imagen: Huffpost

Ponte guapa

He escuchado esta frase miles de veces a lo largo de mi vida. Tal vez tu también.

Y sí, quizás mucho tiempo la pasé por alto, hasta que me empezó a hacer ruido. El mismo ruido que me empezaron a hacer los chiflidos en la calle, las miradas lascivas, el que me digan en los medios masivos que tengo que ser flaca y comer cereal todas las mañanas, pero no las hojuelas azucaradas que me apetecen de vez en cuando, sino una especie de fibra que se asemeja mas al cartón que lo contiene que a algo que me pondría a saltar de gusto por las mañanas como las chicas de los anuncios de dichos cereales, que tengo que comprar la faja estilo victoriano que me hará cintura y me hará perder peso —y el aire— si la uso diario, y tomar el suplemento que me hará perder aún más kilos a punta de mantenerme sentada en la taza del baño. Ese ruido que me dice que no está bien que haya tantas niñas y mujeres con transtornos alimenticios, obsesionadas con su peso y talla porque aparentemente es lo que las define como seres humanos y porque de ello depende su felicidad.


Ponte guapa.

Porque aparentemente no soy una persona, soy un maniquí. Porque vestir como me visto, porque peinarme como me peino y no usar maquillaje (o al menos no dominar el arte de los correctores, del contour, de las sombras, los delineadores, los polvos traslúcidos y una larga lista de etcéteras) me hacen fea. O no tan agradable.

Ponte guapa.

Nos lo dicen nuestras madres, nuestros padres, nuestras tías, las primas que viven entaconadas y como si salieran de una revista cada que atraviesan la puerta de sus casas, y hasta la amiga de tu mamá que piensa que puede opinar sobre tu aspecto, just because.

Ponte guapa.

Porque los tenis y los jeans son de hombre. Porque hay que ser femenina (el epítome de los estereotipos).

Ponte guapa.

Porque no importa que tú te sientas bien contigo misma, siempre habrá alguien que te recuerde que no es suficiente tu autoestima —que has tardado años en construir—, que no es suficiente que te veas al espejo y te digas: buenos días guapa, ¡porque no lo eres carajo! Lo serás cuando te vistas como mujer —whatever that means—, cuando aprendas a maquillarte, cuando bajes un poco (tirándole a mucho) de peso, cuando te mates de hambre, cuando aprendas que comer una pizza grande tu solita es de machos, cuando… (siento que necesito tomar aire para seguir con una retahíla de conceptos y construcciones socioculturales de las cuales estoy hasta la madre, o hasta el padre, como gusten).

Ponte guapa.

Porque hay que ir por ahí gustándole al mundo, porque debe importarte como te ven. Porque no es que les preocupe tu salud, ¿saliste bien de glucosa, colesterol, triglicéridos y todas esas cosas que te dicen que por el momento estás super bien? Who cares? Aún así sigues siendo talla 13 y eso, pues no se ve bonito.

Ponte guapa.

Me maquillo si se me antoja, me pongo lo que me hace sentir cómoda, mi cuerpo es producto de mis decisiones —y de un gran conjunto de circunstancias (medicamentos, enfermedades, hormonas, alimentación)—, y no debería ser incumbencia de nadie más.

Ponte guapa.

Si vuelvo a escuchar esta frase, solo responderé:

¿Ponerme guapa? Así amanezco todos los días.

Find me on Twitter: @aleximenez
Write me: alexandra.ximenez@gmail.com