Querida E

Quisiera convencerme a mí mismo que todo esto es cuestión de un cambio fortuito. Quisiera darle todo el mérito a la magia, a lo casual e inesperado. Que todo esto empezara por: «Hoy desperté listo. Me miré al espejo y tenía todo claro, me sentía seguro para darle un rumbo distinto…». Pero no.

Realmente ha sido una cuestión de tiempo. No sé cuánto exactamente, porque también me da miedo ser consiente de ello a cabalidad. Pero sé que a requerido esperar más de lo que yo mismo hubiese querido.

Sin más, hoy me armo de valor y reconozco que te debo y quiero dejar ir, a ti y a lo que quieras quedarte de mí.

Han sido muchos años, más de los que una pareja convencional de hoy en día puede aspirar a llevar tras de sí. Al mismo tiempo, ha parecido muy corto: estábamos seguros de querer más, lo queríamos de esa forma.

Ya. Por respeto a ello, a ti, a nosotros, es que ahora me permito entender que difícilmente podrá escribirse algo más, algo determinante, sea bueno o malo, en esta historia nuestra. Parece ser que ha quedado una hoja en blanco y esta no quisiera ser escrita.

De más está decir que te agradezco. Estarás en mi corazón por todo lo que diste e hiciste por mí siempre, incluso habiendo pasado el final de nuestra relación. También agradezco los pequeños y sutiles empujones al vacío.

Compartimos mucho. No es que ahora me sea más fácil olvidarte ni que te proponga que tú me olvides. De mi parte, sólo es cuestión de mantenerte ahí: como una gran etapa que tuvo que quedarse en los años que nos tocó compartir.

Por último, te pido que te cuides. Que mantengas vivos tus sueños y metas porque no habrá motor más potente y poderoso que estos cuando todo lo demás parezca estar en el carajo.

Tampoco me engaño. Difícilmente leerás esto y está bien. No es necesario que así sea porque nuestra lejanía y lento desapego silencioso tienen implícitos todos los motivos y razones, promesas y últimas peticiones que podríamos hacernos.

Mientras tanto, aquí y adónde vaya, muchas cosas van cambiando.