Ruptura

Micro ficción

Ya no nos queda nada, pero entonces nos quedaba algo.

Allá en aquel café, en una hora que parece más bien inventada, nuestras vidas se cruzaron por última vez. Queda aún una mancha redonda, oscura y seca como un mudo testigo del amor que profesamos. Irregular.

Tus labios temblaban en espasmos que revelaban continuos abortos de palabras hacinándose en tu lengua. Tus mejillas palidecían por momentos y tus ojos, rabiosos soles encendidos, llameaban con dispares emociones.

No dijimos nada cuando pudimos. Lo que quiere decir que no dijimos algo de lo que debíamos. Un deseo egoísta de ser fuertes nos revistió de mala indolencia fingida. Victoria sobre ruinas, triunfo de cobardes.

Un sedimento frío y aciago emergió desde el fondo de tu taza, carcomiendo la delicada espuma blanca, vestigio del capuchino que habías concluido hacía quizá demasiado tiempo. Ambos la miramos. La mesera acudió a nuestro encuentro apurándonos, empujándonos al funesto momento. La cuenta, por favor.

Después de las palabras-espada, no dijimos nada más. No era necesario. Cien pesos: un capuchino, un té y una dona a medio comer. Un sentimiento utilitario me urgió a tomar la pieza de pan y envolverla en una servilleta. Me miraste ensombrecida. Sobre tus párpados trepaban los recuerdos felices de mis manías.

Hechos los menesteres más pueriles con la más lenta de las intenciones, apuramos la puerta, los tres escalones que nos separaban de la acera, el breve suéter para ahuyentar las gripes vespertinas y nos miramos, como se miran dos condenados. Una mueca de sonrisa se reflejó en tus labios. No pude sostenerla. Escuché el marcado paso de tus tacones huir mientras la realidad me consumía. Luego ese intenso dolor que sube desde la boca del estómago y te obliga a doblarte en dos… La esperanza agonizando en cada vaso sanguíneo, en cada nervio.

Ya… ya no nos queda nada… pero en aquél café nos quedaba algo todavía… todavía…