Para Inés

Quizá estas líneas escritas por un desconocido sirvan para algo más que manchar unas cuantas cuartillas. Quizá no te sorprendan pues han sido escritas sólo para ti porque tú eres quien las inspira aunque pienses que a nadie le importas y sueñes que alguna vez todo esto volverá a empezar de nuevo, o a ser como antes, que al fin y al cabo es lo mismo. Tal vez te las escribo porque estás sola y has aprendi­do a alimentar­te en tu silencio y en tu soledad, con el corazón habitando en las manos de los demás.
¿Cómo podría enseñarte lo que buscas? A lo mejor piensas que eres una estrella en el firma­mento rodeada de otras formas y otras estrellas, un gesto en el horizonte que disimula su existencia cuando crece el amanecer. Parpa­deas suavemente una vez, dos veces, mil veces…, y después desapareces para volver cuando nadie te espera, surgiendo detrás de cualquier límite, entre las idas y las venidas de otros sueños y otras ilusiones; entre sábanas y suspiros, por encima de ellas y de nosotros, por delante de todo lo demás, en esas horas en que se duermen los pensamientos y se despiertan las ilusiones, donde se cobija el amor y se desdibujan las sombras del silencio; como una lágrima robada al corazón, como un sentimiento perdido y vuelto a encontrar.
Bien sé que ondulas vagamente al lado del fuego, despreciando los miedos y los olvidos. Rodeada siempre de la misma apariencia, de los mismos gestos, de la misma gracia, de las mismas palabras, de los mismos labios, de esos labios siempre discretos que insisten una y otra vez sobre lo que no quieres hacer y sobre lo que no quieres sentir: sobre lo que no quieres vivir.
Y ellos, los demás, no te comprenden, ni comprenden nada de tu vida. Y tú, tampoco les compren­des, ni comprendes nada de su vida; por eso, ya no esperas nada de ellos; por eso, ya no esperas nada de ella, de la vida; por eso, ya no eres libre de ser joven, ni de gustar del sol, ni de la noche.
En cualquier caso, siempre te quedará la luna, esa media luna que, impasible ante el transcurrir del tiempo, reina arriba, dueña de todo, circuns­crita por las líneas de la noche, desprovista de dolor, como la luz, como los ríos, como el horizonte. Todo un mundo de imágenes que expresan la totalidad de este mundo, que son todos los mundos. Combina­cio­nes que adornan tu cielo y el universo de la soledad, como cuando se abren los versos de una inspira­ción buscando la compara­ción deseada, la metáfora o la expresión adecuada; tal vez simplemente busquen la mentira.
Mas ahora pides comprensión. Que alguien te explique por qué has llegado hasta aquí. Desdibujada tu fortuna por los oscuros paradigmas que dicta el destino; aguantándote las lágrimas, esas simétricas miniaturas de puntas brillantes que mueren en la leyenda de tu carne perdidas entre los misterios de la sangre. Esas lágrimas que pueblan el secreto de tu vida y transcienden el origen y la causa de cualquier decisión. Esperando siempre que dejen de soplar esos vientos de soledad, vientos que nunca has dejado de sentir porque nunca han dejado de soplar. Vientos que son como ojos, extraños ojos que se reflejan en el espejo cada vez que te miras y te preguntas ¿quién soy yo? Ese espejo que absorbe las imágenes y no los sentimientos, ese maldito espejo sin duración y sin vida. Sumergiéndote entonces en un pozo que no existe, que te contiene sólo a ti y que te quema las vagas intenciones que coronan la composi­ción de tu vida a través de los rostros que la han ido habitando. Rostros que son sólo eso, ojos; ojos que ven tus ojos y los ojos de un mundo al que has dejado de querer.
Vas y vienes suavemente entre el desper­tar y el sueño, sin querer romper el círculo de tu vida ni el círculo de la vida de los demás, no en vano entiendes que todo se reduce a un gesto, tan real como efímero y tan efímero como encanta­dor.
¿Quién de nosotros te ha enseñado la muerte? ¿Quién de nosotros te ha enseñado a odiar?
No sé adónde me llevarás o si me llevarás a alguna parte, pero no me importa, ya no me importa nada, ni los rostros ni las lágrimas de esos rostros ni los misterios que todo ello encierra. Misterios que son siempre amor y muerte, nunca vida, aunque la vida sea un continuo monólogo con el amor, aunque el amor sea un permanente diálogo con la muerte; que es lo mismo que hablarse y no quererse. Diálogo entre amantes que se han sentido traicionados por ojos sin rostro o por rostros que no tienen ojos, que son todos los demás. Ojos que únicamente miran hacia adelante sin ver la cara a nadie, que son mis ojos y no los tuyos; ojos que sustituyen el sufrimiento por el abandono y el abandono por la incomuni­cación. Es la rutina de la razón, rutina que gustaría identificarse con la esperanza en un futuro sin víctimas ni dolor, respondiendo con su dolor al que ama sólo por amor.

Inés no entendía muy bien qué significaba aquella carta. La enfermera de guardia, no sabía de dónde procedía, y el resto del personal de la planta tampoco, simplemente apareció en el mostrador de control con una única indicación en el sobre: «para Inés».

La verdad es que después de más de tres semanas en aquel estado, Inés ya no se sorprendía de nada. Había perdido el miedo inicial y la tristeza que la embargó durante los primeros días, comprendiendo que había llegado al límite. Volvió a repetirse la palabra límite e inmediatamente se asustó por lo que estaba pensando, y, sintió odio, sin nombres ni apellidos, que son los peores. Esa especie de desgarra­miento interior que es el odio de sí mismo. El odio por lo que se es, por lo que se fue y por lo que no la dejaron ser; el odio por no poder suprimir de sí el senti­miento de culpabi­lidad; por no haber sabido disfrazar su duda a tiempo; por haber violado su concien­cia.

Inés había intentado cruzar la frontera y que todo aquello se convir­tiese en una locura, una pesadi­lla transito­ria que se desvanecería cuando se desperta­se, pero no se desvaneció, ni tampoco se despertó. De pronto le vino a la mente un recuer­do. Se llevó un dedo a la sien y recorrió las distan­cias del tiempo y del espacio, despertando en ella aquellos deseos confusos e incontrolados de sus dieciséis años.

Percibió de reojo la mirada de la enfermera y sonrió. Sus pensa­mientos se detuvieron un instante y antes de que aquel recuerdo repentino se perdiera lo empujó hasta el fondo de su memoria. Luego continuó leyendo.

Porque, a fin de cuentas, ¿qué voy a decir que tú no sepas?
He ido a menudo a sentarme en una esquina del univer­so, y he contem­plado tu silencio mientras paseabas entre las barreras de la soledad; entre las palabras que no tienen actos y los actos que se suceden a algunas palabras…, y también he descubierto que, después de todo, sólo son tentacio­nes de la concien­cia, de mi conciencia que utiliza a los demás, en este caso a ti, para esconder la duda de nuestra diferen­cia.
Pero no intentes encontrar su causa, ni la causa de tu sufrimiento, ni tampoco caigas en la tentación de inter­pretarlo, ni busques el porqué de tu inmenso vacío, pues si lo haces un nuevo sufrimiento, más profundo, más íntimo, más venenoso, más devorador de vida, colmará tu precaria existen­cia situando todo tu sufrimiento en la perspectiva de la culpa y del engaño. De la culpa propia y de la culpa ajena; del engaño de la conciencia, de tu concien­cia. Pues todo tu horizonte aparecerá confuso, como si se tratase de un paisaje en un día de niebla, pero ningún paisaje real es confuso. Sólo para nosotros lo es.
¿Acaso eres un suspiro perdido en el Absurdo, una hoja arrastrada por el viento?
Hace tiempo que descubriste el miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhelo de apartarse de todo cambio, de cualquier futuro. Y lo mismo este segundo error que el primero provienen del prejuicio del mundo.
De sobra sabes que no es preciso dar ninguna respuesta ni anudarme con los lazos de tu lenguaje para conmoverme. De sobra sé que hay épocas en las que el lenguaje nada puede asir ni nada prever, ya que no existe una explica­ción cuando el mundo ha dejado de tener sentido. Mas, si sabes descubrir­te saborea­rás la eternidad de tus movimien­tos, aunque nadie te haya invitado a escalar su montaña, ni a beber de la fuente de sus estre­llas, de todas las estrellas, pues la ausencia de una sola basta para aniquilar el universo, donde eres infinitamente libre, a pesar de que esa libertad te ahogue y vacíe de contenido todo lo que te rodea. La región del mundo que tú habitas no es fácil de describir, ya lo ves, pero no es, con toda seguridad, ni negra ni gris.
¿Oyes? Es el silencio de tu silencio, que no es sino el silencio de todas las vanidades; el silencio del día y de la vida; de nuestros días y de nuestras vidas. El silencio del que sólo observa, y lo que ve son sus pensamientos. Silencio que le permite conocer y que le permite ignorar. Silencio que es rechazo y protección. Rechazo de los pensa­mientos y protec­ción contra ellos. Silencio del corazón, de los sentidos, de las palabras interiores. Silencio de lo eterno, de lo dicho y de lo concluido. El romance que nunca existió.
¿Qué es lo que te hace sufrir? ¿No has creado el universo de tu corazón? ¿No has destruido el eco de tus palabras, iguales a todas y distintas a las dichas por los demás? ¿Dónde están los grandes fuegos interiores de tus alegrías y tristezas, de tu soledad, de tu perdón; de mi silencio? ¿Cómo aceptar vivir? ¿Cómo desear morir? Siempre de olvido en olvido, sin habitar tu vida, sin querer reconocerte en ella. ¿Qué es lo que te quema el corazón? Has encontra­do un dolor que se ignora y un deseo que no tiene nombre. Has subido por unas escaleras negras y has traspasado unas puertas negras, la ventana…, también era negra, el vacío interminable.
Es tan fácil recordar buscando algo a cambio de una sombra. Te decidiste sin saber adónde ir, arries­gando en ello tu bien más preciado, el cual no pertene­ce a las cosas, sino al sentimiento de las cosas. Si algún día te despertaras sin él, amiga de la oscuridad, ya no lo volverías a encon­trar.
Quisiste volar hacia las estrellas y escapar de esta prisión, y no te diste cuenta de que en definitiva, o simplemente -cruel y melancólicamente-, todo consiste en dejar pasar el tiempo: en dejar pasar un amor, una ilusión, una niñez, un recuerdo… Así, sólo podemos ver en nuestro espacio infinidad de puntos que fluyen continuamente y que se pierden irremisiblemente entre ayer y hoy.
Eres injusta contigo misma si no compartes tu universo y sus estrellas con alguien más.

Inés cerró los ojos y se durmió.