Poe y yo


La primera vez que coincidí con él fue en una fiesta. A pesar del miedo que se vivía afuera, la reunión era exquisita, no faltaban la buena música ni el vino. Los invitados recorrían libremente las estancias, ricamente adornadas con tapices. Cada una de la habitaciones se distinguía por su color y llenaba los sentidos con su opulencia. Así pues, cuando, tras cinco o seis meses de encierro, se organizó la mascarada del príncipe Próspero supe que lo mejor estaba por venir. Edgar me tomó de la mano y yo lo seguí intrigada y sin protestar, estancia por estancia, desde la azul hasta aquella fascinante habitación negra con vitrales rojos. Mi guía desveló para mí cada detalle del convivio. El lugar, las personas, la música… todo me era tan familiar que la piel se me erizaba.

El lúgubre reloj de palacio dio las 12, el silencio era absoluto, el tañido de las campanas lo invadía todo. Acallaba las respiraciones, alteraba el ritmo de los corazones de los presentes. El mío latía desbocado. Fue el desgarrador grito de Próspero, reflejado en un grito acallado en mi propia garganta, lo que selló un romance de toda la vida. Edgar Allan Poe me había asustado, mucho, allí estaba esa niña de unos 7 años con las manos temblorosas. Ya no supe si de miedo o ansias por leer otra de sus historias.

Muchos lectores le debemos a Poe una buena parte de nuestros sustos y pesadillas. Todos le debemos el género policíaco y la estructura del cuento moderno. Recuerdo las horas entrañables cuando los poemas de Poe me ponían a pensar sobre la vida y la muerte, aquellos sustitos en la noches tormentosas del verano capitalino y las fascinantes deducciones de Auguste Dupin. Edgar fue el culpable de que me esforzara más en las Damas Inglesas que en el ajedrez. También es una referencia inevitable y cómplice con mi padre, porque cada vez que alguien no encuentra algo que está a plena vista saldrá a relucir “La carta robada”.

Edgar ha sido, no sólo uno de mis escritores favoritos, sino un constante compañero de mi vida y lecturas. Es como ese viejo amigo al cual dejas de ver por un tiempo para luego volver a encontrarlo y notar que nada ha cambiado, se mantiene igual de querido y entrañable que siempre. Incluso más. Así que, por cursi o extraño que pueda parecer: ¡Feliz cumpleaños 206, Edgar! Si la muerte es el olvido, me queda más que claro que tú ya eres inmortal.