Señoras y señores

Salvémoslos, no dejemos que caigan en el lado oscuro. Usémoslos bien.

Estoy a favor de usar la derivación española de “senior, senioris” para algo positivo, en vez de utilizarla para calificar a seres rancios e intolerantes.

Quiero decir “señoras” y “señores” para referirme a personas decentes que sepan comportarse como seres humanos; que tengan clase, estilo, dignidad; que sepan colocar a los demás en su sitio cuando lo merecen y llamar la atención de otra persona que se comporta inadecuadamente con: “por favor, recoja los excrementos de su mascota de la vía pública” o “¿a usted qué le importa qué ropa lleve? Métase en sus asuntos”; que se nieguen a reconocer mérito alguno a hechos despreciables como la tortura de seres vivos, el vilipendio y la humillación pública de otras personas; que sepan reconocer el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la propia vida; que respeten el libre albedrío y defiendan la solidaridad.

Quiero usar “señoras” y “señores” para hablar de gente buena.

Quiero decir “es toda una señora” y que todo el mundo sepa automáticamente que es una persona maravillosa y admirable; decir “ahí va un señor” y que todo el mundo sepa al instante que hablo de alguien amable y respetuoso.

Me niego a que el término “señoras/es” se arrastre y se tergiverse, que pierda su sentido de cortesía, de añadir valor a la persona a la que se le aplica.

Me niego a que la gente tóxica, la que es polución, esa que no investiga para curar tus enfermedades, esa que no publica en sus medios información que podría cambiarte la vida, esa que legisla para que no seas dueña de tu cuerpo, esa que no te permite comer ni ejercitarte, ni perder el tiempo, ni vivir, ni cobrar como necesitas para estar fuerte, reciba el título de “señores”. Esa gente no es respetable y no merece una palabra tan honorable.

Son patanes, no señores. Son villanos, infames, indignos, abyectos, sinvergüenzas, alevosos, bellacos, viles, ruines, perversos, pero no señores.

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