Oda las palabras vivas

(Prosa que enriquece al corazón)

Considero que una palabra viva es un regalo del mundo para el mundo. Una palabra viva contiene amor, verdad, inocencia y un humilde mensaje que nos incluye a todos y a todo. Sin embargo, para acercarse a la veracidad de esas bellas, sencillas y, a la vez, poderosas palabras, hay que ir más allá de la palabra misma, ya que la palabra que expeles no contiene nada en sí; tal vez solo represente un concepto o una interpretación intelectual al momento de escucharla, pero eso no vivifica el mensaje de la palabra.

Para ser parte de la viva expresión de las palabras se requiere de un corazón que ejemplifique la hermosura y la sencillez del mensaje de vida y, por supuesto, una mente libre e inocente capaz de fluir con la radiante y liviana expresión universal de amor que contiene también la misiva de las palabras vivas.

Las palabras vivas, no son la cacofonía con la que estamos acostumbrados a comunicarnos hoy en día, no son tampoco el vicio que tenemos de mutilar el poder del lenguaje al rebajarlo a una expresión individualista, ni la astucia que algunas veces tiene el intelecto para formar estructuras verbales, muchas veces creativas y convincentes, que tienen como fin defender o promover puntos de vista; este es un lenguaje que carece de pureza, es la jerga del ego, es algo muerto.

Las palabras vivas emanan de la eterna verdad que fluye constantemente en el presente, esto quiere decir que la palabra en sí no engendra vida, sino que la palabra intenta manifestar esta viva expresión de la noble vitalidad universal a través de su mensaje; aunque cabe mencionar que también depende mucho de la sensibilidad, la honestidad y la inocencia del mensajero, ya que si el corazón del mensajero no ha brillado aun con la suficiente humildad para convertirse también él en vida, sus palabras llegarán a lo mucho a esa engañosa y romántica retórica del argot egocentrista, y no a compartir palabras vivas que ayuden a que otros corazones brillen de igual manera y a que se vuelvan tanto las palabras como quienes las escuchan parte de lo impronunciable.

Las verdades, o lo más hermoso de la vida, nos pertenecen a todos, por ende, no son de la autoría de nadie. No pertenecen al magín de algún ser humano que las haya descubierto o disfrutado. ¿Cómo podría ser, por ejemplo lo que intenta expresar la palabra «generosidad», posesión del intelecto de alguien? El mismo hecho de escribirlo se me hace ridículo. La generosidad (aunque la palabra que escribo esté muy lejos del hecho) es algo que está eternamente presente y constantemente fluyendo en el universo. La generosidad de nuestra galaxia al compartirnos la luna y el sol, la generosidad del planeta tierra al compartirnos la beatitud de sus paisajes que nos inspiran, la generosidad de un árbol al compartirnos constantemente el oxígeno que nos da vida, la generosidad de la flor de loto y su simbolismo que nos enriquece de sabiduría y la generosidad del ser humano que ha logrado tanto en sus palabras como en su vida compartir un vivo mensaje.

Sin embargo, la palabra «generosidad» en sí solo es un sonido que logramos interpretar intelectualmente. ¿Qué hay de vivo en eso? No obstante, podemos ir más allá de la palabra misma y engendrar una acción generosa a través de la pureza de nuestras intenciones, esto es darle vida a las palabras.

Las palabras vivas son como la sonrisa de un bebé, hacen que nos dobleguemos ante el amor que emana de su inocente naturalidad y nos invita a convertirnos, aunque sea por breves momentos, a ser parte de lo más hermosos de la vida. ¿Ven entonces el desafío y la necesidad de vivificar nuestro lenguaje y nuestras vidas?

Es por lo tanto imprescindible que nuestros corazones y, por ende, nuestra persona, resplandezcan con la misma natural simpleza con la que sonríe el bebé para que nuestro lenguaje tome vida. Qué bonito sería poder siempre compartir amor a través de lo que expresamos y compartimos al mundo, y quien no lo vea así, es seguramente porque el brillante corazón del niño que lleva dentro ha ya madurado mucho, tendrá que esperar entonces seguramente a que la nostalgia del lecho de la muerte le recuerde su esencia.

Venturoso y próspero el ser humano que haya intentado exteriorizar el deleite de la belleza inexpresable que nos rodea para que el corazón de alguien más pudiera también brillar. Me queda claro que al igual que las palabras, nuestras vidas pueden ser un mensaje que permanezca siempre vivo, en el presente y brillando con armonía, o un montón de sucesos que carecieron de trascendencia.