Toma de #366cerohd correspondiente al día 24 de enero de 2015

Piensa agradable y cambia el mundo

Dejarse llevar es el camino para acometer los cambios que requiere tu existencia.

Conversábamos sobre la reencarnación, el sustrato de las religiones y las filosofías, a una altura de la noche en la que no hay lugar a dudas con respecto a la evocación de aquellos que no están y dejaron marcado un rumbo en nuestras vidas. Es un tema cíclico: cuando la muerte regresa a nuestro pensamiento abrimos algún espacio para reflexionar sobre la mortalidad y la esperanza de vivir en otra manifestación de nuestro avatar íntimo e inmutable. Nos aferramos a la esperanza de encontrar a aquellos seres encarnados en otras formas o cuerpos tal y como ha sido relatado por la literatura o el cine. Dedicamos unos minutos a repasar como las nervaduras de las hojas, las disposiciones de las nubes, y hasta las grietas de las paredes, parecen mostrarnos rostros que asociamos con los de aquellos que ya no están entre nosotros de forma física. Alguno confesó que abrazaba a un árbol porque lo conectaba con la corporeidad de uno de sus desaparecidos; otro, afirmó que ciertos sonidos escuchados al azar en algún espacio de estas ciudades le traían a su memoria la evocación de voces que hacía mucho tiempo no había vuelto a escuchar. Llegado el momento, confesamos que a veces percibimos presencias cercanas, en un acto de acecho, en la noche y a solas.

Surgió el nombre de Brian Weiss. Allá en la década de los noventa, Weiss recorría el mundo divulgando su hipnosis de regresión. Los noventa fueron una década milenarista en la que Los archivos X eran de obligatorio visionado para presumir de ocultista mientras conversaba sobre la conspiración de turno descrita por el espectáculo visual de Chris Carter; década en la que la fiebre por encontrar la verdad ahí afuera guiaba las miradas al Área 51 y a esperar, bajo el signo de la sangre, la llegada de un nuevo avistamiento que salvaría a los iluminados por algún profeta del destino catastrófico que aguardaba a la Humanidad en el cambio de siglo.

La masacre de Waco, Texas: un acontecimiento milenarista

Fue en ese tiempo en que Weiss hizo dinero con esa terapia en la que las personas, bajo el efecto hipnótico, remontaban sus recuerdos a la manera del río de Heráclito tratando de encontrar en el origen de su existencia la causa de sus desgracias en el presente.

En la voz de Weiss una terapia regresiva

Mucho dolor resultó de ese enfrentamiento hipnótico con un pasado sinuoso. Los auditorios se llenaron de morbosos que iban, como ahora asisten a los cultos de barrio, a atestiguar el milagro de la reencarnación acontecida bajo dos pases mágicos.

Como todo fenómeno de masas, Muchas vidas, muchos sabios era una punta de lanza del advenimiento de la Era de Acuario —esa superación dialéctica de la Nueva Era que, a punta de alentar una espiritualidad a golpe de tarjeta de crédito, terminaba en una mezcla descafeinada y ridícula de prácticas supercheras que alumbró monstruos como el diseño inteligente, la negación de la llegada a la luna y, porqué no, es responsable de la enajenación socialmediática que vivimos en el presente—. Lo que dice Weiss es un desarrollo pop de creencias relacionadas con la mutación (y su contrario, la inmutabilidad) del avatar en el Hinduismo. Textos de dos mil años fueron empacados para el consumo masivo, despojados de cualquier significación que los conectara con la pretensión básica de interrogar por el sentido de la vida. Todo un arte de vivir reducido a un manual de supervivencia para una época de angustia.


Sin embargo, coincidimos en que la literatura nos preparó verdaderamente para la crisis espiritual de nuestra existencia. Gracias a ella, que nos inoculó un escepticismo fundamental contra los embates de la Era de Acuario, hemos aprendido a valorar la potencia de la alegoría en nuestras vidas, lo que significa descubrir que estamos aprendiendo a vivir sin más guía que aquella que acontece entre lo que nos cuentan (o no) los relatos.

Por lo anterior, textos como Una flor amarilla (Cortázar) o El inmortal (Borges) adquieren la vigencia que sólo la literatura otorga cuando intereses y preocupaciones de carne y hueso trascienden los intereses de los ungidos sobre una tarima. Ambas historias, cuyos temas son la reencarnación y en la inmortalidad, ubican al ser humano y a la incidencia de sus acciones en el tiempo y el espacio como el centro de la alegoría de las vidas que nos precedieron y de las nuestras a futuro. En el caso de Una flor, la semejanza de rostros entre un adulto y un niño que se cruzan en el autobús 95 de París nos condujo a reflexionar sobre la mortalidad como una serie de momentos que vislumbran la soledad de la existencia; en Borges, el destino fabuloso de los inmortales depara olvido y violencia inigualables a aquellos que trascienden el tiempo que cercena la vida de los mortales. La alegoría en ambos relatos nos transmitió una sensación de una continuidad que, a semejanza del río de Heráclito, vincula historias de seres a lo largo de una dilatada cadena temporal que resuena en un escenario en el que cada ser humano cumple un papel que no puede abandonar pero sí modificar de acuerdo a las circunstancias que son presentadas en escena —tal y como acontece, por ejemplo, en El atlas de las nubes, en donde la resonancia de la pieza musical abarca siglos, amores y desengaños.

A estas alturas de la conversación vislumbramos que reencarnar, de cualquier forma y bajo cualquier figura, es un rasgo de la melancolía, esa bilis negra que rebosa a medida que transcurrimos en el escenario y agotamos nuestro papel en él. Juzgamos con dureza a los que nos precedieron teniendo mejores datos que los que tuvieron a la mano. Somos soberbios en cuanto a nuestras propias decisiones sabiendo que la contingencia modifica nuestras percepciones. Cerramos los ojos antes las evidencias que nos informan de una situación que puede ser mitigable. Ciegos ante el presente clamamos por un futuro mejor. Señores y señoras, vivimos como si nunca esta vida fuera a concluir, pese a la historia, al antecedente de quienes ya no están entre nosotros, los que mañana no estaremos.


Para romper el silencio, alguno dijo “Piensa agradable y cambia el mundo” La frase, capturada instantáneamente en la libreta de apuntes cuya fotografía enmarca este post, significa que, en la gran mayoría de casos, el tema de nuestras vidas, a pesar de ser incierto, nos da razones para intuirlo, perseguirlo y hacerlo concreto ante nuestros ojos así desaparezca en cualquier momento. En sí, nos advierte, a la manera de un satori, de la potencia que nuestras reflexiones adquieren en el escenario que hemos denominado mundo. Nada ni nadie puede detener el ímpetu que una idea causa entre las personas. Por supuesto, no la viralidad —aunque sea una forma contemporánea de cuantificar el impacto que tiene algo sobre las acciones de los demás—. Es algo aún más profundo. Es lo alegórico, aquello que los que tienen el poder quieren usurpar a toda costa para mantenernos en la oscuridad y en la enajenación.

Más que inmortales, somos eternos. Algo nuestro es transmitido a través de nuestro ADN, una impronta pequeña en la vastedad del Universo. Nos preservamos en pequeños rasgos, en ciertas inflexiones, en algunos usos cotidianos que otros tienen a bien repetir a veces como una forma de honrarnos. Somos todos esa rosa amarilla, tanto la de Wells como la de Cortázar como la de García Márquez, esa nota que resuena en el acorde que llega con millones de años luz de posterioridad a ese presente que aún no comprendemos. Ese silencio que advierte de nuestra presencia más adelante, cuando no estemos. Por todo esto, tenemos el ahora, ese momento que diluimos mientras andamos ocupados en el futuro. Pensar agradable es actuar bonito, a la manera del poeta Hugo Jamioy Juagibioy, que con sus palabras cerró nuestra conversación, fundida entre abrazos y pequeños homenajes.

Botamán cochjenojuabó
Botamán cochjenojuabó… chor, botamán cochjoibuambá mor bëtsco, botamán mabojatá
Bonito debes pensar…
luego, bonito debes hablar
Ahora, ya mismo, bonito empieza a hacer

Este texto tiene una pequeña lista de reproducción que puedes acompañar con tu lectura.

Pensar bonito, una lista de spotify.

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