Redención
Todos los faros tienen nombre, sabías?
Todo era claro ahora, sabía exactamente lo que tenía que hacer. Tuvo la oportunidad de cambiar el destino, sí la tuvo, claramente en sus manos estuvo el poder de escoger. Elegir otro camino que lo hubiera llevado a un destino diferente quizá. Pero era tarde, lo hecho, hecho está. Seguía subiendo pesadamente las escaleras hasta llegar al último piso.
Una puerta de metal roja le impedía el paso a la azotea, pero comprobó rápidamente que estaba sin seguro. Sus ojos se entornaron al pasar de la penumbra de las gradas a la azotea iluminada por un sol brillante suspendido sobre un cielo azul.
Caminó unos pasos afuera, no había un alma. Era como si el mundo dejara de girar y el tiempo se detuviera. Ni pájaros volando, ni autos en la calle, ni siquiera brisa. Le parecía estar dentro de un cuadro lleno de colores que contrastaba con esa profunda tristeza que le oprimía el corazón.
Se adelantó al borde y miró a lo lejos. Le devolvió la mirada a ese mundo que tanto le había dado, pero tanto le había quitado también. El mundo que él conocía estaba allí y ahora, al borde de ese edificio de ocho pisos, perdía su brillo y su color. Lentamente se afianzó en la baranda, incorporándose sobre la misma. Tan solo unos centímetros lo separaban del abismo. Había llegado la hora. Cerró los ojos y extendió las manos hacia el cielo.
Hace unos cuantos años había conocido a Raquel. La chica flacucha, de ojos grandes que muy pocos hubieran considerado atractiva. Ella trabajaba en un café cercano a su apartamento y siempre le atendía con una sonrisa. Él, un joven economista con muchas ilusiones y poco dinero. El tiempo hizo lo suyo, acortando lentamente las distancias un café a la vez, pasando de los “buenos días” cortés al saludo de amigos y más tarde a su primera cita. ¿Cómo olvidarla? Los nervios eran latentes en ambos, pese a su frugal salario pudo costearse una cena decente en un restaurante italiano. No recordaba detalles de la comida, ni el vino, ni la música, pero recordaba perfectamente la sonrisa radiante y las mariposas en el estómago. Tiempo después estaría poniéndole un humilde anillo de compromiso a Raquel en el anular de su mano izquierda, siendo éste contestado con un “Sí” y aquella sonrisa franca de dientes blancos que él adoraba.
Los primeros años fueron difíciles, porque no tenían mucho. Un apartamento de un cuarto, apenas para comer y ambos trabajando, pero recordaba ese tiempo como el que más unidos estaban. El mundo era hostil pero se tenían el uno al otro y eso bastaba. Raquel quedó embarazada muy pronto y aunque no tenían idea de cómo mantener un bebé, no cabían en sí de contento.
Nico nació un caliente día de abril, completamente sano llenando de felicidad el humilde hogar. Estaba completo. Fue para esta época que la diosa Fortuna empezó a sonreírles, abriendo una plaza de jefatura en su trabajo que le dieron inmediatamente. Los problemas de dinero se cambiaron por escasez de tiempo. Profesionalmente viento en popa, pero a un costo de trabajar jornadas de 12 horas. Veía a Nico ya dormido en la noche y salía de casa antes de que despertara. No recordaba mucho de su primer año.
Sentía que algo no calzaba bien. Sí, se habían mudado a una casita bonita y sin pretensiones, pero cómoda en un barrio bueno. Tenían auto y no faltaba nada en casa, excepto él. Raquel empezó a ponerse distante, concentrándose en su tarea de cuidar de Nico. Incontables veces llegó a casa para encontrarse a ambos acurrucados en la cama abrazados, profundamente dormidos. El cerraba la puerta quedamente y se iba a dormir a la otra habitación.
Sintió voces de la calle que le gritaban. Un pequeño grupo de mirones se había congregado abajo y le decían que no se lanzara. Pronto llegó una patrulla de la que bajaron varios oficiales y un sacerdote. Le quedaba poco tiempo para tomar su decisión.
Luego de algunos años de trabajo incesante y distancia emocional con su familia fue que empezó a notar que él ya no formaba parte de la vida de ellos. Nico estaba en la escuela y ni se molestaba en mostrarle sus calificaciones o contarle sus aventuras. Su esposa, Raquel, le hablaba en un tono neutral para comunicarle secamente las novedades de la casa. Su rutina no daba cabida a nada que no fuera su trabajo. Esa noche tuvo una discusión fuerte con su mujer, que Nico presenció a escondidas. Fueron sus sollozos los que hicieron parar el pleito de ambos. Salió de casa sin rumbo, caminando. Llovía a cántaros y su sobretodo empezaba a empaparse cuando vio a lo lejos una luz. Era la pequeña iglesia de la comunidad que a esas horas estaría cerrada pero al menos podría esperar que pasara a lluvia en el pórtico. Una vez bajo techo, se sentó a esperar. A meditar en lo que su vida se había convertido.
Estaba ensimismado cuando sintió una mano en su hombro, era el padre Carlos. Un viejito encorvado que hablaba muy quedo, pero siempre le había atraído su manera de transmitir los sermones, sacando el mensaje principal y haciéndolo vigente a la vida moderna y los problemas modernos.
-Hijo mío, ¿qué haces por aquí a estas horas? ¿Y con este clima?
-Buenas Padre, en realidad no lo sé muy bien
El padre Carlos se sentó a su lado y suspiró hondamente.
-¡Uno de esos días! dijo el anciano sonriendo
-Puede decirse
-Pues ya que Dios te trajo aquí, hay que hacer algo al respecto. Entremos, está más seco adentro
La iglesia vacía pero iluminada se veía mucho más grande. El padre escanció dos vasos de vino de comunión. Al ver su cara incrédula simplemente guiñó un ojo apuntando que no era vino de eucaristía y nadie lo iba a echar de menos.
Se sentaron en una de las bancas y sin pensarlo siquiera las palabras comenzaron a fluir. El padre, dándose cuenta de la situación, como alguien que ha escuchado el cuento mil veces, luego de escuchar por espacio de una hora, simplemente sonrió y dijo:
-Hijo, ¿sabías que a los faros los bautizan con un nombre?
-¿Cómo dijo? Preguntó, creyendo no haber entendido
-Sí, tal como lo oyes. A los faros los bautizan, cada uno tiene su nombre. Lo hacen así desde tiempos inmemoriales porque los faros son las luces que guían a las embarcaciones en días de tormenta. Cada faro está en un lugar específico y los marineros saben dónde está cada uno. Así es como se guían en la tempestad
-No lo sabía, dijo
-Sin los faros, no habría manera de acercarse al puerto y los barcos se verían obligados a quedarse lejos a merced de los elementos, poniendo en peligro a todos, continuó el padre Carlos
-En la vida hay muchas vueltas e intersecciones. Momentos difíciles y decisiones que tomar. Todos estamos en una lucha constante siempre y eso es bueno. Nos mantiene vivos. El problema es cuando luchamos sin cesar pero no sabemos cuáles son nuestros faros. Son aquellas personas o cosas, que están con nosotros que no se mueven y nos guían a buen puerto. Todo eso por lo cual luchamos
-¿Usted quiere decir la familia?
-Bueno, cada uno tiene los propios. Puede ser una creencia, un valor, un llamado a servir a los demás, un libro, puede ser una canción, puede ser una persona. Es todo aquello por lo cual riges tu vida y no es negociable. Es el centro alrededor del cual todo lo demás gira. La gente que no tiene faros, simplemente se “pierde” en el camino
-¿Me quiere decir que ando “perdido”? dijo él
-No lo sé, eso es algo que vos mismo debes decidir. Y si lo estás, no queda de otra que encontrar tus faros de nuevo, replicó sonriente
Una vez fuera de la iglesia, las ideas le zumbaban por la cabeza. De hecho había perdido de vista los faros. Recordaba los tiempos felices en los que había era una Raquel y un Nico y nada de dinero. ¡Ahora era al revés! Cavilaba en esto cuando notó que al frente de mi casa había dos oficiales de policía.
-Señor, acompáñenos por favor, hubo un accidente.
Al pasar las horas y no volver a casa, su esposa e hijo habían salido en auto a buscarlo temiendo que algo le hubiera pasado. El aguacero torrencial impidió que vieran una luz roja y un conductor que venía muy rápido los embistió de lado. Ambos murieron instantáneamente.
Recordar eso dolía mucho, lo devolvió de pronto a la azotea y su dilema.
Ahora él estaba ante una encrucijada más. Todo se reducía a un paso, que de darlo hacia adelante lo esperaban los dos amores de su vida pero implicaba darse por vencido, acabar con todo. Dando el paso hacia atrás estaba una vida dura sin su mujer y su hijo, sin promesas más que la de seguir viviendo. Sin garantías.
La gente de la calle se impacientaba y la policía acordonaba el sitio. Algunos ya estaban subiendo para intentar detenerlo. Era ahora o nunca.
Ahora al menos tenía claro cuál era su faro, que fue lo más importante en su vida y como se “perdió” de camino. Sabía el valor de una sonrisa, un “Sí, acepto”, sentir la suave piel de un hijo contra el pecho. No hay dinero que pague eso, ni lo habrá nunca. El trabajo debe ser parte de la vida, no toda ella. La vida sigue ahí, está sucediendo mientras sigues preocupado por nimiedades del día a día. Nos llama a gritos pero muchas veces decidimos no escuchar. Una lágrima corría por su mejilla.
Respiró hondo, apretó los puños y dio el paso que hacía falta. Sintió el vacío por un segundo y luego las piedras de la azotea cuando caía de espaldas. Casi pudo ver a su mujer y su hijo que le sonreían desde un faro por haber decidido continuar viviendo y posponer su reencuentro por un tiempo.