¿Por qué no me quieres?

Hace tiempo, a tu pregunta, hubiera contestado fríamente, con desdén, pero ahora lo hago desde el calor de mi nuevo yo, madurado con los años, mejorado con el vaivén de las olas que erosionan mis palabras, te contesto con el olor de café recién hecho, aún en el ambiente.

No te quiero porque querer me mata.

Los que tanto amamos, sufrimos las consecuencias del desamor al final del verano, cuando el viento del este reclama lo que es suyo, cuando la arena fina se escapa sin remedio de la palma de mi mano. Sufrimos esa soledad ante el espejo roto, el agua que sólo refleja una luz tenue y abandonada, donde ya las ondas no fluyen como antaño. Sufrimos de orfandad hueca.

No te debo amar porque los amasijos de mi alma están rotos y en desuso, les falta el aceite con el que me mimaban las noches del pasado. No te debo amar porque me volverás a romper el corazón en mil pedazos y ya no tengo fuerzas para recomponerlo.

Lo mejor es que te sientes, que descanses en una de las cientos de sillas que te ofrece tu camino y olvides a quién te quiso un instante, entre tinieblas. Olvida a quién te enseñó que el deseo no es pecado y disfruta de tu eterno mediodía. Yo ya te he olvidado. Por nuestro bien, por nuestra salud maltrecha y porque amarte, amor, me mata.