SOBRE CÓMO TSIPRAS LA MENEÓ A PABLO (PARA LUEGO MATARLE DE «BLUE BALLS»)

La carpetita no oculta la excitación de Iglesias, pero al final ni leche ni yogur griego.

Sabido es que la próstata congestionada, a punto de explotar por la excitación sexual prolongada e insatisfecha, se acompaña siempre de un dolor testicular agudo. Las blue balls, así llaman, quizás por el color azulado de los huevos hinchados de linfa y sangre, aunque a días de hoy podrían hacer referencia al color de la bandera griega — y lo digo con ánimo de ofender, pero únicamente a Tsipras.

Ni gracia que hace.

El teatro griego que culminó en tragedia no sólo desbarató la ya escasa dignidad del pueblo griego — ¿qué tipo de ilusión tiene un pueblo que vota no, su gobernante ni caso y aún así vuelve a ganar unas elecciones? — también cortó en seco la prometida eyaculación de Podemos sobre España. Uno puede opinar que el tema nos pilla lejano, pero no diría que es una coincidencia el hecho de que Podemos haya perdido hasta diez puntos en los sondeos durante la crisis griega.

El calientapollas

La izquierda europea renovada de la última primavera, la que se veía — y se sentía, jurarán algunos — como un pene joven, viril, lleno de amor que repartir y dispuesto a abrir agujeros en el neoliberalismo, acabó un miembro gacho y blandengue, un pollín traicionado por su precocidad o saboteado en bastidores. Fracaso, cobardía o colaboracionismo, llámenlo como quieran, lo cierto es que la excitación alrededor de Tsipras condenó al anticlímax el rico semen de la renovación política europea. Todos de la izquierda sabíamos que en Grecia se jugaba el proyecto de la renovación y también lo sabía el poder económico y sus medios de comunicación, que parecían transmitir el fracaso en directo, conscientes de su grand finale ausente. No veo que la huelga general convocada en contra de Tsipras esté en portadas de ningún periódico. Más bien ya no interesa a nadie.

La nueva izquierda, antes del fracaso griego

Lo cierto es que ahora, a un paso de las generales, Podemos no cuenta con mucho en su favor. La sensación de impotencia heredada de Syriza, aunada con el mal sabor de boca de las catalanas (las elecciones, digo) y el ascenso del neo-neo Albert Rivera, hacen de escenario para una difícil remontada de Pablo Iglesias. La única esperanza reside en la sensación triunfal de Ada y Manuela, que por suerte de blue balls no sufren, pero que poco tiempo han tenido para excitar a cualquiera.

Muchos desde la izquierda opinarían que es mejor quedarse en plano que tener lo huevos azules. Pero si uno no se arriesga, oye, tampoco moja. A ver si saca algo de la manga el Sr. Iglesias y nos alivia a todos de estas ganas.

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