

En 1985, una oscura alianza entre capos de la droga y oficiales del gobierno torturó y mató al agente de la DEA, Enrique Camarena. En esta serie en tres partes, el legendario periodista Charles Bowden finalmente descubre el espantoso misterio tras el asesinato de un héroe.
Por Charles Bowden y Molly Molloy
Ilustraciones de Matt Rota
Capítulo uno
ABSOLUCIÓN
Él se acomoda en la silla de cuero rojo oscuro y se queda mirando a un lado. Habla en voz baja mientras las caras y los gritos emergen desde el pasado. Ahora parece ido a otro lugar. Sus ojos están muy lejos, en Sinaloa, México. El tiroteo ha durado horas, después calcularían que más de veinte mil balas se dispararon.
Un hombre cae.
Se arrastra hasta él.
Él está a salvo ahora, un hombre que habla en voz baja sobre el momento en el que las armas se dispararon. Ahora está en una bonita casa. Por la ventana, los caballos se alimentan junto al pony Shetland que tiene para sus nietos. Cuando alguien salta demasiado rápido de un cadáver de su pasado a otro, dice: «So, pony, so». El gran pura sangre es de 1,72 metros, su cuerpo marrón brilla en su musculatura. A veces, cuando las noches son malas, él va al potrero.
«¿Sabías que duermen de pie? Realmente lo hacen».
Pero los llantos y los gritos no desaparecen. Los juicios no terminan. El hombre en la silla de cuero de repente se arrastra hasta el oficial de la policía federal mexicana. La redada en un rancho de drogas, con la cooperación con la Policía Federal mexicana, descubrió una tonelada de coca y toneladas de mariguana, pero ahora hay tres federales heridos. Hay sangre en las hojas del maíz. Él observa la roja sangre y recuerda las advertencias de su madre. Cuando ella tenía 15 años, su madre la echó de su casa por quedarse embarazada y vivió con los gitanos en México. Ellos le enseñaron a leer el futuro en las palmas, a leer las cartas y a mirar la bola de cristal. Entonces le dice a su hijo, que ahora es un agente de la DEA en México, que ve peligro: hay sangre en el maizal. Es todo lo que puede decir.
Y él lo recuerda mientras se arrastra para llegar al policía federal mexicano herido.


Las cosas se juntan de una forma que es difícil ver al principio. Cuando el tiroteo termina —por la llegada del ejército mexicano tras un retraso de tres horas— Hector Berrellez está vivo. Consigue poner al policía federal a salvo y hace que lo trasladen a un hospital en San Diego. Un hombre llamado Guillermo González Calderoni, un comandante de la Policía Federal mexicana que trabaja a la entera disposición de la élite y realiza sus asesinatos, queda impresionado por estas acciones y se hace amigo de Berrellez. La victoria se celebra por la agencia de Berrellez, la DEA, y pronto estará en Washington recibiendo una medalla impuesta por el fiscal general. Berrellez continúa su tour en México, lo que le lleva a recibir amenazas contra la vida de su familia y la suya propia, por lo que son retirados y traídos de vuelta a los Estados Unidos.
Los altos mandos de Washington piensan en Berrellez cuando la investigación de alto perfil del asesinato de un agente de la DEA llamado Enrique Camarena parece estancarse, y le ponen al cargo. Después de todo, había estado en ese tiroteo y había demostrado en su trabajo que conocía México —¿por qué si no iba a tener amenazas de muerte?— Y cuando su duro trabajo en la investigación de Camarena le lleva de México a Washington, él recibe otro aviso real, uno que no podría descartar: sería mejor retirarse porque su propio gobierno estaba detrás de este asesinato.
El 7 de febrero de 1985, el agente especial Enrique Camarena fue secuestrado en Guadalajara, torturado, y para la mañana del 9 de febrero, asesinado. La investigación inicial llevó a arrestos y condenas en México y Estados Unidos pero nunca se determinó exactamente quien lo mató. O por qué fue asesinado. El 3 de enero de 1989, el agente especial Hector Berrellez fue asignado al caso. Para septiembre de 1989, sabía, por testigos, que la CIA estaba involucrada. En abril de 1994, Berrellez fue retirado del caso. Dos años más tarde se retiró con su carrera en ruinas. En octubre de 2013, hace públicas sus alegaciones sobre la CIA.
La sangre está sobre el maíz.
«Me deprimo cuando hablo sobre el caso de Camarena. No era un héroe en la DEA, quizás pensaron que no jugaba en equipo».
La gran pantalla plana está en blanco de momento. A veces, Berrellez ve las noticias y cosas pero no aguanta una película. Tiene una cinta de correr y una bicicleta estática en el garaje. Él hace pesas. Toma suplementos. Tiene los caballos, planea añadir gallinas a su rancho suburbano. Las alimentará con grano como su abuela hiciera. Plantará un jardín. Las cosas parecerán limpias otra vez.
Berrellez aumenta su nostalgia al recordar la diferencia entre lo que se convirtió y lo que esperaba poder ser.
Nació en el barrio de South Tucson, en Arizona. Su padre pone ladrillos, su madre lee la fortuna. Dos hermanos entraron en agencias del orden público, uno trabaja en la construcción, uno se hizo profesor, y el otro hermano que se metió en la heroína lleva entrando y saliendo de la prisión décadas.
El primer trabajo de Hector fue como policía en un pequeño pueblo. Acaba arrestando personas con las que creció en su vecindario. Alguien en su familia tiene cáncer, o se enganchan a las agujas y de ahí pasan a los robos y al pequeño tráfico de drogas. Hector cree en la ley, pero no es ajeno a las difíciles elecciones que la gente afronta. Avanza a la patrulla de carreteras. Luego a la DEA.
Explica que en la DEA están los trajeados y los pistoleros. Él no es un trajeado.
En Mazatlán, él está trabajando con la policía federal y la DFS, la Dirección Federal de Seguridad de México, una agencia de investigación que sigue los pasos del FBI, preparada por la CIA. Cogen a tres traficantes de droga y vuelan sobre el océano. Hay un rancho lleno de mariguana y los tres saben dónde está. Él piensa que los van a asustar.
Uno de los policías mexicanos dice: «No estamos bromeando. Si no sabes, te vamos a tirar del avión».
Berrellez supone que llevarán a un tío al borde de la puerta abierta y lo asomarán.
El policía se levanta, lleva al prisionero atado hasta la puerta, y lo empuja.
Luego le dice a los otros dos prisioneros: «¿Ustedes quieren “salir” o quieren hablar?»
Los prisioneros dan por perdida la media tonelada.


Berrellez había visto tíos asesinados, pero el lanzamiento del avión fue mucho más frío.
Esta era la DEA que le había formado.
Él no era un trajeado.
Ahora es un mundo diferente. Cuando Berrellez estaba en la DEA, los recién salidos de la academia enseñaban sus armas —«Ey, mira mi Sig, y esta metralleta que me dieron»—. Ahora los tíos salen de la academia fanfarroneando sobre sus portátiles.
«Me encantaba estar encubierto. Me encantaba ser un actor que interpretaba su papel».
Pero luego, algo cambió.
Él dice: «No era un héroe».
En la sala de estar cuelga una pintura al óleo de su fracaso. Es una pintura de su nieto y su hijo, quien se suicidó.
«Pensé que el caso lanzaría mi carrera, pero este la destruyó. Cuando tuve el caso pensé que iba a ser una estrella fugaz. Otros agentes me tenían envidia porque me reunía con el fiscal general».
Se para.
Recuerda escuchar las cintas de la tortura de Camarena una y otra vez, cintas reunidas después del asesinato, que enventualmente pasaron de las autoridades mexicanas a la CIA y después a la DEA.
Algunas líneas resuenan en la cabeza de Berrellez.
Por favor, comandante, no me queme más.
Berrellez me introdujo por primera vez en el caso de Camarena una tarde de 1998, pero insistió en que todo quedará en privado.
Dice: «Tenía mucho miedo».
Dice: «Era un cobarde».
Ahora está listo para hablar.

Capítulo dos
OPERACIÓN LEYENDA
Interrogador:
¡No, no me estás diciendo nada, hijo de puta! (Golpe)
Camarena:
No, eso es lo que estaba leyendo, lo que recuerdo del informe.
El cabecilla de la DEA en 1989 era Jack Lawn; vino del FBI para convertirse en subjefe interino y luego en jefe. Lawn estaba frustrado por la falta de progreso en el caso del asesinato de Camarena. Tras su muerte, Camarena se convirtió en un héroe. Fue condecorado con la Medalla al Honor —la más alta de la DEA— y su fotografía estuvo en la portada de la revista Time. Una conmemoración nacional, la semana del Listón rojo, se estableció en su memoria, y las escuelas del país realizan eventos para advertir a los niños sobre los peligros de la droga.
Berrellez había llamado la atención de sus superiores cuando se le pidió secuestrar a un primo de Rafael Caro Quintero, uno de los fundadores del negocio de las drogas de Guadalajara junto a Miguel Ángel Félix Gallardo. Iba a ser una operación encubierta sin el conocimiento o consentimiento del gobierno mexicano o la de DEA de ciudad de México. Berrellez preparó el secuestro mediante sus contactos en el ejercito mexicano. Pero fue bloqueado por Washington. Berrellez tomó nota de esta intervención de sus superiores. Sus jefes notaron su iniciativa. Luego llegó la llamada de Jack Lawn, jefe de la DEA.
Lawn dijo: «Hector, hemos estado con este caso cuatro años. Necesito testigos que estuvieran realmente en la casa de la tortura. Esa es tu prioridad principal».
Berrellez le cuenta a Lawn que los peces gordos involucrados son agentes federales mexicanos. Dice que ha visto encuentros, por ejemplo, en Mazatlán entre el gobernador de Sinaloa y el traficante El Cochiloco (el cerdo loco), en el que estuvieron asistidos por 20 militares en uniforme más miembros de la policía federal y el DFS.


— Necesito hispanohablantes que hayan trabajado en México y sepan de la cultura y la corrupción.
— Elige tu equipo.
— Necesitaré 20 agentes. Y un presupuesto para soplones de 3 millones de dólares al año.
— ¿Por qué tanto dinero?
— Para poder reclutar generales de la armada, agentes federales y traficantes. Cada que vez que usemos un informante debemos moverlo a los EE. UU., o serán asesinados.
Le dicen que vaya a la oficina de la DEA en Los Angeles para prepararlo todo. Reportará directamente a Washington.
Pronto Berrellez tendrá sus agentes y sus soplones. El primer año excederá su presupuesto de 3 millones de dólares.
«Estaba consiguiendo más información que la CIA».
Él está en racha.

Capítulo tres
TESTIGO EN LA HABITACIÓN DEL ASESINATO
Interrogador:
¡Levántate!
Camarena:
No sé, no sé, no sé.
Interrogador:
¿Quieres que te haga recordar?
Camarena:
¡Ay! ¡Ay!
Mientras el caso se alza desde las sombras en México, Berrellez se apoya en un informante de la DEA, el comandante de la policía del estado de Jalisco, Antonio Gárate Bustamante. Gárate conoce a todo el mundo, especialmente a aquellos en el negocio de la droga. Ernesto Fonseca Carrillo, otro de los fundadores del cartel de Guadalajara, fue el padrino en su boda. Gárate se convierte en una factoría para reclutar testigos en el caso de Camarena.
Pero él no es suficiente. Para conseguir las respuestas que necesita, Berrellez tiene que encontrar personas que estuvieran en la habitación de la tortura, tiene que entrar en el campo del asesinato. Escucha hablar de un hombre que es dueño de una cadena de burdeles en Guadalajara y que regularmente proporciona mujeres en muchas de las fiestas que dan los capos de la droga locales, incluyendo Fonseca Carrillo, Félix Gallardo, Caro Quintero y Manuel Salcido Uzueta, El Cochiloco. Hace que este hombre reclute informantes, como Jorge Godoy, que trabajó para Fonseca Carrillo como guardaespaldas y asistente personal.
Berrellez llama a Godoy desde Los Ángeles. Le pregunta a Godoy si cree en Dios, dice que él es una persona muy creyente y le promete a Godoy que si viene a los Estados Unidos le pagarán y no será arrestado. Godoy viene. Mientras Berrellez le lleva al refugio en Big Bear, en las montañas al este de Los Angeles, Godoy asume que le están llevando al bosque para ejecutarlo. Berrellez trata de calmarlo. Veinte años después, Godoy se estremece mientras recuerda su miedo durante ese viaje.


Godoy es parte de una pequeña tropa de testigos que son mantenidos separados unos de otros y que normalmente no tienen idea de que los otros están ocultos en los EE. UU. y también se han convertido en informantes. Estarán frescos, no tendrán oportunidad de comparar historias. Saben muy poco de la investigación porque esta hace preguntas que poco les importa a ellos. Enrique Camarena era un agente extranjero en su país mentiéndose en sus asuntos. Su tortura no es significativa. En México todo el mundo sabe que si te pilla la policía, vas a ser torturado. Si te pillan los traficantes, vas a ser torturado. Y normalmente la misma persona trabaja para la policía y los traficantes. Godoy es un ejemplo perfecto: es un policía del estado de Jalisco asignado por su comandante a ser el guardaespaldas personal de Ernesto Fonseca. Él está en una misión oficial, en una buena pista de carrera con extras, porque Fonseca es un jefe que se preocupa. Y este agente de la DEA, Enrique Camarena, cayó en su vida como una granada y lo reventó todo.
Berrellez entendió que solo hay una forma de coger a los asesinos reales —los hombres poderosos que viven seguros y ordenan a sus asesinos actuar por ellos— y es mediante personas como Jorge Godoy.
Años después, Godoy se echa hacia delante, su aliento en mi cara, sus ojos saltones.
«Mírame, mira mis ojos», —señala con dos dedos su ojos— «¿parecen los ojos de un hombre que dispara a alguien en la parte de atrás de la cabeza? No, no, yo solo disparo de frente, no por la espalda».
Está de pie, inclinado hacia delante. Esto importa, sea verdad o no. Solo de frente, no por la espalda. Tales afirmaciones permiten a estos hombres aferrarse a un poco de conciencia.
Los informantes, cerca de 200 de ellos, los testigos producidos por los reclutadores que Berrellez pagó en México, son desagradables para la mayoría de la gente porque han tenido carreras fuera del crimen. Y algunos de los testigos clave han matado a ciudadanos americanos sin remordimientos. Los fiscales dudan si poner a un hombre en el estrado que fue parte de un equipo que torturó y asesinó a dos parejas americanas, violando a las mujeres delante de sus maridos primero. Nada de esto es inusual en un sistema de justicia que hace pactos con el diablo cada día.
Berrellez finalmente decide que de esos cientos de informantes quizás 10 puedan ser usados como testigos. Los otros están simplemente demasiado comprometidos para soportar el interrogatorio. El caso se metió en problemas por lo que dijeron los testigos y las personas de las que hablaron.
Llevaron la investigación a aquella habitación en la que Enrique Camarena grita. Porque ellos estuvieron en esa habitación.

Capítulo cuatro
KIKI
Hector Berrellez y Enrique (Kiki) Camarena nunca se vieron en persona, pero se conocían. Hablaron por teléfono sobre algunos casos mutuos; compartían algunas cosas. Ambos eran americanos de acogida que iban a probar que eran rojos, blancos y azules, decididos a alzarse en la nueva DEA. El presidente Richard M. Nixon había declarado la guerra a las drogas, y la agencia creció repentinamente de algunos cientos a algunos miles.
La DEA era la arena perfecta para las ambiciones de los agentes como Berrellez y Camarena. México era natural para ellos por sus habilidades de idioma y porque los agentes anglo difícilmente podrían ir encubiertos. Camarena nació en Mexicali, estuvo dos años en los Marines, trabajó como bombero y policía, y en 1974 se unió a la DEA. En 1980, fue asignado a Guadalajara. En la DEA, un paseo por el extranjero era esencial para avanzar. Su billete estaba marcado.
Kiki Camarena no era un pistolero. Hay normas para los agentes de la DEA en México. Ellos pueden llevar armas, pero sólo durante el día. Y no pueden disparar a no ser que les disparen a ellos. En la primavera de 1984 dos hombres fueron asignados para ayudar en Guadalajara. Ambos fueron advertidos de evitar el restaurante La Langosta, por Camarena y el jefe de la estación. El lugar era conocido por ser un garito de los capos de la droga y era peligroso. Entonces los dos nuevos agentes fueron a La Langosta a almorzar cada día durante un par de semanas, solo para ver si podían provocar un tiroteo con los narcotraficantes.
Camarena era valiente, pero nunca había hecho algo tan estúpido como burlarse de la gente de la droga.
Está a favor de trabajar mucho en la calle, construyendo los casos informador por informador. Descubre que hay una gran plantación de mariguana creciendo en el estado de Zacatecas, esto, en 1984, al mismo tiempo que los Estados Unidos está buscando el éxito de su programa de erradicación de la mariguana en México.
Rafael Caro Quintero, uno de los cabecillas del negocio de Guadalajara, pagó al comandante del ejército mexicano 50 millones de pesos para comprar algunos ranchos y protección. Planea producir en una operación 1,5 toneladas por hectárea, cerca de 2,5 acres. Los supervisores de los ranchos ganan de 290 a 580 dólares al mes, los trabajadores logran triplicar su salario normal. Crecen tres tipos diferentes de mariguana. Camarena empieza lentamente, consiguiendo información y reportando todo en informes internos de la agencia, los DEA-6. Los documentos esos meses primaverales en 1984 relatan interminables detalles sobre la creciente operación de mariguana. Exceptuando la localización real de los campos. Sigue siendo un secreto. Pero esto se sabía: Caro Quintero todavía está en sus 20, y vale posiblemente mil millones; usa dos o tres helicopteros cerca de la frontera para transportar sus cosechas a los Estados Unidos.


Camarena descubre que al menos 10 grupos están metidos en grandes operaciones crecientes, incluyendo una organización que está cultivando 11.250 acres. Los inversores están perforando pozos de agua en todos lados por 100.000 dólares cada uno. Una granja acaba de comprar dieciseis tractores. El informe se convierte en un inventario de campos y equipamientos mientras Camarena registra un boom económico en la tierra, un hervidero de actividad negado por los dos gobiernos. Caro Quintero envía 60 toneladas de fertilizante a sus campos, y muchas AK-47 para proteger la cosecha. Quinientos trabajadores vienen de Culiacán, Sinaloa. El DEA-6 se convierte en listas de nombres, coches y superficies. Una pequeña nota aparece: «Ernesto Fonseca Carrillo tiene una tonelada de cocaína guardada en Caborca, Sonora, México». Las doncellas del hotel El Camino en Caborca vieron armas automáticas cuando limpiaban las habitaciones. Una vez, los traficantes de mariguana dejaron una propina de 150.000 pesos para el cocinero del hotel, cerca de 900 dólares americanos.
El detalle recogido por Camarena en la primavera de 1984 es la rueda motriz dentro del mundo de los cárteles, los capos de la droga y la Guerra de las drogas, detalles del trabajo y los cálculos necesarios para preparar la cosecha, cualquier cosecha. Siempre hay historias entrañables, como por ejemplo, una sobre la ocasión en la que Caro Quintero compró un Learjet en Tucson, Arizona. Cuando le dijeron el precio, él escribió los dos primeros números en un cheque y luego se lo dio a los vendedores de Learjet con instrucciones para que completaran la cantidad de ceros correcta. Pero tras este folclore se encuentra el frío cálculo de la cantidad de fertilizante necesario, las semillas que se deben comprar y cuántas, cuándo los pozos deben ser excavados y cómo de separadas deben estar las filas —dos metros— para el cultivo y la cosecha adecuada. Y ahí hay trabajo y riesgo.


El 11 de mayo de 1984, Camarena se entera de que Caro Quintero ha llegado a Fresnillo, Zacatecas. Llega con 60 agentes de la DFS que viajan en nueve furgonetas y quince Mercury Gran Marquis. Trae consigo 360 millones de pesos y comienza a entregar bonos para el personal.
La fiesta termina al final de mayo, cuando la DEA en México presiona a las autoridades mexicanas para que tomen cartas en el asunto contra la operación en Zacatecas. Camarena y un piloto mexicano, Alfredo Zavala Avelar, han hecho vuelos de reconocimiento para localizar los campos. El jefe de la Interpol en México lidera el asalto. Él será más tarde acusado del asesinato de Enrique Camarena y las autoridades mexicanas reclamarán que fue encontrado con un kilo de cocaína en su mesa. De hecho, en el momento de su arresto en marzo de 1990, él estaba hablando con Berrellez sobre venir al norte para testificar en la Operación Leyenda y contar todo sobre el secuestro y el asesinato, algo de lo que seguro podía hablar ya que había estado en las reuniones en las que se planeó el crimen. El comandante Guillermo González Calderoni, del quien Berrellez se había echo amigo tras el asalto al maizal de Sinaloa, había colocado la cocaína. Había pinchado su teléfono, escuchado la conversación con Berrellez y, tal y como le diría a Hector después, difícilmente podía permitir que un jefe de la agencia viniera al norte y hablara de los enlaces directos entre el estado mexicano y las organizaciones de drogas. El jefe de la Interpol desapareció durante años en el silencio del sistema de prisión mexicano.
Esta digresión no es una digresión. Es el césped en el que Kiki Camarena se mueve mientras investiga los casos de droga en México y es el terreno pantanoso que hace que le maten.
Durante el asalto, 20 toneladas de mariguana son incautadas junto a las suficientes semillas para plantar 6.500 acres. Cerca de 117 personas son arrestadas, pero un chivatazo de la policía mexicana permite que casi todos los importantes se escapen.

Capítulo cinco
SIGUE EL DINERO
Después del asalto de Zacatecas, Camarena tiene una idea que pone en la tolva de las posibles tácticas de la DEA. Ha reventado cargas enormes y esto no importa. Ha desarticulado grandes operaciones y esto no importa. Nunca falta gente que esté dispuesta a correr el riesgo de mover la carga a los Estados Unidos. Nunca falta el producto ya que nada se puede acercar al dinero que genera la plantación de mariguana o amapolas o el traslado de la cocaína. Y la prisión no importa en absoluto. México ofrece un futuro tan sombrío a sus ciudadanos que una celda en la prisión o un ataúd bien merecen el riesgo si hay alguna posibilidad, por pequeña que sea, de salir adelante.
Así que Camarena sugiere ir tras el dinero.
Dejar que los capos siembren sus cultivos y cosechen su producto. Centrarse en el dinero. Vaciar sus cuentas bancarias. Este es el origen de la Operación Padrino. En 1983 comienzan a haber embargos de dinero repentinos en las cuentas bancarias pertenecientes los capos de la droga de Guadalajara en ciudades por todos los Estados Unidos y Europa. Para justificar los embargos, los documentos de la corte de la DEA siempre citan a un informante anónimo —el término artístico dentro de la agencia es SOI [Del inglés: source of information], fuente de información—. Así que los tíos de la droga se tenían que preguntar: ¿quién es esta fuente que se chiva a la DEA y les permite embargar el dinero de sus cuentas en el extranjero?
Los líderes de la multimillonaria industria de la droga en México tenían sus propias fuentes dentro de la DEA. Entonces, ¿por qué no podían parar la fuga que estaba drenando los beneficios ganados con tanto esfuerzo? Los capos también sabían que pagaban y trabajaban bajo la protección de la DFS mexicana y que esa DFS fue entrenada y funcionaba como un brazo de la CIA en México, y que la CIA tenía personas dentro de la DEA. Fue en este mundo oscuro —gracias a la iniciativa de Kiki Camarena— que la Operación Padrino comenzó a drenar millones de cuentas bancarias secretas, alimentadas por las drogas, en EE. UU. y Europa.
En abril de 1984, un mes después del asalto a Zacatecas, Phil Jordan, de la DEA, visita Guadalajara para inspeccionar la estación de la DEA allí. Pasa la mayor parte de su tiempo con Camarena. Pronto se da cuenta de que cada vez que Kiki y él salen, son seguidos. Camarena le explica que es la DFS la que los sigue. Él parece estar perfectamente tranquilo sobre esta realidad.
Diez meses después, estará muerto.


Parte II:
La investigación del asesinato se sumerge en el mundo de la droga, dónde el poder lo es todo y la muerte, un mal paso.medium.com
Parte III:
La última entrega de la epopeya de un crimen de la vida real, por Charles Bowdenmedium.com


