¿Por qué escribir?

“La escritura es la pintura de la voz”. —Voltaire

He estado meditando al respecto y he decidido que el mejor momento para empezar a escribir es ahora. Pudiera seguramente existir alguna actividad más provechosa a la que renuncie por mor de entregarme a semejante labor. Sin embargo, nada hay de consustancialmente fatuo en las escritura. ¿Acaso ha inventado el hombre instrumento más fino de proyección hacia la eternidad? Si se piensa bien, la palabra atrapada en un trazo de tinta no desmerece ante al designio intemporal de los grandes proyectos monumentales de la historia; ni siquiera ante la gloria de las pirámides del antiguo Egipto. Ciertamente, aquellas “casas de la eternidad”, destinadas a procurar a sus gobernantes el descanso perpetuo, eran en sí mismas la expresión desmesurada del más secular de los anhelos humanos: la inmortalidad. Si bien, ¿no es esa también la fuerza que mueve una pluma? Más aún, destaca la mayor sutileza de la escritura, cuyo eco inmaterial transciende la rudeza de lo estrictamente sensual, frente a la avalancha empírica que provocan las formas de perennidad corpóreas. Si la pirámide fue tosca piedra antes que pirámide, el escrito fue sólo palabra y pensamiento puro.

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