los escaneos de papeles para cobrar honorarios; también las foto tetas del sexting, los pene selfis™ y otras aberraciones de la intimidad hipersexualizada del siglo. A lo mejor decidirá borrarlas. O de pronto sólo conservará aquellas que considere las más representativas de aquel que estuvo por aquí: elegirá entre el período afro, el período azul, la androginia, el cambio de sexo. Puede ser que antes de que llegue ese momento alguien decide asaltar las cuentas y regar todas esas imágenes por el ciberespacio. Lo hará sin piedad así como cuando una persona vulneró mi privacidad y accedió a mi WhatsApp hace tan solo un año. Es una situación que no puede ser descartada: cualquier cosa pasará con las imágenes, desde un meme paródico hasta una suplantación de identidad por parte de quien carezca de escrúpulos a la hora de infligir una humillación, magnificada por el altavoz de las redes sociales. Sin embargo, pese a todo, seguimos produciendo y consumiendo imágenes. Compramos celulares valorando los megapíxeles de las cámaras frontal y trasera mas no la señal de recepción y salida de la llamada. Usamos el paloselfi para capturarnos incansablemente con lo que hemos alterado el objeto de una visita a un museo, asistir a un concierto de música o presenciar la muerte de alguien: con naturalidad construimos festines hedonistas que se diseminan viralmente entre los dispositivos de nuestros contactos. Espontáneamente, sin el traumatismo de una curva de aprendizaje como lo fue aprender a escribir para Twitter o comprender alguno de los cambios de la privacidad de Facebook, cargamos y cargamos imágenes a una nube que imaginamos voraz e ilimitada. Nuestros cuerpos son carne de la imagen: el duckface y el fishgape son más efectivos que el photoshop, los filtros nos esculpen en el marco icónico anhelado. A mayor cantidad de megapixeles más precisa y fugaz nuestra belleza.

Una duckface de la realeza pop.

Kim siempre haciendo su bella duckface

Una fishgape de la nobleza Disney.


3

El uno de enero de 2014 me embarqué en la aventura de testimoniar el día a día a través de un diario fotográfico en Instagram, dos años después de haber abierto la cuenta. Fue una decisión basada en la emulación. Esa mañana del primer día vi a algunos Igers activando sus canales con la primera fotografía del año. Contando historias de sus viajes al mar, sus caminatas por algún paisaje bucólico, compartiendo con amigos de grandes y blancas sonrisas. A mi mente volvió aquella imagen de los fotógrafos que conocí en la universidad. Razoné que los Igers eran los descendientes directos de aquellos, un salto evolutivo entre la máquina sofisticada de finales del siglo anterior al dispositivo de 68 gigas, paloselfi y reflectora para mejorar la luz natural. Sentí en esas imágenes toda la dedicación por hallar el encuadre perfecto, el adecuado manejo de la luz, el respeto por la composición. La gran mayoría tenían formación, lo que era evidente por esas fotografías que aparecían en mi canal, a cual más bella y rozando la perfección. Imaginé que alternaban la obturación de su cámara profesional con el celular gama alta y de acceso ilimitado a la red para no perder el momento que habían capturado con su mirada. La respuesta de la comunidad era apabullante: miles de likes en aumento, viralizando cada toma con un comentario aleccionador, positivo, como debe ser cada cosa que acontezca un primero de enero. Medité que semejante confianza accionaba algún mecanismo de vanidad en aquellos Igers que estaban creando sus fotodiarios: subían más y más fotografías, etiquetadas como #365project #My_365 y todas las derivaciones mareantes de la cifra, cada una más perfecta, más interesante. A lo que obtenían respuestas más cálidas, más sinceras, más aleccionadoras. Una conversación multitudinaria, la utopía del social media. Influido por este panorama decidí tomar mi primera fotografía del año: la bicicleta con la que me desplazo todos los días.

Todo un programa.

Después vino el vértigo. Descubrí que había mucho por capturar así que me di a la tarea de mantener los ojos abiertos y encontrar los instantes que quería conservar. Crear el fotodiario en 2014 coincidió con el auge de la escena grafitera en la ciudad, lo que me brindó material suficiente para hacer las respectivas entradas:

También me permitió contemplar la dinámica de la propia vida interior:

Capturé momentos de los videojuegos que jugaba en esa época:

Dediqué un mes completo a documentar las películas que veía cada noche:

En otro trabajé con vitrinas y escaparates de centros comerciales:

Fueron llegando temas como el de los objetos abandonados en la calle

Los carros viejos…

Y hubo otros que quedaron sin documentarse como el de sacar retratos espontáneos de las personas, por ejemplo. Traté al máximo de no irme por temas taquilleros en Instagram como las fotos de flores o las comidas -aunque algo hubo de ambos:

Como ese fue el año en que quedé sin empleo y el último en que tuve pareja hay tomas de ambas situaciones antes de sus respectivas debacles. Durante esos 365 días me tomé en serio y a pecho mantener el ritmo de captura, tratamiento y publicación de las imágenes sin importar, en un principio, la cantidad de likes que llegaban a mi canal. Era una situación basada en la creatividad y la productividad. Me incorporé activamente a las convocatorias de los Igers con tal de ampliar mi círculo y no perderme las novedades que trae consigo hacer parte de una red social en la que una mayoría tiene un conocimiento técnico de la fotografía. Seguí ávidamente otras experiencias de fotodiario para aprender, emular o diferenciar mi trabajo de lo que otros estaban realizando. Conocí más aplicaciones, mejores filtros y quise, por primera vez, comprar un celular con mejor capacidad en megapíxeles para capturar mejor cada imagen.

Si para algo funcionó esta aventura fue para intentar, por parte de alguien que no tenía idea de fotografía, hacer buenas tomas con el teléfono; también para documentar los descubrimientos que alcanzaba caminando, conversando, leyendo o soñando en Bogotá. Cuando extiendo la mirada a 2014 encuentro que ese registro de 365 imágenes, con sus limitaciones técnicas y tal vez temáticas, me enorgullece. Cada tarde o noche que dedicaba a seleccionar la toma del día era especial porque involucraba visionar lo realizado durante la jornada; después procedía a marcar con las etiquetas y luego a publicar para esperar la respuesta de las personas que estaban pendientes del fotodiario. Sobre todo la constancia me entregaba una sensación de pertenencia que trascendía cualquier otra intención. En eso me diferenciaba de las aspiraciones de ostentación que da ser un aspirante a suceder a Capa o a Cartier Bresson.

Cuando llegó el 31 de diciembre de 2014, me despedí con una toma de un escaparate de un tegua ubicado en la 77 con carrera 15 en el que se deseaba lo mejor para el porvenir 2015:

Y en ese año no hubo ningún fotodiario solo tomas dispersas de mi sitio de estudios, de mis pies, demasiadas selfis y muchos glitches.


4

La vida es mutación y nada en ella es permanente.

Decidí comenzar una nueva versión del fotodiario, denominándose ahora #366cerohd con esta captura del primero de enero:

Y estoy muy emocionado por lo que está por llegar:


Coda

Cuando surgió la necesidad de escribir sobre el fotodiario lo primero que quise documentar fue la transición entre el término fotografía e imagen, así como el cambio entre dispositivos que privilegiaban lo análogo, luego lo digital y ahora la conjunción de ambos factores pero privilegiando la conexión social y virtual. También quise ponerle corazón y humor. Por lo anterior traté de no apelar a la erudición de Sontag, Barthes y otros más, teniéndolos a la mano y en la cabeza por mi formación. Fue un agradable tour de force invertir tiempo en escribir y tratar este texto. Pero aún más establecer la pequeña selección que encontraste hipervinculada a este post. Son imágenes de 2014. Para las de este término te invito a seguirme en 0hd, recomendar las que sean de tu agrado y comentar cuando consideres oportuno. Lo mismo para este texto: recomiéndalo entre tus contactos y aporta una línea de comentario cuando creas necesario. No de otra forma se puede vivir en estos tiempos de uber conexión.

Like what you read? Give Héctor Delgado a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.