Relaciones forzadas
Para mi sorpresa, casi un mes después de aquella fiesta, Alejandro me escribió un mensaje por EasyTalk. Era dulce a través del celular, me gustaba hablar con él, siempre tenía tema y me hacía reír con sus comentaros respetuosos e inteligentes. A medida que pasaron los días nuestras charlas cortas, casuales y simples continuaron, haciéndonos bromas y riéndonos el uno del otro.
Me cuidaba de no demostrarle nada que no debía, de hecho ninguno decía o hacía un gesto para demostrarle al otro si lo atraía o si existía algún nivel mínimo de interés. Pero yo que en tres años no había sentido lo que era que otro hombre estuviera pendiente de mí, ni me había hecho falta, me di cuenta que poco a poco: Alejo empezó a gustarme.
Una noche, mientras me arrunchaba entre las cobijas y escuchaba música en mi iPod, decidí contarle acerca de Juan José y nuestra situación sentimental. Al fin y al cabo Alejandro era mi único amigo hombre en ese momento, virtual, pero amigo. Le conté que hacía meses mi pareja no tenía un detalle conmigo, que lo sentía distante y frío y que de repente había comenzado a verle más defectos que virtudes, lo cual se estaba convirtiendo en un gran problema. Mi situación con Juanjo me preocupaba y no era para menos, había llegado al punto de sentirme como su amiga cuando estábamos solos, algo bastante grave. Necesitaba un consejo masculino.
—Como hombre te lo digo Luchi, tiene otra.
—Obvio no tiene otra, Juan José no es así.
—Lucía los hombres no cambian porque sí. Ni el trabajo, ni el estrés, ni el estudio pueden acabar de la noche a la mañana con el amor de un hombre. Te lo digo yo linda, cuando un hombre ama se entrega con toda, busca, persigue, cansa.
Era verdad, yo misma lo había experimentado en todas mis relaciones y con Juanjo aún más pues siempre se caracterizó por ser de mis novios el más especial, así que luego de dos años de relación y varios meses de dudar comencé a pensar si valía la pena continuar en la cuerda floja.
Se acercaba mi cumpleaños y como todos los años la idea me tenía bastante emocionada. Iba a mencionárselo a Alejo cuando me acordé de mi cumpleaños anterior, motivo de mi segunda ruptura con Juan José, menos dolorosa que la primera pues fui yo quien tomó la decisión. Me había prometido que viajaríamos juntos para celebrarlo pero llegada la fecha no se veía en él ningún interés así que me cansé de insistirle y encontré alguien más con quien viajar, algo que no le gustó mucho pero nuestro distanciamiento me sirvió para pensar las cosas con calma y aceptar que él y yo no teníamos muchas cosas en común, que la mayoría de nuestros intereses no eran los mismos y que mi relación me estaba convirtiendo en una persona que yo no era.
Al regresar como era de esperarse encontré que mi ausencia lo hizo recordar cuanto me quería, pero si quería volver conmigo las cosas tenían que cambiar, así que finalmente le entregué mi pliego de peticiones (bastante largo por cierto) y luego de examinar su ego machista y decidir lo que tenía permitido entregarme, y no muy contento, Juan José no tuvo más remedio que aceptar lo que le estaba pidiendo. Pero ojo, he aquí un error típico femenino, pensar que porque ellos nos «escuchan» y «entienden» van a jugar en nuestro lado de la cancha. Así que al cabo de un tiempo Juan José fue poniendo como excusa mi pliego de peticiones para descuidarme.
—¿No querías más espacio con tus amigos? ¿No querías más tiempo para ti, para tus papás, para salir, más tiempo a solas?
Volcando nuevamente su atención al trabajo y a sí mismo, como me decían mis amigas,
—Te lo tiraste Luchi.
Por pedirle que no fuera tan celoso, que me dejara salir un día a la semana con mis amigas a tomarme algo, que cuando mi mamá quisiera un fin de semana conmigo no se pusiera bravo… en fin, todo en mi contra. Así que esta era otra enseñanza que me dejaba mi relación con él. Me demostraba que a los hombres no se les pueden cambiar las reglas del juego a mitad de la relación porque se victimizan y exageran las situaciones. Prometí que la próxima relación que tuviera no dejaría pasar las cosas que me molestaran y desde el inicio pondría las cartas sobre la mesa y a jugar se dijo.
—De todas maneras linda no entiendo por qué teniendo tantas quejas sigues ahí.
—Porque cuando estás en una relación siempre quieres dar lo mejor de ti, así estés pasando por malos momentos. Cuando me retire quiero sentir que no me hizo falta entregar nada más.
—Igual te vas a acordar de mí, tiene otra.
—¿Y tú Alejo, sales con alguien?
Esa noche analicé con calma la situación por la que estaba pasando con Juanjo y Alejo. Algo era cierto, estaba cansada de entregar, así que dejaría que las cosas fluyeran y se dieran como el tiempo lo decidiera, pues no estaba dispuesta a seguir conquistando, ni persiguiendo, ni forzando. No estaba dispuesta a caer en los mismos errores del pasado en los que como una niña asustada no soltaba un caramelo hasta que no había agarrado ya el otro. Recuerdo que un día Sara, bastante frustrada y preocupada por su situación sentimental, vino a hablar conmigo y me preguntó si yo realmente me había enamorado de todas mis parejas.
—Por supuesto, es más siempre me enamoró más del que siguiente, porque siempre supera al anterior. A ti también te ha pasado sólo que ahora no lo ves.
—Yo he conocido muchos hombres Lucía, hombres que valdrían la pena, pero ninguno ha sido capaz de enamorarme como el anterior.
Mi pobre amiga Sara seguía enfrascada en el recuerdo de lo que fue y ya no será más. Miré nuevamente EasyTalk pero Alejandro no había respondido mi pregunta. Me arriesgue (copia, pegar).
—¿Y tú Alejo, sales con alguien?
—Es una historia muy larga. Solo te puedo decir que no estoy enamorado y que no estoy buscando nada, pero no te niego que la próxima vez que me arriesgue a tener algo con alguien será con una mujer que valga mucho la pena Lucía, alguien con quien pueda compartir mi vida completamente.
—Te entiendo.
—Lucía, sé que estás pasando por un momento raro pero créeme que más temprano que tarde vas a encontrar las respuestas.
—Gracias Alejo, por escucharme y hablar conmigo.
- ¿Tienes miedo linda?
La pregunta de Alejandro me heló el corazón. Sí, tenía miedo y mucho. Mi relación era mi zona de confort, durante años me había dejado convencer que mi pareja era el hombre ideal, el anhelado por cualquier mujer, el hombre soñado, el príncipe azul. ¿Cómo terminar con el príncipe azul? Recordé las palabras de Sara: «yo he conocido muchos hombres Lucía, hombres que valdrían la pena, pero ninguno ha sido capaz de enamorarme como el anterior», y entonces, ¿y si terminaba con él y me pasaba lo mismo que a Sara, si no lograba encontrar ninguno como él, alguien mejor?
—No le temo a nada, que pase lo que tenga que pasar.
—Tienes mucho carácter Lucía y te admiro mucho por eso.
—Créeme Alejandro que siempre he tenido muy claro que si las cosas en una relación no funcionan es mejor pasar la página, no te preocupes por mí. Siempre me he preguntado por qué la vida nos permite a unos amar de más, mientras que a otros pareciera darles el beneficio siempre con los mismos o con unos pocos, no entiendo como las personas se quedan estancadas en relaciones que no funcionan, yo siempre he tenido la ventaja de saber cuándo terminar mis relaciones, cosa que no pasa con algunas de mis amigas.
Tenía que ser sincera conmigo misma, en el fondo yo sabía que mi relación no tenía futuro, sentía que no era una buena idea compartir el resto de mi vida con Juan José y estaba totalmente segura que no éramos compatibles, sin embargo aunque tenía algunas cosas claras en mi corazón, en mi cabeza tenía mucho miedo y eso era algo que necesitaba un poco más de tiempo para madurar.
—¿Vamos a comer un día de estos?
—Claro que sí, avísame con tiempo y cuadramos.
Luego de nuestra charla sobre Juan José, Alejo y yo pasamos tiempo sin hablar, así que aproveché para concentrarme en mí sin distracciones, retomé el gimnasio y me hice varios propósitos femeninos bastante trillados. Al fin y al cabo yo era la única relación que me interesaba forzar.