Sensación sobre lo bello

Decía Kant, en La crítica del juicio, que el gusto es la facultad de juzgar lo bello. El caso es que en los últimos tiempos no juzgamos lo bello, sino que lo bello nos es dado, o mejor aún, nos es impuesto.

En efecto, lo bello nos viene conformado, casi siempre, mediante los medios de comunicación, las máquinas inteligentes, la información lógica… ¿Supone esto una negación programática de la experiencia artística?

Yo creo que no. La concepción actual de la obra de arte, del gusto, de la estética, resulta hoy un fenómeno cultural tan chocante como en su día lo fueron los objetos paradójicos o absurdos de la estética dadaísta y surrealista, y por razones muy parecidas: su efecto de sorpresa y fascinación es tanto mayor cuanto que nos confronta con la expresión de lo más interior, el misterio plástico de una emoción subjetiva o incluso de una visión de la realidad en un objeto en el que, al mismo tiempo, reconocemos la ausencia de toda huella humana.

Es la supervivencia de las vanguardias, o mejor dicho, la supervivencia del final de las vanguardias, que diría Eduardo Subirats, siempre dinámico y presente.

La condena humanista de esta concepción del arte carece de significado (en el sentido más fuerte del término), porque el centro de la cuestión que se plantea no reside en la legitimidad o la idiosincrasia de semejante concepción estética desde el punto de vista de determinados valores relativos a la dignidad ética de la persona, a una teoría del gusto, o a una determinada definición de la creación o la expresión artística. El aspecto central de la nueva estética reside en las posibilidades de reproducción masiva de las formas industriales que arroja, y el nuevo concepto de cultura como simulacro técnico que de estas posibilidades se desprende.

Es una opción fundamentalmente nueva que hay que pulsar, y hay que hacerlo porque nos viene marcada por los valores determinados por la estética moderna de las vanguardias, que significa más bien el cumplimiento y la culminación de aquella síntesis de arte y tecnología, o del estilo moderno y las normas formales que los pioneros del arte moderno formularon como alternativa necesaria y como utopía de la cultura tecnológica e industrial moderna. Y por tanto, su interpretación tiene que tomar en consideración la evolución artística, la progresiva abstracción y racionalización formales, la evolución industrial y cibernética, incluso, el empobrecimiento estético y material de nuestras ciudades y formas de vida.

Todo ello nos impone una reflexión, por mínima que sea, sobre la transformación cultural generada por el nuevo universo dominado por la automatización y el papel cultural que dicho universo impone a la sociedad. El significado social del arte ha sido vaciado de su valor como visión y experiencia de lo real, pero se ha convertido en un principio organizador de la sociedad: desde la política hasta la vida cotidiana. Es la liquidación de la experiencia individual de lo real como única posibilidad de creación humana.

Y en ello estamos, en la reflexión