Siempre nos quedará Chernóbil

Entre las huellas de la tragedia, la zona de exclusión es un encuentro con la historia del mundo reciente. Pero también un catalizador para sentimientos dormidos.

Hace un tiempo mi mamá me contó una historia que no recordaba. Era mayo de 1986, yo cursaba tercer grado y se venía el Mundial de Fútbol de México. Como cada cuatro años, en las clases había referencias históricas y geográficas a países que la Selección enfrentaría durante esas semanas.

Un día trajeron un mapamundi gigante para que los alumnos lo recorrieran y marcaran los países del Mundial, empezando por México, la sede del torneo. Pero mientras todos buscaban en algún lugar de América, yo parecía perdido por los confines de Europa oriental.

Sospechando mi desconcierto, la maestra me preguntó por qué me distraía con otro continente, si todos sabemos que México es un país americano. Pero respondí con otra pregunta: “¿Dónde queda Chernóbil?”.

En ese entonces, yo no tenía idea de los ciclos mundialistas. En realidad tampoco me cuestionaba el paso del tiempo en general, ya que las únicas fechas importantes para un chico de ocho años son su cumpleaños, la Navidad y las vacaciones.

Pero sí sabía que unas semanas antes, precisamente el 26 de abril, había ocurrido algo que me generaba una fascinación insoportable. Un accidente nuclear en algún oscuro pliegue del mundo (más precisamente en Ucrania, que formaba parte de la Unión Soviética).

Tragedia, Ucrania, contaminación, nuclear, radiación, soviéticos… Era una colección de palabras casi desconocidas, y todas juntas me parecían aterradoras. Claro que no tenía parámetros para dimensionar lo que había ocurrido. Pero el exotismo del nombre y la insondable distancia alimentaban una sensación general de extrañeza, ciencia ficción y miedo.

Los días posteriores se tiñeron del Barrilete Cósmico, la Mano de Dios y Argentina Campeón del Mundo. El fútbol irrumpía en mi vida como una fuerza de la naturaleza que arrasó con todo, incluyendo el interés por el desastre de Chernóbil, la radiación y los pobres evacuados. O por lo menos en ese período de mi vida.

Más adelante visité Europa un par de veces. Hasta que en 2012, veintiséis años y seis mundiales después del accidente en el reactor 4, hice uno de esos viajes que generan una especie de revolución interna.

Si bien Ucrania era parte del itinerario, la escapada a Chernóbil surgió casi de manera espontánea, a último momento, más por instinto que por planificación. Representaba una oportunidad única y no quería desperdiciarla. Pero tampoco pretendía emular a Indiana Jones en busca de un Santo Grial que reviviera memorias de mi infancia.

Por eso lo encaré con curiosidad renovada pero cautelosa, ávido del contacto directo con los vestigios de un hito transformador del mundo moderno, sin dejar de sospechar que podía ser un artificio inocuo, a la medida del turista de fin de semana.

Sin embargo, la idea de encontrarse con una versión Disney de la tragedia se diluyó de inmediato. El paisaje rural era el mismo que decoraba esos afiches de propaganda soviética, y la rusticidad idiosincrática de la región se reconocía en la recepción a cargo de soldados, contadores Geiger y una austera sala donde proyectaban un video informativo.

El recorrido tiene reglas claras: no tocar, no sentarse, no levantar, no arremangarse. Pero en los rincones y calles de la ciudad de Prypiat, el abandonado escenario de la evacuación desesperada, todo sucede al revés: las construcciones te tocan, las sombras te oprimen, el viento te levanta y los bosques te envuelven.

A pesar de lo inevitable de imaginar la vida que encendía las casas, colmaba el estadio o descansaba en la orilla del río, en este lugar no se respira nostalgia. Los átomos para la paz sembraron un germen opuesto a lo que prometían y el dolor perdura en horizontes sin alcanzar. Lo que atormenta sin solución es lo que nunca pudo ser.

Como ingresar al parque de diversiones y ver los carritos de los juegos todavía pintados de amarillo. Saber que nunca fue inaugurado es un falso consuelo, tan efímero como fútil. No hay autoengaño que valga. Aquí la vida no es bella.

Última parada: el sarcófago. A 200 metros de la estructura que recubre el infame reactor 4 y salvó a Europa (y quizás el mundo) de lo peor, surgió la pregunta por la analogía necrológica: si tiene que ver con su contenido inerte o con la muerte que sobrevive en el exterior. Y no hubo respuesta.

Antes de abandonar la zona, un aparato salido de alguna película sobre la Guerra Fría certifica que no haya contaminación y todos los visitantes se vayan limpios. Pero ese reino de vacío y ausencia no te deja salir intacto, aunque no aparezca en ningún registro.

“Teníamos una visión infantil del mundo. Vivíamos según el manual. No sólo nosotros, sino toda la humanidad se hizo más sabia después de Chernóbil. Se hizo mayor”, explica un entrevistado en Voces de Chernóbil, de la ganadora del Nobel Svetlana Alexiévich.

No sé si visitar Chernóbil me hizo más sabio. Pero originó una reacción en cadena de recursos sensoriales que había guardado en un sarcófago a los ocho años. Y estar ahí, poniendo el cuerpo, me permitió liberarlos.

Fue una reivindicación de la experiencia tangible, incómoda, de primera mano. Quizás esa sea la lección aprendida, la cuota de sabiduría esencial que hoy no se negocia. Sobre todo en un mundo en el que predomina la ilusión de lo efímero y lo superficial.