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Por qué le digo adiós a Apple, Google y Microsoft

Tengo más confianza en la comunidad que en las corporaciones

Cuando me convertí en columnista tecnológico a mediados de los 90, el Internet público empezaba a experimentar su primer gran auge. Por entonces, aconsejaba a mis lectores que evitaran las batallas semi-políticas, casi religiosas, que parecían entretener a los defensores de tal o cual plataforma tecnológica. Adoraba la tecnología, la necesitaba por lo que era — una herramienta — y usaba la que mejor funcionaba.

Así que, ¿por qué estoy escribiendo desde un portátil con GNU/Linux, sistema operativo de software libre, y no con una ordenador de Apple o Windows? ¿Y por qué mis teléfonos y tabletas tienen instalados una versión de Android que mejora la privacidad, llamado Cyanogenmod, en lugar del iOS de Apple o la versión estándar de Android?

Foto: Talia Herman/Backchannel

Porque, en primer lugar, puedo hacer bien mi trabajo. Puedo jugar a juegos. Puedo navegar infinitamente. Las alternativas de las plataformas han alcanzado un nivel que les permite manejar casi todo lo que necesito.

Más importante, me he pasado a estas plataformas alternativas porque he cambiado mi mentalidad sobre las políticas tecnológicas. Ahora creo que es esencial incluir mis instintos y valores, cada vez más, en la tecnología que uso.

Aquellos valores comenzaron con una noción básica: perdemos el control sobre las herramientas que una vez nos prometieron igualdad de oportunidades de expresión e innovación — y esto debe acabar.

El control está volviendo al centro, donde gobiernos y poderosas compañías han establecido pasos estrechos, que usan para destruir nuestra privacidad, limitar nuestra libertad de expresión y controlar la cultura y el comercio. Demasiado a menudo, les damos nuestro permiso — intercambiando libertad por comodidad — , pero muchas otras, se hace sin nuestro conocimiento, ni, mecho menos, permiso.

Foto: Talia Herman/Backchannel

En la medida de lo posible, las herramientas que ahora uso están basadas en valores comunitarios, no corporativos.

No estoy persiguiendo ninguna fantasía paranoica. Estoy imitando, en la esfera tecnológica, algunos de los principios que han llevado a tanta gente a adoptar el «slow food» o el estilo de vida vegetariano o minimizar su huella de carbono o hacer negocios solo con compañías responsables socialmente.

Mi intención no es predicar. Pero si pudiera persuadir a unos pocos de vosotros para que os unáis a mí de alguna manera, por pequeña que sea; me daré por satisfecho.

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Mientras tanto, soy el primero en reconocer que aún me queda un largo camino para lograr la absoluta libertad tecnológica. Puede que sea imposible, o casi, a corto y medio plazo. Pero esto es un viaje, un largo y continuo viaje que merece la pena. Y si los suficientes nos embarcamos en él, podremos marcar una gran diferencia.


Parte de mi conversión se debe al gran rechazo que siento por la obsesión controladora de las compañías y gobiernos. Si creemos en la libertad, debemos darnos cuenta de que hay que asumir riesgos para ser más libres. Si creemos en la competición, a veces debemos intervenir como una sociedad para asegurarnos de que esta es justa.

Una forma de asegurar una competición justa es reforzando las leyes diseñadas para promoverla, especialmente aquellas reglas antimonopolio que buscan evitar que compañías dominantes abusen de su poder. Encontramos un ejemplo clásico en los 90: Microsoft, una compañía que había aventajado y/o machacado a IBM y a todas las demás compañías en su ascenso hacia la dominación absoluta de los sistemas operativos y los software de «productividad» para la oficina.

En muchos caso, el software de Microsoft no era el mejor, pero era lo suficientemente bueno — mientras que las tácticas de negocio de la compañía oscilaban entre lo brillante y desagradable, a menudo ambas a la vez — . La administración Clinton, débil al principio de la década, finalmente se dio cuenta de que era necesario evitar que Microsoft aumentara injustamente el dominio de Windows/Office sobre la nueva generación de la informática y las comunicaciones; y, a finales de los 90, un paquete de medidas antimonopolio permitió que innovadores como Google tuviesen la oportunidad de emerger.

A menudo, el tema de mi columna versaba sobre las varias transgresiones de Microsoft. Cerca del cambio de siglo, mi rechazo hacia las prácticas empresariales de la compañía llegó al límite.

Hice una «declaración personal del independencia» del software de la compañía, al menos, en la medida de lo posible en aquella época. Volví al Macintosh de Apple — que, por aquel entonces, había adoptado un sistema operativo serio y moderno con un gran hardware — y, salvo el uso esporádico de Microsoft Office, me liberé de pagarle a una compañía a la que no respetaba. Apple hizo sencillo adaptarme al cambio, ya que MacOS y el hardware de Mac se habían convertido en lo mejor de lo mejor durante ese tiempo — y mucha gente descubrió, como yo, que el problemático sistema de Windows no merecía la pena.

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En los primeros años del 2000 en las ruedas de prensa de Silicon Valley, solía ser uno de los dos únicos periodistas con portátiles Mac (el otro era John Markoff, del New York Times, quien hacía mucho que se había cambiado y quedado con Mac). Una década después, casi todo el mundo en las ruedas de prensa tecnológicas utilizaban un Mac. En los últimos 15 años, Apple ha hecho un trabajo absolutamente espectacular en la creación de tecnología. Solía decir que, mientras Windows intentaba cruzarse en mi camino, el sistema MacOS solía apartarse de él. Durante años, lo recomendé a todo el que quisiera oírme.

Ahora, cuando asisto a eventos tecnológicos, soy uno de los pocos que no usa ni un Mac ni un iPad. ¿Qué ha pasado?

Tres cosas: el poder de expansión de Apple y una nueva generación de gigantes tecnológicos; una reafirmación en mis propias obsesiones de justicia social; y alternativas sólidas.

En la era de Steve Jobs como CEO, Apple fue un reflejo de su carácter y cualidades. Lo que fue apasionante en la mayoría de los aspectos, ya que buscaba algo cercano a la perfección. Pero, entonces, el que parecía el más débil revolucionó la programación para móviles y se convirtió en el ganador — algún día nos daremos cuenta de que ha sido una de las compañías más poderosas, rentables y valiosas del planeta — . Apple se convirtió en el tipo de empresa que prefería no apoyar: obsesiva con el control hasta el punto de fallar a sus clientes, a los desarrolladores de software y a la prensa; y, como llegué a creer, incluso se volvió peligrosa para el futuro de las redes abiertas y de la tecnología controlada por el usuario.

Al mismo tiempo, Google y Facebook, entre otros, emergían como un tipo diferente de poder: entidades centralizadas que utilizaban la vigilancia como un modelo de negocio, despojándonos de nuestra privacidad como pago por la comodidad que nos daban. Cada vez más, nuestros dispositivos móviles — e incluso nuestros ordenadores, las herramientas clave para la libertad tecnológica en las décadas anteriores — llegaban con restricciones sobre cómo podíamos hacer uso de ellos.

A lo largo de lo años, periódicamente flirteaba en mi ordenador con Linux y otras alternativas, pero el ejercicio siempre se volvía tedioso, y, al final, inviable. Pero nunca dejé de prestarle atención a lo que gente brillante como Richard Stallman y Cory Doctorow y otros iban diciendo, concretamente, que estábamos siguiendo, y nos dejábamos guiar, por una senda peligrosa. Un día, en una conversación con Cory, le pregunté sobre su uso de Linux como su sistema operativo principal. Me dijo que era importante hacer aquello en lo que se creía — y, a propósito, le funcionaba bien.

¿Podría yo ser menos, sobre todo cuando había expresado en público mi preocupación sobre estas tendencias?

Así que, hace unos tres años, instalé la versión Ubuntu — la más popular y respaldada — en mi portátil Lenovo ThinkPad y la empecé a usar como mi principal sistema operativo. Durante un mes o así fue una locura, cometiendo errores de tecleo y echando en falta algunas aplicaciones de Mac en las que solía confiar. Pero descubrí en Linux un software que funcionaba al menos lo suficientemente bien y, en ocasiones, mejor que sus homólogos de Mac y Windows.

Un día me di cuenta de que mis dedos y mi cerebro se había habituado, al fin, al nuevo sistema. Ahora, es un poco confuso cuando uso un Mac.

He tenido unos cuantos ThinkPads más. Mi modelo actual es un T440s, que se me presenta como la mejor combinación de tamaño, peso, capacidad de actualización, servicio al cliente y precio. Ubuntu tiene soporte para gran variedad de hardware, pero, a lo largo de los años, ha presentado una afinidad especial con los ThinkPads. También es posible comprar ordenadores con Linux preinstalado, para evitar una gran parte de la confusión, como, por ejemplo, muchos portátiles Dell. (Tras la asombrosa e incompetente violación de la seguridad de Lenovo hacia los clientes de Windows en una reciente debacle, me alegro de que a) ya no usar Windows y b) tener alternativas de hardware).

Casi cualquier tipo de software que necesito está disponible en Linux, y, aunque a menudo no son productos tan profesionales, pueden llegar, incluso, a reemplazar a los de Windows o Mac. Para lo que yo hago, LibreOffice es un sustituto adecuado de Microsoft Office. El Thunderbird de Mozilla gestiona bien mis correos electrónicos. La mayoría de los principales navegadores tienen su versión en Linux; casi siempre uso Mozilla Firefox.

En Linux, hay algunas tareas que no puedo hacer tan bien, como, por ejemplo, screencasts complejos, es decir, grabar lo que se está ocurriendo en la pantalla, añadiendo pistas de voz en off y puede que inserciones de vídeo y zooms en puntos específicos que queremos resaltar. Pagaría encantado por algo así para Linux, pero básicamente no hay disponible nada parecido, al menos, que yo sepa. Así que vuelvo a Windows, el sistema operativo que viene instalado en el ThinkPad y utilizo el programa Camtasia.

A medida que la programación para móviles se ha vuelto más dominante, he tenido que replantearme todo lo relacionado con estas plataformas. Aún pienso que el iPhone es la mejor combinación de software y hardware que ninguna compañía ha ofrecido, pero la obsesión de Apple por el control hizo que lo descartara. Me decidí por Android, mucho más abierto y fácilmente modificable.

Pero el poder y la influencia de Google también me preocupan, a pesar de que aún confío en esta compañía tecnológica mucho más que en otras. El propio Android de Google es excelente, pero la empresa utiliza su software para hacer una vigilancia completa. Los desarrolladores de aplicaciones se han tomado desagradables libertades, recopilando petabytes de datos y haciendo Dios sabe qué con ellos. (Los expertos en seguridad creen que el diseño del iPhone es más fiable que el de la mayoría de los dispositivos Android). ¿Pero cómo practicar lo predicado en la era de los móviles?

Un tercer movimiento comunitario ha surgido alrededor de Android, cogiendo el software básico y mejorándolo. Una de las modificaciones más importantes da a los usuarios un mayor control sobre las opciones de privacidad de lo que Google permite en la versión estándar de Android.

Uno de estos proyectos mejor consolidado es Cyanogenmod. Ya venía preinstalado en uno de mis teléfonos, un nuevo modelo llamado OnePlus One, y yo se lo añadí a un dispositivo más antiguo de la marca Google. No solo puedo hacer uso de las mejoradas opciones de «Privacy Guard», sino que los mensajes se encriptan por defecto — algo que todo teléfono y operador debería imitar (Apple lo hace, pero los proveedores de Android son más lentos en este sentido).

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Cyanogenmod se ha convertido en algo más que un grupo de voluntarios. Algunos de sus creadores han dado el salto a una empresa con ánimo de lucro, que ha conseguido fondos de algunos inversores de Silicon Valley. Como a muchos otros del mundo del Android alternativo , me preocupa que esto desemboque en un mal enfoque de Cyanogenmod, lejos de sus raíces del control del usuario. Si eso ocurre, puedo probar muchas otras versiones de Android creadas por comunidades. (Esta preocupación también afecta al OnePlus, que tras una disputa con Cyanogenmod, está optando por un sistema operativo propietario).

El nerd que llevo dentro — aprendí lenguaje de programación en el instituto y tengo ordenadores desde finales de los 70 — encuentra todo esto divertido, al menos cuando no es molesto. Adoro explorar la tecnología que uso. Pero para quienes solo buscan algo con lo que trabajar, desearía que todo fuera muchísimo más simple. Cada vez se vuelve mejor: más fácil, más fiable y definitivamente lo suficientemente bueno. Pero recuperar algo de control aún requiere trabajo, sobre todo, en cuanto a móviles se refiere.

Y, después de todo lo que he hecho para ser más independiente, tengo que hacer una confesión: aún uso algunos software de Microsoft y Google — lo que me convierte, como mínimo, en un poco hipócrita — . Google Maps es una de las pocas herramientas indispensables de mi smartphone (Open Street Map es un proyecto fantástico, pero no lo suficientemente bueno) y como mencioné arriba, aún necesito el uso ocasional de Windows. El viaje hacia la libertad digital tiene infinitos desvíos, porque todo tiene matices infinitos.

Así que sigo buscando maneras de reducir aún más mi dependencia de los poderes centrales. Uno de mis viejos dispositivos, una antigua tableta con Cyanogenmod instalada, es el perfecto sujeto de pruebas para una existencia aún más libre de Google.

Es lo suficientemente buena para usarla en casa y mejora a medida que encuentro más software libre — la mayoría a través de la librería de descargas «F-Droid» — que manejan lo que necesito. Incluso he instalado una versión del nuevo sistema operativo de Ubuntu para tabletas, pero aún no está listo, como dice el cliché, para salir a escena. Quizás, el sistema operativo de Firefox pueda ser una alternativa.

Pero he descartado la idea de que el software libre y el hardware libre se conviertan pronto en la norma para los consumidores, si es que ocurre alguna vez — a pesar de que el software libre y de código abierto están en el corazón de la vanguardia de Internet.

Si no hay gente suficiente que quiera intentarlo, las opciones por defecto serán las que prevalezcan. Y estas opciones son Apple, Google y Microsoft.

Nuestro sistema económico se está adaptando a soluciones basadas en la comunidad, lentamente pero seguro. Pero afrontémoslo: como conjunto parece que preferimos lo conveniente al control, al menos, de momento. Estoy convencido de que hay cada vez más personas que están descubriendo las consecuencias de las gangas que hemos conseguido, conscientemente o no; y, algún día, terminaremos calificando todo esto de fáustico.

Sigo esperando a que los vendedores de hardware vean los beneficios de ayudar a sus cliente a liberarse del control de las marcas. Por eso me sentí tan feliz cuando vi que Dell, una compañía que una vez bailó al son de Microsoft, ofrecía un portátil Linux. Los pequeños jugadores de la industria también tienen sus alternativas, si no quieren ser peones de las compañías de software y de los operadores. Pueden ayudarnos a elegir mejor.

Mientras, sigo animando a toda la gente posible a encontrar maneras de que ellos mismos recuperen el control. La libertad requiere trabajo, pero es un esfuerzo que merece la pena. Y espero que consideres el embarcarte en este viaje conmigo.

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