Foto que se halló en el cadáver de un soldado Alemán abatido en 1943. Representa la ejecución de un prisionero judío en Vinnitsa en Ucrania

¿Quiénes son los asesinos?

El mundo es cada vez más peligroso. La falsa sensación de seguridad en la que vivimos se desmorona ante la violencia de psicópatas, organizaciones terroristas y criminales de variada ralea. La cuestión es: ¿Realmente son distintos unos de otros? ¿Es algo nuevo, o simplemente somos incapaces de identificar el origen de algo que ya estaba aquí pero a lo que no sabemos o no queremos enfrentarnos?

Somos una civilización débil, débil y en decadencia, qué duda cabe. Una de las principales características de las culturas enfermas es la tendencia neurótica a traducir la realidad en argumentos rebuscados que finalmente terminen por funcionar como un bálsamo para nuestros temores. Y miedo tenemos mucho. Existir con fecha de caducidad cierta pero desconocida nos lleva a caminar por la vida con miedo. Nadie es ni más culpable ni más débil por ello. Como si la culpabilidad o la debilidad fueran aspectos o facultades reales con las que nacemos y no espejismos o condicionamientos que nos son impuestos.

Para un mundo, el europeo, en el que la evidencia de la muerte, tras una desesperada lucha por parte del sistema para alejarla, se ha convertido en algo casi inofensivo, las catástrofes de los últimos meses resultan indigeribles. Y aquí una puntualización: al utilizar el término “sistema” no deseo denunciar en clave conspiranoica una suerte de estructura oculta con pretensiones de dominar nuestro destino, simplemente servirme de una forma abreviada para describir la muy visible y perceptible imagen de la mecánica neoliberal que configuran los medios de consumo de masas en nuestra sociedad. Las ideologías que bucean por debajo sí son menos tangibles y se aproximarían a esa especie de espectro, pero no nos vamos a poner aquí a elucubrar con sus propiedades y funcionamiento.

Que un copiloto estrelle adrede el aparato que tripula y asesine despiadadamente a todos los pasajeros es un golpe cuya herida difícilmente cicatriza en nuestra piel. Como el herido de muerte que intenta practicarse a sí mismo la operación descabellada que le rescate a las garras de la muerte, nuestra mente, la mente colectiva en la que, cada vez más, nos hallamos sumergidos, se dispara en un tropel de explicaciones. De ese modo tratamos de entender cómo de súbito unas chicas nacidas en un país europeo, educadas en la escuela de valores europea y cuya juventud ha transcurrido en una de las democracias más liberales y sólidas del mundo, decidan marcharse a un lugar lejano y desconocido, en medio de una guerra que persigue instaurar un régimen que lo primero que hará, de lograr el poder, es conculcar todos sus derechos y reducirlas a una condición que en nada puede diferenciarse de la esclavitud. De los yihadistas de Barcelona la mayoría eran nacidos y educados en España, deseaban, y sin duda lo hubiesen hecho, degollar a una persona ante una cámara. Uno de los cabecillas a guisa de currículum de terror, sólo podía exhibir sus habilidades de estilista. Digo esto para dejar claro que no nos hallamos precisamente ante elementos cuya infancia alienada por la cruel experiencia de una guerra halla desembocado en una adolescencia turbulenta entre granadas de mano, explosiones, ejecuciones y represión. Al contrario es muy posible, si no del todo probable, que las únicas metralletas que haya visto sean las del Call of Duty y las películas de Rambo.

El fondo de la cuestión es que naufragamos en una superabundancia de reflexiones, de racionalismos, de esos bálsamos de los que hablábamos al principio. Inmediatamente los medios se atragantan con toneladas de informes, de opiniones, de hipótesis. Queremos saber las causas y términos como narcisismo maligno, fundamentalismo, desarraigo, desestructuración social, violencia paranoide nos tranquilizan pues nos proporcionan la posibilidad de localizar el origen del terror. Sin embargo conocer la causa aunque ayude, no sirve para atajar el mal si no se toman medidas adecuadas y estas requieren una comprensión más profunda, que como la mayoría de las profundizaciones finalmente conduce a una conclusión bastante más sencilla. De ahí la imposibilidad para pasar a la acción. Nos resistimos a lo sencillo pues necesitamos que la ley por la que sufrimos tamañas desgracias sea compleja, sea difícil,… nos merecemos que así sea. No aceptamos ser destruidos por un móvil baladí.

Pero regresando a los protagonistas y actores de estas catástrofes, explicar precisamente que en el seno de una sociedad y una época que se caracteriza por proclamarse a los cuatro vientos cúspide del progreso humano se den de repente estas perlas es algo que hacemos entonando el mea culpa de las ciencias humanas, recurriendo muy especialmente a la Psicología y Sociología. Decimos que si uno era un narcisista, cuyo ego frustrado por sucesivas decepciones infringidas a lo largo de su vida gracias a la intransigencia de su entorno desembocaron en un perfil asesino. De los otros comentamos que es lógico, puesto que el desarraigo social fomenta que el fundamentalismo islámico del salafismo los atraiga a sí, llevándoles de la mano a realizar los crímenes más horrendos. Que una joven desorientada por la inmadurez de su edad puede confundir la violencia sin sentido con el atractivo de la épica heroica, lo achacamos a las posibilidades de seducción que supone una desconocida aventura como alternativa a la anodina adolescencia en una sociedad sin grandes expectativas. Y, de esa manera, negamos. Nos negamos a admitir que en este tiempo del fin de los tiempos, en esta historia del fin de la historia, en esta época del fin de las ideologías, en esta meta del progreso y la justicia a la que hemos llegado exista el mal. El mal es algo que suena a medieval. A religioso. A mito. Quizás sea porque nuestro siglo del progreso y de las luces es el que con mayor lujo de detalles ha ilustrado dicho concepto en un diccionario contemporáneo cargado de ejemplos ya sea el holocausto, la bomba atómica, la guerra de Yugoslavia o el presente conflicto del Congo del que nadie parece querer hablar, pero que ya cuenta con el dudoso honor de ocupar el segundo puesto en el ranking de conflagraciones bélicos con más víctimas después de la segunda guerra mundial.

De apuntar nuestra flecha al mencionado fin de las ideologías daremos tal vez con la clave del mal moderno que, como un vampiro, precisa que nadie conozca su existencia para sobrevivir o continuar no muriendo. Cuando más se pregona su extinción, la de las ideologías, más se implementan estas. Acaso no tuvieran otra razón en común estas personas que no fuese la búsqueda de una. Cuando se persigue una ideología es para contraponerla a otra como principio de identidad. Hoy en día es difícil por no decir imposible no sentirse desbordado por la ideología de la supuesta libertad que no lo es, por la ideología del goce de los bienes de la globalización de los que uno en realidad no goza sin que le hagan prisionero, por la ideología de la democracia para unos pero no para otros. La crisis que ha venido para quedarse no es económica, es la crisis que surge de la tensión entre el individuo y el mundo global que amenaza con diseñar una realidad uniforme en la que cada uno encuentre prefigurado su lugar en la vida, sin posibilidad ni margen a la decisión individual. Una especia de soma catárquico que uno puede aceptar libando el loto que conduce al sueño y al olvido o contra el que es posible resistirse. La resistencia se ejerce en el límite, pero hallar este linde es difícil, casi una empresa imposible. El problema es que la mayoría de los caminos que dicen conducir al límite desde el que ejercer el uso de la propia identidad, del yo, son senderos tortuosos que no llevan a lugar alguno y en cuyo trazado acecha el mal. Si algo podemos destacar, por mucho que se nos quiera convencer de lo contrario, como denominador común a todas estas personas era que o bien no eran muy maduras, o no estaban muy cuerdas o no eran excesivamente inteligentes. Eso las hacía vulnerables a la seducción del límite. Ese límite oscuro donde se subliman todas las frustraciones, todas las vejaciones y el ninguneo al que uno se cree sometido, por medio de la destrucción del otro. Ese otro al que no se puede dotar de rostro puede ser cualquiera.

Cuando en 1948 se celebraron los juicios de Nüremberg lo que más sorprendió a jueces, abogados y periodistas fue constatar la evidencia de que el terrible genocidio llevado a cabo por el régimen Nazi había sido obra de toda una sociedad. Desde el General de las SS hasta el humilde panadero de barrio, todos habían colaborado, salvo rarísimas excepciones, en el sistemático asesinato de una serie de colectivos humanos: judíos, polacos, homosexuales o gitanos. No existía por aquellos tiempos en Europa algo parecido a la amenaza de un fundamentalismo islámico asesino, lo que si se daba era una lucha de ideologías similar a una confrontación religiosa medieval. Cada uno tomó sus posiciones. Probablemente, aunque creyeran lo contrario, a la hora de sublimar en un ritual de violencia su búsqueda de límites la víctima daba igual. Lo mismo dan judíos, homosexuales, cristianos, pasajeros de un avión, coptos, blancos, negros… para la búsqueda del límite prohibido, el jugoso mal que seduce al espíritu poco elevado, a la mente obtusa y obcecada, a la brutalidad netamente humana que anida en las naturalezas más bajas.

Hace poco un voluntario que había ido a luchar en las filas de los independentistas pro-rusos en las regiones del Donbass declaraba tras su regreso a España que se sentía orgulloso de haber participado en la lucha contra el fascismo. Por aquí ya empezaba la recuperación de un discurso, pero hasta este momento, al menos desde su punto de vista, revestía cierta lógica. Sin embargo a continuación la homilía subía de tono y se lanzaba por derroteros que como poco podrían calificarse de surrealistas. No solo decía pertenecer a una extensión de las brigadas internacionales que combatieran en defensa de la República durante la guerra civil española, sino que equiparaba su gesta a la heroica defensa de Stalingrado por parte del ejército Rojo. Pareciéndole insuficiente la magnitud de la confrontación a nivel de universales ya fueran ideologías, nacionalidades, épocas históricas…etc, afirmaba orgulloso que en aquel lugar habían unido fuerzas, para convertirlo en tumba del fascismo internacional, tanto Comunistas como Neonazis. Ante la perplejidad del entrevistador recalcaba este último punto sin que le temblara el pulso, defendiendo aquel Stalingrado, donde los comunistas (de tomarnos a Vladimir Putin como tal, habría que preguntarle a la iglesia ortodoxa, uno de sus principales apoyos, qué opina) los neonazis (si no recuerdo mal ¿acaso no eran los abuelos de estos los que quedaron cercados en Stalingrado por el ejército rojo?) desfilaban cogiditos de la mano para derrotar al fascismo internacional, del cual los mencionados neonazis no sabían ni tenían nada que decir. Por no ahondar en los detalles de semejante incoherencia, pues para los nazis como para los neonazis los eslavos eran y son seres inferiores y el comunismo la expresión de la barbarie asiática que es menester aniquilar, lo que destierra a la región de lo absurdo y lo imperdonablemente estúpido la idea de un comunista luchando codo con codo con un neonazi, por más señas ruso y por tanto eslavo, concluiremos que hemos tropezado con el hueco vacío donde anida el mal. Espacio y vórtice de succión que se nutre de las miserias humanas.

Tanto nuestro peluquero salafista degollador, como el copiloto asesino o el comandante del Einsatzgruppen no son sino piezas intercambiables de un mismo rompecabezas, en el que, con solo modificarles los apéndices de la ficha, encajarán a la perfección. Que a nadie le extrañe que a ninguno de ellos les importe morir o incluso acaben suicidándose con sus víctimas, puesto que en última instancia la finalidad que el mal persigue no es otra que la destrucción total.