Sevilla apesta

Frivolidades cotidianas en un mundo de pasiones.

Me duele reconocerlo, os lo prometo, ¡a mí! Que cuando me dicen chovinista doy las gracias por el piropo, pero tengo que admitir que esta ciudad apesta y no hablo en un sentido figurado: es que en ocasiones el hedor de la ciudad es tan insoportable que dan ganas de echarse lejía por encima a ver si con suerte se me queman las pituitarias y hasta el zotal del Lipasam me huele a gloria.

Un olor muy natural

Imagina un día cualquiera paseando por ésta magnífica ciudad. Pongamos primavera, ¿de acuerdo? Donde todo es maravilloso, el sol tibio empieza a arrancarnos las chaquetas de los hombros, en el Salvador no cabe ya ni el vendedor de papas fritas con su carrito, el azahar deja escapar su perfume tan embriagador…y ahí están, desperdigadas por todas partes, al pie de las zonas estéticamente más sublimes de toda la ciudad, donde uno desea dejarse extasiar por algún balcón decimonónico, alguna espadaña barroca o sabe Dios que será. Y entonces, BOOM.

Fuente: DiarioSur.es. No es Sevilla, pero sirve igual.

Partiendo de la base de que no me gusta que esos animales se pasen el día entero de pie sin poder echarse un rato y descansar, porque serán bestias de tiro pero tienen rodillas como tú y como yo, y aunque vayan con pañales para evitar que las heces caigan en cualquier lado por desgracia sólo algunos cocheros se han adaptado a ésta norma vigente desde verano de 2012. Entonces ya había habilitadas paradas para cocheros con agua corriente y útiles para recoger las deposiciones de los animalitos, pero que por desgracia no siempre se utilizan. Y la prueba está en que sigue habiendo excrementos en distintos puntos de la ciudad especialmente el entorno de la Catedral, Puerta de Jerez, Paseo de Colón…

En principio no debería haber problema si el animal está quieto y el cochero puede recoger el mandao, pero no siempre ocurre así: basta que al equino se le apriete la barriguita en un semáforo para que los coches que vengan detrás le den un paseo gratuito al abono, y si encima hablamos de verano con el asfalto caliente durante tantas horas…

Y entonces cae la noche

La noche cae, los cocheros se retiran y con ellos los excrementos de tan nobles animales, pero si por un momento pensasteis que con ello se acaban los malos olores estáis totalmente equivocados. Seguro que alguna vez lo habéis notado: es un olor fuerte, acre, como a basura quemada, o acumulada durante días, un olor que viene de ninguna parte y está en todos sitios a la vez.

Pues resulta que viene del Puerto. Al menos una noche cada pocas semanas el aire se tiñe de ese olor tan nauseabundo que viene del sur cuando los vientos soplan desde Doñana. No hay una regularidad aparente pero ocurre con frecuencia, y según tengo entendido el origen de dicha pestilencia está en la carga/descarga de los huesos de aceitunas para fabricar biocombustibles.

Fuente: ABC de Sevilla

No sé si os habrá coincidido, pero yo me he visto comiendo en la calle y llegar a paladear tan intenso como horrible aroma a cada bocado convirtiendo una deliciosa pavía en un buñuelo con sabor a papelera. Y no hay mayor tortura que una pavía sin sabor. No hay derecho.

¿Soluciones?

Lo cierto es que como ciudadano me preocupa bastante ambas situaciones. La primera porque daña de una manera brutal la imagen de la ciudad, preguntándose como puede ser posible que siga habiendo tal concentración de cocheros en el entorno de la Catedral con las consecuencias antes descritas. La solución que yo propongo es sencilla: trasladar a todos los cocheros a un único punto algo más alejado de las zonas turísticas o en entornos menos dañinos (¿Parque de Maria Luisa, en un rincón específico cerca del Prado?) dejando en el centro marquesinas o kioscos informativos desde donde solicitar los servicios de los cocheros. «En tres minutos tiene usted aquí su coche, señora. Wait, please». Yo me imagino ya hasta una APP del móvil para pedir tu coche de caballos si se te antoja, como los taxis.

Los animalitos seguirán defecando, obviamente, pero al no estar quietos en el mismo punto será más evitable la concentración de olores salvajes.

¿Y el Puerto? Si os soy sincero para éste no tengo solución. Dudo que exista remedio alguno que no sea esperar a que los vientos soplen del norte para manipular dichas mercancías, cargarlas en puertos de mar y traerlo en tren en grandes envases herméticos, o trasladar las naves más al sur, a saber.

Hoy día se apuesta por luchar contra la contaminación de los sentidos, especialmente la aérea, la acústica y la visual, y si queréis podemos hablar algún día de contaminación y terrorismo del gusto en cuanto a gastronomía se refiere, pero la que hoy me preocupa, la olfativa, parece que seguirá campando a sus anchas hasta que, por alguna ciencia infusa, encuentre solución. Esperemos.