¿Qué camino espiritual es el correcto?

En mi corta o larga vida ha estado muy presente la búsqueda y también la pregunta: ¿Qué camino espiritual o religioso nos permite alcanzar la plenitud como seres humanos y trascender este plano material? Las primeras respuestas se hicieron presentes a muy temprana edad en mi vida y tal vez con demasiada facilidad. El cristianismo profundamente enraizado en mi entorno y el condicionamiento cultural tenían para mí ya preparado un manual de vida con las «verdades absolutas» de mi existencia que parecían decirme «deja a un lado tus profundos cuestionamientos existenciales que ya están resueltos por ti y más bien enfócate en tu valioso aunque breve futuro».

Al principio, más por miedo que por una libre búsqueda espiritual (ya que no puede ocurrir de otra manera; el verdadero amor o realización de lo divino no puede ser impuesto ni transmitido) fui un fiel seguidor del protocolo cristiano que habían ya preparado para mi varios siglos atrás. Seguramente hubiera sido más fácil aceptar mi unión con lo divino a través de las experiencias y conocimientos de mis antepasados, pero hoy me queda muy claro que de haberlo hecho estaría aun en la comodidad espiritual que consiste en solo adoptar creencias y repetir. No encuentro mucha seriedad en eso.

Aun recuerdo el sentimiento de culpabilidad cuando empezaba a preguntarme si ser católico era el único camino, o el camino correcto hacia esa mística experiencia que nos une a todos y a todo, tanto así, que confesé varias veces a los sacerdotes mis cuestionamientos herejes que me calificaban como un apostata dentro de la fe cristiana.

Sin embargo, mi intención de encontrar respuestas no a través del conocimiento sino de mi propia experiencia y descubrir la prístina divinidad que ha estado siempre presente en el universo mucho antes y después de templos, libros, religiones y el lenguaje, me hacían seguir adelante en el empedrado camino de la búsqueda y las dudas.

El desafiante sendero de una sincera búsqueda espiritual me ha sorprendido (muchas veces sin buscarlo) al regalarme la oportunidad de experimentar de primera mano la vida de distintas culturas y religiones. He vivido en comunidades judías, practicado Yoga y escuchado lecciones sobre el bhagavad gita con el movimiento de la consciencia de krishna, logré inmiscuirme en la religión musulmana y recé a allah con la misma devoción con la que rezaba a Jesús en la catedral de Morelia, logré permanecer algunos meses en monasterios budistas, he tenido la oportunidad de meditar en lugares «sagrados» como los Himalayas, he vivido con hinduistas, ido a sus templos y participado en sus ritos con la misma fe que ellos, y también he sido un acérrimo defensor de dios en conversaciones con ateos y no creyentes durante mi juventud (tal vez de las cosas mas estúpidas que he hecho ya que es solo una ignorante batalla de egos imponiendo su verdad con nula relevancia).

En todas estas religiones y lugares pude observar la misma devoción a un ser supremo y un sentimiento esperanzador que promete una vida eterna, era como si rezaran al mismo dios pero con nombres diferentes y en recintos arquitectónicamente distintos. De igual manera, en todas partes, me encontré con los hombres serios que siguen a su religión por un sincero y profundo amor a dios (por limitante que este pueda ser) y pude observar también en todas partes a los pseudo religiosos que utilizan la palabra «dios» a su conveniencia, que rezan por fines únicamente personales, que participan en los ritos y ceremonias religiosas por meros atavismos culturales, y que se dicen ser religiosos por miedo a lo que hay después de la muerte o porque de otra manera encontrarían una vida sin mucho sentido. 
 
Confieso que después de un tiempo perdí el respeto y admiración por todos los sistemas y doctrinas espirituales, y aunque sigo creyendo que para la mayoría de la gente es solo una manera de distraerse o entretenerse un poco en conversaciones los fines de semana, o cinco minutos antes de dormir, también tengo que aceptar que hoy me doy cuenta que contrario a lo que representa la ilusión dualista de creer en dios, las religión es uno de los tres caminos espirituales que nos pueden llevar a ser participes en la unión mística universal que nos une mas allá del tiempo y espacio, mas allá de creencias e individualismos, mas allá de países y planetas, y nos permite ver y regocijar en la unión en donde no hay diferencia entre tú y un árbol, en donde te despiertas ante esa realización de que tú eres Dios y el árbol también, en donde no hay puntos de vista ni opiniones, solo la libertad de amar y ser partícipe en la expresión divina, de vivir lo inexpresable.

De los 3 caminos que he encontrado, el religioso es el más complicado, por que todo lo que significa creer en dios la mayoría de las veces te hace perderte en una egoísta y fementida idea de que eres el centro de una vida y que hay un ser supremo en alguna parte con otra vida. Te hace creerte superior a los animales o a las plantas porque supuestamente tú eres el único ser viviente que goza de un alma inmortal, te hace creer que tienes el derecho de matar para comer, y de realizar muchas más atrocidades que no hacen falta mencionar.

La experiencia mística de la que estoy hablando la han tenido muchos, uno de ellos fue Jesús. Ahora entiendo lo que quiso compartir cuando explicaba que él era el padre y el hijo. Para los seguidores de la religión judía era algo absurdo e inconcebible, como no pudieron comprender su despertar espiritual lo tacharon de hereje y lo mataron. Desafortunadamente tampoco lo pudieron comprender sus seguidores, razón por la cual tuvieron que convertirlo en deidad, crear un sin número de historias, e imponer doctrinas a través de textos y representantes en su nombre que solo crearon más divisiones en la raza humana.

En realidad, todos somos el padre y el hijo, todos somos el creador y la creación. Como lo explicó Swami Abhayananda, no se puede separar la ola del mar. En este momento tal vez nos vemos solo como una ola, pero somos irrefutablemente (aunque imposible de concebir para el ego) una expresión y parte del inmenso mar. Sin embargo, como es algo que no se puede transmitir o realizar a través del conocimiento o de los textos, es más fácil creer que el mar es una deidad a parte y hablar de él como si fuera algo distante ignorando que tanto en el mar como en la ola solo hay agua, todo lo demás es una ilusión.

Esta unión con lo divino la han transmitido varios avatares espirituales que pudieron despertar de la ilusión del falso yo y de la dualidad. Algunos de ellos han sido Siddhartha Gautama, Jesús, Sri Ramakrishna, Swami Abhayananda, BKS Iyengar y muchos otros que han expresado esta unión de maneras muy diferentes y con lenguajes completamente distintos. Desafortunadamente, después de su muerte casi siempre pasa lo mismo, se distorsiona el mensaje que intentaba unirnos, llegan los representantes, se crean sistemas, se escriben libros «sagrados», y se destruye el amor y la divinidad de lo que nos quisieron compartir.

Pero entonces, ¿de qué manera nos puede llevar la religión a experimentar esa unión con lo divino? Como ya mencioné anteriormente, existen seres humanos que participan en las diferentes religiones no como una actividad secundaria o una solución rápida (aunque imaginaria) a los problemas, sino con la seriedad, humildad, y devoción debida para que el amor a lo divino se ejemplifique y se comparta en cada acción, palabra, ademán, sentimiento, y pensamiento que comparten a lo que llaman dios y al mundo entero (ya que no se puede separar a dios y al mundo, aunque para la mayoría dios es un pensamiento y no el mundo que los rodea).

Paradójicamente, este amor dualista es también capaz de unirnos y hacernos partícipes, aun inconscientemente en el místico sincretismo universal. Cuando la devoción y el amor a la imagen de dios que has creado es más fuerte e importante que cualquier otra cosa en tu vida, más que tu trabajo, más que tu dinero, más que tu propia familia, más que tu felicidad, entonces todas tus acciones serán representativas de ese amor y esa divinidad para el beneficio de la humanidad y el universo entero, aquí se termina la dualidad, aquí se termina el amor a mi dios y el repudio al tuyo, el cariño y respeto a mi gente y el rechazo a los demás, el aprecio a los que creen lo mismo que yo y el recelo a los herejes. Curiosamente una persona religiosa puede ir mucho más allá de la religión sin que se de cuenta, la intención y el propósito de su vida desmoronan al yo de igual manera que un yogi lo hace a través de la meditación. La persona verdaderamente religiosa sabe que las únicas palabras y acciones que valen la pena decirse o realizarse son las que se dicen o hacen con el mismo amor divino que tienen a dios que incluye a todos y a todo; un excelente ejemplo de una persona que ha seguido este camino es la Madre Teresa de Calcuta. 
 
El segundo camino espiritual, en mi experiencia, es el que más fácilmente te permite si no deshacerte, por lo menos reconocer el ego y la falsedad que existen en la persona y personalidad que han creado y has creado también. Este camino espiritual te permite de una manera mucho más clara dejar a un lado la causa de la mayoría de los problemas que existen hoy en el mundo, el individualismo. Te hace darte cuenta de la disparatada y absurda ruta que casi siempre tomamos los seres humanos buscando el éxito personal enfocado en mejorar y proteger mi vida, mi seguridad, mis finanzas, mi cuerpo, mis ideas, mi familia, mi dios, etc. Este camino te permite incorporarte nuevamente en este plano material (a veces solo momentáneamente ya que el ego siempre regresa como una banda elástica) a lo que siempre has sido y de lo que el yo constantemente te intenta separar.

De la misma manera, este periplo espiritual te permite llegar a la realización de que aunque tenemos un cuerpo momentáneamente y relativamente libre y separado del todo, la idea de que tendremos también una vida eterna separada del todo es una ilusión que nos hace perdernos en una existencia terrenal muchas veces sin mucho sentido. Así mismo, este místico recorrido también te permite darte cuenta que el cuerpo es el único vehículo que tenemos en este plano material para compartir y ser parte de la inteligencia o amor universal, y que esa divinidad que pudiste compartir a través del cuerpo es lo único que quedara siempre con vida (por lo menos aquí), porque, como he dicho antes, la verdad siempre está en el presente, nunca muere, y el amor es verdad.

A pesar de que el místico camino espiritual de la meditación y la contemplación es el más acrisolador, es de igual manera el que requiere de más valor para emprender. Es un sendero en el que tienes que darle la espalda al mundo entero, donde te encuentras solo y tienes que aprender a morir a todas tus memorias, vivencias y conocimientos para refrescarte segundo a segundo en la sabiduría de cada momento. Es un camino en el que la frustración de no contar con respuestas puede ser aterradora y te hace sentir por momentos que estas creando una nueva ilusión.

Es muy difícil encontrar la gallardía y, sobre todo, la sabiduría para dejar a un lado a todo tipo de sistemas, maestros, textos, consejos, pensamientos, y experiencias para encontrarte completamente solo y aislado donde tu único aliado es la respiración. Aparte de esto, es un río en el que tienes que atreverte a nadar contra corriente, solo. Todos te van a cuestionar y pocos te van a apoyar, no porque no quieran, si no porque es imposible hablar de la belleza de la música de Vivaldi con un sordo.

La vida de un místico muchas veces puede parecer placentera, simplista, y cómoda, pero es todo lo contrario. Para el místico dios, no como imagen, sino como el todo, es lo único que vale la pena hacer y decir en este mundo, es por lo único que vale la pena respirar, y es verdad, muchas veces se tiene que apartar de las distracciones mentales y de las peligrosas impresiones sensoriales que nos alejan de la divinidad. Sin embargo, en el momento adecuado y de diferentes maneras (ya que cada quien tiene un recorrido distinto), se dedicara a compartir ese amor que nos une.

Me gustaría también mencionar que el camino de la contemplación puede ser un laberinto sin salida ya que el ego espiritual está siempre acechando y es el más peligroso. Te puede hacer creer más santo, más noble, y mejor que los demás. Te hace perderte nuevamente en la arrogancia al pensar que tienes la obligación y el derecho de enseñar lo que es verdad, que eres un ser especial con poderes o dones únicos, y que tienes una conexión privilegiada con dios. Lamentablemente muchos toman este tentador camino, se convierten en gurús por razones equivocadas, se sienten poseedores de verdades que pertenecen al universo, buscan hacer dinero con el sufrimiento de las personas, se visten de manera extravagante para llamar la atención, ponen sus imágenes en todas partes para ser reconocidos, les gusta expresarse de manera excéntrica para mostrar que son seres «de luz», su orgullo se alimenta ante las genuflexiones y reverencias de los seguidores, y al final el ego espiritual los hace convertirse en artistas que dominan el circo estrafalario y atractivo que promete la iluminación y el despertar espiritual, de la misma manera que las religiones prometen el cielo. Una sincera y humilde intención de compartir la divinidad y el amor que es ya parte de nosotros es lo único que nos puede rescatar de caer en este juego.

El tercer camino espiritual que no conozco personalmente pero que he podido admirar en distintos seres humanos es, en los ojos de Alfredo Velázquez, el más sublime, el más honesto, el más puro, y el que merece toda nuestra admiración. Este camino pertenece a las personas que muchas veces llamamos ignorantes, a las personas que se dedican a compartir no solo lo que tienen sino lo que no tienen, que se dedican a hacer el bien sin esperar nada a cambio, que han encontrado sin darse cuenta su naturaleza y esencia compasiva sin necesidad de dioses ni meditación. Las personas que son parte de este sendero que nos une como humanidad, casi siempre pasan desapercibidas y son las menos importantes en el mundo en que vivimos.

Esta mas allá de mi capacidad comprensiva el entender y plasmar en palabras la gracia que ha tocado a este tipo de personas. Esta gente ha encontrado la verdadera simpleza que busca el monje a través de votos y austeridades, la simpleza de mente que el monje muchas veces cree encontrar en la simpleza de los bienes materiales, esta simpleza que consiste en encontrar la divinidad y regocijar en las cosas mas sencillas del mundo como el canto del pájaro, el caminar de las hormigas, y el germinar de las semillas. La humildad y la bondad de este tipo de personas hace que tu ego se desmorone al estar junto a ellos y te permite sentirte libre y autentico por unos instantes.

Las personas que siguen este tercer camino espiritual, que no se cómo llamar, porque no tiene nombre, porque pocos lo reconocen, viven y sienten a la humanidad entera como parte de sí, y saben que aislarse como individuos es tan ficticio como la ola que se cree separada del mar. Estos verdaderos maestros espirituales solo se dedican a dar lo mejor de si al mundo y permanecen bondadosos y compasivos sin importar la fortuna o el infortunio económico que exista en sus vidas. Creo que este tercer camino es el que mejor resume y ejemplifica lo que se debería de significar, no en diccionarios, sino en nuestra vida cotidiana la palabra «espiritualidad».

Al final, todos los ríos desembocan en el inmenso océano, y seguiremos siendo agua.