Reiniciando

Al principio fue la palabra

Cuando fuimos ‘jevis’
La razón de ser de esta historia no está en sus personajes. No obstante, les ruego que no pierdan detalle para que, si quieren juzgar, lo hagan con elementos de juicio: palabras.

El día era claro como mis ideas. Me había despejado de un montón de pensamientos automáticos y el cielo volvía a ser azul en mi mente. Con esa disposición reanudé las llamadas. Envuelto en miríadas de dígitos, el código PIN era desentrañado después de millones de meses. Salía al fin del cascarón.

Me encontraba en el pueblo, el escenario de media infancia. Resulta curioso mirar las cosas después de la muerte en vida: las casas siguen en las calles, pero con colores diferentes, algunas con más desconchones y con parras más crecidas, el mismo aroma a humo de chimenea en otoño. Son calles vacías de lunes a viernes, ideal para comenzar de nuevo. Entre semana, excedente, vacío mis bolsillos del pasado reciente mientras revivo la mitad de mi niñez. Encuentro carreras y risas sobre la barbacana, doblo hacia la iglesia y creo ver a media parroquia emperifollada saliendo de misa hacia el aperitivo. Apenas me vi en esas, por mi descreimiento, pero esos personajes pululaban, y más que yo; acaso era yo el extraño, a quien mis amigos llamaban mormón por no ir a misa —¡qué cosas!—. Mas nunca dejé de ser uno más; un chiquillo secuestrado por el grupo de colegas, enfrascados siempre en la idea siguiente, sin agenda, pero sin pausa. Con apenas tiempo de parar en casa, callejeros de pueblo, inspeccionando la chasca, preparando excursiones a las fuentes, con algún melonar a la vista (o tomateras), ingeniando experimentos mecánicos para arrancar un coche dao de baja o un dúmper. Mi padre me advertía de que eran mayores que yo y que me podían hacer trampas. Yo le replicaba: «No me importa, solo quiero jugar; me lo paso bien con ellos». Y es que dos años de diferencia en la segunda infancia apenas dejaron de serlo en la adolescencia, cuando los experimentos pasaron a ser eléctricos (luces, altavoces y amplis) o bioquímicos (alcohol); bagatelas una vez que empezamos a conducir por los caminos coches daos de baja. Imborrables mis cuatro vueltas de campana con aquel erreocho tracción trasera al que metíamos las marchas a capón. En fin, éramos tan iguales, que tardamos años en darnos cuenta de nuestras diferencias.

Me acuerdo sonriendo de la inmersión lingüística que tenía lugar en las vacaciones estivales. De vuelta a la ciudad se había hecho más patente, como de sopetón, como si viniera de otro país. Aún me pregunto si efectivamente hay personas con dos códigos en el sentido empleado por la Teoría de la Diferencia. Es posible que me enriqueciera culturalmente. Sin remontarme muy atrás, puedo recordar alguna conversación con mi amigo Luis, ya treintañeros ambos: «Aquistoy, atrovinao. Esperando a la Mari. Está con la niña, vistiéndola pa salir. ¿Qué pasa, no salistiisayer? ¿Os quedastisen casita detranquis? Nosotros tampoco salimos; estuvimos cenando gachas — ¡ja, ja, ja, ja! — . Estuvimos descansando; yostabechopolvo desta semana. ¡Macho!, tenemos quequedar, cacemucho que no salimos. ElArman me dijo que estuvieron Conchiyel en el sitio este. Dice questá de puta madre, que se come guay. Osinó podemos quedarun día con tosestos. Espera, via escarrizar un poco, questo seapaga». Cuya traducción sería esta: «Aquí estoy, tirado (o sentado). Esperando a Mari. Está con la niña, vistiéndola para salir. ¿Qué pasa, no salisteis ayer? ¿Os quedasteis en casita tranquilos? Nosotros tampoco salimos; estuvimos cenando gachas —¡ja, ja, ja, ja!—. Estuvimos descansando; yo estaba hecho polvo de esta semana. ¡Macho!, tenemos que quedar, que hace mucho que no salimos. Armando me dijo que estuvieron Conchi y él en el sitio este. Dice que está de puta madre, que se come bien. O, si no, podemos quedar un día con todos estos. Espera, voy a mover las ascuas un poco, que esto se apaga». Me encanta ese habla coloquial: por la frecuencia de enlace de palabras, por la ausencia de cultismos, por las construcciones gramaticales sencillas, por la aspiración de los fonemas consonánticos al final de palabra, por la expresividad de los tacos, por la utilización de retruécanos íntimos, por no hacer explícitos algunos referentes… Todo ello cargado con una entonación muy enfática. Conviene que el lector sepa que Luis es un tipo que ha vivido en el pueblo toda su vida, aunque desde su infancia ha repartido su residencia con Guadalajara capital. En cierto modo, se puede decir que tiene apego a sus raíces rurales, aunque con cierta influencia de su contacto con la realidad lingüística de la capital de provincia. Es por ello que su código no difiere demasiado del utilizado en la capital, y en buena parte de la Meseta castellana, salvo las particularidades mencionadas y la característica entonación de la provincia de Guadalajara, especialmente en las interrogaciones. De todas formas, Luis utiliza este código «provincial» de forma exagerada, como si tratara de reivindicar su procedencia cultural y mantenerla a salvo. De ahí que sea muy observador y que rescate palabras que ha oído en el pueblo a los mayores. Así se explica que sea muy amigo de jactarse de su uso y al mismo tiempo tienda a caricaturizar a quienes lo han dicho antes que él. Por eso le hace gracia el término gachas (y su significado), puesto que en absoluto él se pasaría una vida comiendo a base de gachas, como, por otra parte, cuentan los viejos que hacían en la posguerra. Esto también le ha animado en muchas ocasiones a ser creativo con el lenguaje en general. Por ejemplo, a los mosquitos los nombra como «Malcolm-X». Esta es la explicación: en el pueblo se denomina ventanés al mosquito de grandes dimensiones; como la ventana se asemeja al balcón en cuanto que ambos permiten la comunicación con el exterior de la vivienda, de ventanés se pasa a balconés, y por semejanza fonética (quizá de algún oyente que los confundiera) malconex, hasta su asociación semántica con la denominación del líder negro Malcolm-X. No me digan que no añorarían estos momentos estelares con un código coloquial abierto especialmente al vocabulario rural, dentro de la variedad diatópica de la Alcarria.

En el lenguaje verbal está parte de la idea, pero solo parte. Lo otro no trasciende hasta que nos damos de bruces con las restricciones e imposiciones reales de la adultez. Donde las marcas familiares de cada cual se hacen notar, cuando uno cae en la cuenta de que no es totalmente genuino y ni siquiera tan afín a sus amigos como lo es a la cultura familiar de la que proviene. Permanece la empatía por lo mejor de cada cual, pero afloran distancias en el modo de ver las cosas. ¿Ideología? Quizás, pero no sólo eso: caminos que divergen sin nombre. A veces son discusiones bizantinas, como las de siempre, y con el resultado de siempre: el afán de vencer sin convencer. Otras veces son los compromisos heredados: porque no siempre vienen bien las quedadas, por ejemplo. ¡Y qué diantres! Que al final cada cual tira por caminos diferentes y no siempre se cruzan, y, si se cruzan, no siempre es en sincronía.

Y ahí me encontraba; tratando de acompasarme a los años perdidos sin los amigos de la infancia. Años ganados en otros lares, por supuesto.

Marqué el número de teléfono:

—¡Qué pasa, torpedo! ¡Que no se te ve el pelo!

—Dando una vuelta por el pueblo. ¿Dónde paras?

—¡Joder! ¡Eso digo yo, macho!

—Con mis cosas —alegué en mi defensa.

—Bueno, ¿y qué tal, hombre?

—Bien, disfrutando de un poco de sosiego, dando un voltio por el pueblo.

—¡Cagüendiez! ¡No habrá ni ratas!

—Ni de dos patas.

—Escucha: Que me he venido a hacer unos papeles a la capital. A ver si me desmierdo y estoy allí pa comer. Si estás poahi, nos tomamos un café.

Seguía como siempre: algo más alto que yo, más tostado por el sol, saludando a voces por la calle… Pero arreglado: sin chándal, con zapatos en lugar de botas desguarnilladas y abrigado en una trenca amarilla albero, que contrastaban con mi chupa vaquera, mis tejanos rotos y mis deportivas de runner de palo. Seguíamos entendiéndonos de maravilla en el código; ninguno amagamos por tocar discrepancias, y pareciera que hubiéramos retrocedido a los debates metafísicos del final de la adolescencia. Aunque embadurnados de la experiencia de zorros viejos, conscientes de que apenas sucedió como entonces habíamos soñado. Quizá mejor, tal vez peor, solo diferente.

No fue el único encuentro, pero me sirvió como inspiración; todo es irreversible, salvo para empezar donde se quiera (o se pueda). Palabras.