Selección de relatos básicos para primeros lectores

Primera de las anunciadas selecciones de libros infantiles y juveniles.

La primera selección de libros, o más bien de relatos, de la que hay que hablar es la de las fábulas, las leyendas y mitos, los cuentos populares, y algunos cuentos originales, aunque sean de origen popular también, que están en la base de nuestra cultura y de multitud de libros posteriores. Hago, por tanto, cuatro grupos aunque, ciertamente, algunos libros podrían cambiar de lugar.
 
En el mundo en el que vivimos, en el que abundan tantos relatos posmodernos que ironizan o dialogan con otros más antiguos, es importante dar a conocer, a poder ser antes que aquellos, las historias de siempre, a poder ser en buenas versiones. Pero el gran argumento a favor de todos estos relatos es que su pervivencia en el tiempo y su aceptación incondicional por tantas generaciones dicen mucho sobre su validez universal y sobre su gran conexión vital con la gran mayoría de los lectores. 
 
Fábulas clásicas. Hay buenas recopilaciones de de las fábulas del pasado atribuidas a Esopo o a Fedro. Respecto a ellas se produjo un salto de nivel con las Fábulas (1688), de Jean de la Fontaine, por su calidad literaria y por ser un libro dedicado al joven delfín, el hijo de Luis XIV, aunque sus acentos sean a veces adultos. En esa estela, pero con distinta orientación, tiempo después llegaron más versiones de las antiguas fábulas, como las de Félix de Samaniego (1781). Hay también apólogos y fábulas —con orígenes también en relatos pertenecientes a los grandes baúles de cuentos orientales como son las Mil y una noches, el Panchatantra y el Calila y Dimna, el Ramayana—, en El conde Lucanor (1335), del infante don Juan Manuel, una especie de colección de lecciones para gobernantes e hijos de gobernantes, llenas de sentido común y lejos de cualquier credulidad barata. 
 
1880. Uncle Remus, Joel Chandler Harris. Tuvo gran impacto en su momento, y una gran influencia futura, el trabajo de este autor norteamericano, al recopilar y editar relatos recogidos en las plantaciones del sur de los Estados Unidos. Uncle Remus es un idiosincrático personaje: un viejo esclavo negro que cuenta historias inspiradas en viejas fábulas y en las narraciones orales procedentes de África. No conozco edición en castellano: tal vez debido al singular lenguaje de argot de los personajes. 
 
1918. Cuentos de la selva, Horacio Quiroga. Relatos con significados y propósitos pedagógicos semejantes a los de las fábulas, y una fuerza narrativa grande. Hay también un libro con versiones reducidas titulado Los cuentos de mis hijos (1931).
 
1920. Los cuentos de mi Tía Panchita, Carmen Lyra. Esta escritora costarricense reunió las historias que, durante su infancia, había oído de labios de su tía Panchita, y compuso un híbrido entre las fábulas clásicas y los relatos picarescos, un poco al modo de los relatos de Joel Chandler Harris en Uncle Remus. 
 

1851–1853. Libro de las maravillas y Cuentos de Tanglewood, Nathaniel Hawthorne. El primer autor norteamericano que se propuso escribir específicamente para un público infantil y preparó para él unas versiones claras y amables de los mitos clásicos. 
 
1868. Los héroes, Charles Kingsley. El autor inglés escribió para su hijo otras versiones de los mitos clásicos debido a su enfado con Hawthorne: pensaba que había suavizado en exceso al algunos perfiles de aquellas historias. 
 
1871. Leyendas, Gustavo Adolfo Bécquer. Conjunto de relatos inspirados en viejas tradiciones orales: milagros, encantamientos, intervenciones de espíritus, misterios insondables, fantasías situadas en épocas diversas aunque siempre conectadas con el presente. Un crítico tan reconocido como Amado Alonso señalaba que Bécquer y Pérez Galdós son los dos autores españoles más importantes de su siglo, los únicos comparables con los grandes de su tiempo. 
 
1932. Flor de leyendas, Alejandro Casona. Relatos cortos tomados de obras clásicas. Entre otras, de Las mil y una noches, de la Ilíada, de Los Nibelungos, del Poema del Mio Cid, del Cantar de Roldán, de Guillermo Tell, del Ramayana, del Mahabharata, etc. El mismo Casona explica en la introducción que intenta preparar «un libro de lecturas literarias atento a la escala de intereses del niño». Busca «síntesis literarias que conserven, con la trama de la fabulación, su sentido y su esencia, el ritmo y el tono del lenguaje». 

1697. Cuentos de antaño, Charles Perrault. Fue la primera vez que se publicaron relatos populares con un estilo suavizado que, pese a su ironía de fondo, podían ser leídos a, o leídos por, niños, tal como sucedió. El libro contiene once cuentos de los que los más populares son La Bella durmiente, Caperucita Roja, Barba Azul, El gato con botas, Cenicienta, Pulgarcito.

1812–1822. Cuentos de niños y del hogar, hermanos Grimm. Primera vez que se levanta la bandera de la recuperación de los relatos populares. Pero el legado de los autores no fue sólo el de recoger y dar forma a muchas historias tradicionales, sino también el de poner un nivel muy alto a quienes emprendieron una labor parecida en otros países. Entre otros, son imprescindibles cuentos como La Bella durmiente, Cenicienta, Blancanieves, La niña de los gansos, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, El enano saltarín, El sastrecillo valiente…

Otras recopilaciones de cuentos. Entre otras colecciones de cuentos populares posteriores a las de Perrault, vale la pena conocer la de Marie Leprince de Beaumont, que incluía la versión que ha llegado a ser la más difundida de La Bella y la Bestia (1756). Siguiendo el camino que abrieron los Grimm —aunque a veces con otras intenciones y otros modos de trabajar— llegaron, entre otros, los Cuentos de encantamiento (1823–1856) del alemán Ludwig Bechstein; los Cuentos noruegos (1841–1844) de Christian Asbjörsen y Jörgen Moe; los Cuentos populares rusos (1855–1863), de Alexandr Afanásiev; los Cuentos de encantamiento y otros cuentos populares (1874), de Fernán Caballero. En Inglaterra fueron importantes Joseph Jacobs, que preparó varias recopilaciones de cuentos ingleses y célticos a partir de 1890; y Andrew Lang, que publicó Los libros de colores de los cuentos de hadas (1889–1910), doce volúmenes que contenían centenares de cuentos populares y originales; de ellos, conviene recordar algunos muy popualares de la tradición inglesa como Los tres cerditos, Jack Matagigantes, Las habichuelas mágicas.

Otras selecciones de cuentos. Hubo importantes escritores que, por distintas razones, volvieron a contar a su modo algunos cuentos populares que se contenían en esas recopilaciones. Por ejemplo, algunos de los que Alexander Pushkin recreó, con intención literaria, están en una edición titulada en castellano El Zar Saltán y otros cuentos rusos (1830). Tres relatos populares recontados por Victor Hugo están reunidos en Leyendas del Rin (1842). Veintisiete de los que publicó León Tolstoi con una intención didáctica se publicaron en España con el título Iván el tonto y otros cuentos (1863): entre ellos hay varias versiones de viejos cuentos populares y de fábulas clásicas, unos cuentos más largos y otros, muy cortitos, tan clásicos como la historia del pastor que repite la broma de que viene el lobo, o el viejo dilema de quién pone el cascabel al gato. 

1835–1874. Cuentos, Hans Christian Andersen. Cuentos de fantasía originales, aunque su inspiración procediera muchas veces de viejas narraciones orales, de distinto tipo: unos, al modo de los cuentos populares, como La princesa y el guisante o El traje nuevo del emperador; otros que capturan bien complejos interiores como El patito feo; otros dolorosos como La niña de los fósforos o El abeto

1887–1888. Cuentos, Oscar Wilde. Si atendemos a sus cuentos, a Oscar Wilde se le puede considerar heredero de Andersen por el uso de registros parecidos: humorístico en El fantasma de Canterville, irónico y con ánimo de dar una lección moral en El cohete ilustre, moralizante pero conmovedor en El príncipe feliz, El ruiseñor y la rosa (1888) y El gigante egoísta (1888). 

1902–1930. Cuentos, Beatrix Potter. Relatos que ya forman parte del folclore inglés, que la autora escribió inicialmente como cartas con dibujos para los hijos de su institutriz. Entre otras cosas, Potter es innovadora porque no usa un lenguaje infantil, ni construye sus historias según modelos antiguos, ni en sus magistrales acuarelas hace caricaturas sino dibujos realistas con los que completa y matiza lo que afirman los textos.